Miriam Conde Redondo (Valladolid, 1968) no es una autora más de novela histórica. Si algo caracteriza a la narradora es que ha logrado equilibrar los grandes acontecimientos con la vida cotidiana de personajes anónimos. En sus novelas, el suspense histórico tiene el rigor de los datos, de los sucesos, pero todo ocurre en paralelo al pulso emocional de los seres vivos. Su nueva obra, 'La mirada de la Diosa', es fiel testimonio de la balanza literaria que ha logrado crear.
Pregunta: - Eres hija de una librera y terminas estudiando Ingeniería Industrial. ¿En qué momento sientes la necesidad de crear literatura?
Respuesta: - La necesidad siempre estuvo ahí. Crecer en una librería es crecer rodeada de historias que respiran y con libros que te llaman desde las estanterías. En ese sentido me creo muy afortunada. La ingeniería llegó después, con su método y su orden. Y lo curioso es que nunca lo he sentido como una contradicción. Planificar una trama no es tan diferente de resolver un problema complejo; hay variables, hay fórmulas, momentos en los que encaja todo y casos en los que hay que volver al principio y rediseñar. La formación técnica me ha dado una manera de estructurar el pensamiento que, curiosamente, también me sirve para construir novelas.
Más allá de los códigos nazis y de la búsqueda de un tesoro, 'La mirada de la diosa' explica cómo los secretos familiares pueden moldear nuestra personalidad y cambiar el futuro
P: - ¿Cuál es 'La mirada de la Diosa'?
R: - 'La mirada de la Diosa' es una novela de intriga histórica que teje dos tramas paralelas separadas por siglos, pero conectadas en la esencia. Es la historia de Gonzalo Molina, un empresario de telecomunicaciones que descubre, en el lecho de muerte de su abuela Laura, la existencia de unos cuadernos cifrados de su abuelo Jonathan, un operador de radio británico durante la Segunda Guerra Mundial. Esos cuadernos son la puerta de entrada a un misterio oculto durante más de cincuenta años, un enigma que consumió la mente de Jonathan y que amenaza con hacer lo mismo con Gonzalo.
El otro hilo de la novela lo conduce Sara, profesora en Yale que ha tenido que volver a su casa familiar en la costa cántabra por la enfermedad de su abuela. Desolada por una traición sentimental, Sara se ve arrastrada a la búsqueda cuando descubre un icono griego oculto tras un retablo que conecta su propia historia familiar con las crónicas de los almogávares y sus luchas en el Mediterráneo del siglo XIV.
La novela combina el suspense de la intriga histórica con la profundidad emocional de la memoria transmitida entre generaciones. Más allá de los códigos nazis y de la búsqueda de un tesoro, 'La mirada de la diosa' explica cómo los secretos familiares pueden moldear nuestra personalidad, aunque no seamos conscientes de ello, y puede cambiar nuestro futuro.
Hay también personajes secundarios que aportan algo esencial al conjunto. Manuel, amigo inseparable de Gonzalo y contrapunto jocoso a su intensidad, acaba inevitablemente rendido ante Alicia, la arquitecta encargada de restaurar la capilla de Sara. Y Mariela Boal, catedrática especialista en arte griego, pone su conocimiento al servicio del misterio.
P: - Avances tecnológicos de los años noventa que se cruzan con los códigos de la Segunda Guerra Mundial, todo esto en paralelo a la vida cotidiana de tus personajes. ¿Buscaste un equilibrio o, desde un principio, te interesaba integrar diversas realidades?
R: - Desde luego, en la trama tenía que mostrar tanto los códigos de la Segunda Guerra Mundial, puesto que eran el núcleo del misterio, como los avances tecnológicos de los años noventa, ya que iban a ser la herramienta para descifrarlo. Pero ambos mundos tenían que integrarse en el texto sin imponerse, en un entramado que mezclara la historia, la tecnología y también las emociones. La máquina Enigma y los avances tecnológicos de los años noventa tienen más en común de lo que parece a primera vista. Ambos representan el mismo impulso humano, comunicarse y descifrar lo que otros quieren ocultarnos. Gonzalo es un empresario de telecomunicaciones porque esa formación le da las herramientas conceptuales para entender qué estaba haciendo su abuelo Jonathan. No es un detalle decorativo, es una continuidad entre dos épocas separadas por décadas, pero unidas por la fascinación por el código y por el secreto.
