Stephen Hawking escribió junto a su hija Lucy una serie de libros infantiles sobre un niño llamado George que viaja por el universo y aprende física. En Rusia pueden comprarse en ruso. Pero algunos ejemplares traducidos al ucraniano han acabado en un lugar bastante menos accesible. El depósito de literatura destructiva de la Biblioteca Estatal de Rusia.

No están solos. Allí hay también una biografía de Winston Churchill escrita por el historiador Martin Gilbert, memorias relacionadas con la guerra del Donbás, estudios sobre la hambruna ucraniana de 1932 y 1933, libros sobre Chernóbil y un cómic sobre dos princesas que se enamoran.

La Biblioteca Estatal de Rusia, la antigua Biblioteca Lenin de Moscú y una de las mayores del país, mantiene desde hace varios meses un "depósito cerrado de literatura destructiva". Su existencia había sido anunciada en junio por la viceministra de Cultura Zhanna Alexeyeva, pero esta semana el diario ruso Kommersant ha podido visitarlo y contar qué hay realmente dentro.

El acceso no funciona como el de una sala especializada cualquiera. Pueden entrar empleados de los servicios de seguridad y determinados investigadores. Estos últimos tienen que pasar antes por una entrevista con la propia biblioteca.

Dentro, los libros están organizados en cinco grandes grupos relacionados fundamentalmente con Ucrania. Hay publicaciones sobre las élites políticas ucranianas, nacionalismo, autores extranjeros que escriben sobre la guerra, literatura infantil y obras de autores que la institución identifica como nacionalistas ucranianos.

Hasta la decoración explica qué clase de biblioteca es esta. El espacio incluye un chaleco antibalas, placas de identificación de soldados ucranianos y citas políticas, entre ellas una de Vladímir Putin sobre la manipulación de la historia y la erosión de los valores.

La dirección de la biblioteca ofrece otra lectura. Su director, Vadim Duda, ha defendido que el objetivo no es destruir esas publicaciones, sino conservarlas como documentos que algún día permitan estudiar lo que denomina la historia de la "rusofobia". Según explicó a Kommersant, durante la guerra habían escuchado peticiones para quemar o tirar determinados libros encontrados en territorios ocupados y la biblioteca decidió preservarlos.

La diferencia existe y merece señalarse. Guardar un libro no es quemarlo. Pero tampoco es lo mismo conservarlo en una biblioteca abierta que retirarlo de la circulación general, colocarlo bajo una categoría ideológica y decidir quién puede consultarlo. Y ahí aparece una palabra con bastante historia en Rusia.

Spetskhran.

Durante buena parte de la Unión Soviética, las grandes bibliotecas dispusieron de depósitos especiales donde terminaban publicaciones que el Estado consideraba ideológicamente peligrosas. El acceso requería autorización y allí podían encontrarse desde literatura producida por emigrados hasta obras de autores políticamente incómodos o publicaciones extranjeras. Un estudio presentado ante la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios describía todavía en los años noventa cómo los ejemplares censurados habían sido retirados de los fondos ordinarios y enviados a esas colecciones especiales.

La comparación ha aparecido también dentro de Rusia desde que se conoció la creación del nuevo depósito. No significa que ambos sistemas sean idénticos. La censura soviética tenía otra escala, otra estructura administrativa y funcionaba dentro de un régimen político distinto. Pero el mecanismo básico resulta reconocible. Un libro puede seguir existiendo y, al mismo tiempo, desaparecer para casi todos sus lectores.

El caso de Hawking permite ver además hasta dónde puede llegar la lógica clasificatoria. No es el contenido científico de sus historias infantiles lo que las convierte en material sospechoso. Versiones rusas de esos mismos libros siguen comercializándose. Los ejemplares localizados por Kommersant pertenecen a ediciones en ucraniano. Algo parecido ocurre con la biografía de Churchill, disponible también en traducción rusa.

Las bibliotecas no deciden únicamente qué conservar. También ordenan, clasifican, describen y permiten acceder. Esas decisiones suelen parecer técnicas hasta que una categoría política entra en el catálogo.

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