El equilibrio entre las capas narrativas lo gestiono con mi técnica del café. Si no puedo explicarlo mientras comparto un café con alguien que no sabe nada del tema, no lo incluyo, o lo reformulo hasta que sea más fácil de entender. Mientras me documentaba he tenido que leer mucha documentación sobre criptografía, operadores de radio, o telecomunicaciones, para luego quedarme solo con la punta del iceberg, únicamente con lo que hiciera avanzar a los personajes.
Lo que espero es que el lector perciba el texto como un todo. Que cuando hablo de tecnología o de historia no parezca un manual. Cuando explico muchos datos en una escena, la siguiente necesita un gesto humano que devuelva la frescura. Es un juego constante de equilibrios con el que reconozco que disfruto mucho, aunque a veces la máquina Enigma se vuelva algo diva y exija más líneas de las que le tocan.
La Historia, con mayúscula, no ocurre solo en los libros de texto. Ocurre en las cocinas, en las familias
P: - ¿Cómo se logra conjugar una novela histórica con un tono intimista?
R: - La clave, creo, está en no tratar lo histórico y lo íntimo como si fueran géneros distintos que no pueden convivir. La Historia, con mayúscula, no ocurre solo en los libros de texto. Ocurre en las cocinas, en las familias. Yo describo la guerra desde ahí. La historia no es solo una sucesión de fechas y nombres, es también emoción, decisiones y secretos que se transmiten de generación en generación. Por eso la novela se mueve entre dos planos, el rigor histórico y la profundidad psicológica de los personajes, sin que ninguno de los dos se imponga al otro.
Lo intimista permite además que el lector se identifique y empatice con los protagonistas. Gonzalo no es un héroe invencible, es un hombre brillante pero marcado por la pérdida, por la necesidad de comprender su pasado. Sara es alguien que regresa después de una traición y descubre que su casa guardaba más preguntas que respuestas. Esa humanidad, con sus contradicciones y sus heridas, es la que busco para no narrar desde la distancia y que la trama pueda conmover.
La mirada intimista obliga también a la precisión emocional, que es tan exigente como la precisión histórica. No basta con documentarse sobre cómo funcionaba Bletchley Park, hay que mostrar cómo se siente un hombre cuando descubre en un cuaderno viejo que su abuelo estaba obsesionado por un enigma que le destruyó. Esos momentos son los que hacen que una novela esté viva.
P: - El secreto como enigma también es un punto determinante en tu novela.
R: - Los secretos me fascinan desde siempre, y no solo como recurso narrativo. Los seres humanos somos curiosos por naturaleza, es una de nuestras emociones más primarias.
En 'La mirada de la Diosa' los secretos no son simples giros argumentales, son el territorio emocional donde viven los personajes. Laura guarda los cuadernos de Jonathan durante más de cincuenta años, pero no por capricho, sino porque ha visto de primera mano cómo la obsesión puede destruir una vida. Su silencio es un acto de amor y de sabiduría práctica, aunque su nieto Gonzalo no lo perciba así. Ese es un aspecto muy interesante del secreto, que quien lo guarda y quien lo descubre tienen sus propios motivos, y ambos pueden ser igualmente válidos.
Hay también una dimensión irónica en todo esto que me resulta muy atractiva. Creemos que conocemos nuestra historia familiar y, de pronto, aparece algo que demuestra que sabíamos mucho menos de lo que pensábamos. Esas situaciones son fantásticas porque nos recuerdan que la vida es más sorprendente que cualquier novela.
P: - ¿Te definirías como una autora de intriga histórica?
R: - Sí, aunque con la matización de que esa etiqueta me gusta como punto inicial y no como techo. La intriga histórica describe bien dónde ocurren mis novelas, en qué época y con qué tipo de tensión narrativa, pero no agota lo que intento hacer dentro de ese marco. Si solo me interesara la intriga, escribiría novela negra. Y si solo me interesara la historia, escribiría ensayos. Lo que me interesa es la capacidad de mezclar el suspense con el pasado.
Tengo que reconocer que es un género que me encanta. Cuando creces con El conde de Montecristo, El nombre de la rosa o Sinuhé el egipcio, este tipo de narración se infiltra en tus venas. Lo que me gusta de ellas es que no se limitan a describir una época, sino a relatar toda la gama de emociones humanas.
Las tres novelas que he publicado hasta ahora, La piedra de siete ojos, El correo de Napoleón y La mirada de la diosa, comparten esa combinación de rigor histórico y profundidad emocional. En todas hay documentación, hay hechos, hay contextos localizados en el tiempo. Pero en todas hay también personajes que aman, dudan, se traicionan y se equivocan con la misma inconsistencia que tenemos todos. La historia es el territorio, los personajes son los que lo habitan y le dan sentido.
P: - ¿La mujer en la literatura está viviendo su momento o la realidad del panorama literario ha dado un giro radical y permanente a favor de un equilibrio?
R: - Estamos viviendo un momento muy significativo, algo ha cambiado de manera profunda en los últimos años en la relación entre el lector y las autoras. Por fortuna nos estamos desprendiendo del prejuicio de que la literatura escrita por mujeres es de peor calidad, casi doméstica. Creo que ahora hay una demanda genuina de voces femeninas en la narrativa. Los lectores, y sobre todo las lectoras, buscan historias que antes se quedaban en los márgenes. Eso crea más oportunidades para escritoras que tienen algo que contar y que antes habrían tenido que publicar bajo seudónimo masculino o conformarse con ediciones mínimas.
Sin embargo, corremos el peligro de que esta moda sustituya a una política editorial sostenida a largo plazo. Publicar a más mujeres porque el mercado lo pide es mejor que no publicarlas, desde luego, pero no garantiza que los mecanismos de exclusión más profundos se hayan superado. Eso requiere más tiempo y más trabajo.
Lo más importante es que nos lo sigamos preguntando, que no cerremos el debate antes de que los cambios sean realmente estructurales. Mientras tanto, escribo las novelas que quiero escribir, con los personajes que me interesan, en los géneros que me apasionan. Y si eso contribuye a que el panorama sea un poco más amplio y un poco más justo, mucho mejor.
P. - ¿Te dan vértigo las muchas novedades que se publican? ¿Qué piensas del tema?
R: - Vértigo no, pero si cierta impotencia. En 2024 se publicaron en España cerca de 89.000 libros, según el Ministerio de Cultura. Es una cifra que, si la contemplamos despacio resulta casi surrealista. El problema para los autores es que, en ese mar de publicaciones, conseguir que un libro llegue a sus lectores ya no depende de la calidad del texto, sino de otros factores que tienen poco que ver con la escritura. Todos conocemos los casos de famosos que pueden publicar un libro solo por el hecho de ser famosos, mientras que otros escritores, buenos escritores, se quedan atrás.
Los libros no son una amenaza entre sí, o no deberían serlo. La dificultad es el ritmo, la velocidad a la que los títulos se sustituyen unos a otros en las mesas de novedades antes de haber tenido tiempo de encontrar a sus lectores. Un libro que tarda en ser descubierto no es un libro malo, es un libro que no tuvo suerte con el calendario o con la promoción. Y el sistema de devoluciones, que obliga a las librerías a renovar el surtido constantemente, no ayuda a los títulos que necesitan tiempo para crecer.
Para una escritora como yo, que no tengo detrás una gran campaña de lanzamiento, el panorama es muy exigente. Tengo que ser activa en las redes, en las presentaciones, en las entrevistas como ésta, que por supuesto agradezco sinceramente, y trabajar la visibilidad de un modo que hace veinte años no era ni imaginable ni necesario. No me quejo, porque creo en los libros que he escrito y disfruto hablando de ellos, pero tengo que reconocer que el esfuerzo de llegar al lector recae cada vez más en los pequeños autores, y a veces es una barrera muy difícil de franquear.
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