Pese a la idea generalizada de que las fake news son un fenómeno actual, lo cierto es que vienen marcando el ritmo de la Historia universal en determinados ámbitos concretos que han calado tanto en la mente colectiva como en la literatura. ¿Quién no ha oído hablar de las brujas de Salem, del mito de El Dorado o de la pleitesía que se le rendía a Rasputín en la Rusia Imperial? Son muchas y variadas las historias que se han transmitido de boca en boca y que, finalmente, se han asumido con matices que se alejan de la realidad.

Leer sirve como antídoto a la mentira. No hay más que comprobar el panorama del periodismo actual para saber detectar y combatir informaciones falsas que buscan un fin determinado. Esta realidad no era ajena antiguamente, porque víctimas de bulos y noticias interesadas han existido a lo largo de la inmensidad de las épocas.

La mitificación de la realidad en Salem o El Dorado

Decía William Shakespeare que “el dinero es un buen soldado”, y bajo esa premisa puede que se movieran los conquistadores de las Américas en cuanto comenzaron a circular rumores sobre la existencia de una ciudad bañada en oro, El Dorado. Para aquellas generaciones más jóvenes, la imagen primera que viene a la mente es aquella película de DreamWorks, La ruta hacia El Dorado, que romantizó las aventuras de dos intrépidos españoles que llegaron a conocer el reino encantado. Detrás de ello, la mitificación de la historia hizo de las suyas.

La realidad que rodea al mito de El Dorado se sitúa en el lago Guatavita (Colombia), donde los relatos sobre una ciudad bañada en oro corrieron como la pólvora entre los españoles en busca de tesoros en el Nuevo Mundo; algo que los propios nativos, según los historiadores, utilizaron en su favor para engañarlos, lo que declinó en “la fiebre del oro” y multitud de expediciones marcharon en el Atlántico bajo esta premisa.

No obstante, las atrocidades de Hernán Cortés en México y Francisco Pizarro en el Imperio Inca y el Azteca durante la época dorada de la Conquista trataron de funcionar como cauce de heroicidad para perdurar en las páginas de la Historia, pero también mancharon su propio transcurso por la matanza de aquellas civilizaciones. Quizás, la moraleja que puede extraerse de este mito radica en la esencia misma de las fake news: por mucho que se indague e insista en ella, al final del camino la verdad asoma.

Un ejemplo de similares características se dio en los juicios de Salem, donde cientos de mujeres inocentes fueron sentenciadas a muertes bajo acusaciones de brujería. Bridget Bishop fue juzgada y asesinada a finales del siglo XVII, lo que desató un ciclo de matanzas, especialmente contra mujeres, con la justificación de que el Diablo estaba presente. También se dieron relatos de alucinaciones, espasmos y sintomatología física que, presuntamente, justificaba que las “brujas” estaban poseídas o ejercían el mal contra el prójimo.

El arraigo religioso y las meras habladurías de las gentes declinaron en una cadena de condenas que trascendió a los libros de historia y, siglos después, sirvió como inspiración literaria, e incluso para el movimiento feminista en clave de protesta. En lo que concierne a los delirios y alucinaciones registradas de la época, según recogió la revista Science en 1976, pudo deberse a la presencia del hongo cornezuelo, presente en el centeno, por lo que fueron síntomas de una intoxicación de un cereal frecuentemente consumido en Salem.

Su impacto en la literatura como en películas es bien conocido. Aunque no fueran dibujadas con escoba y gato negro, la marginación de la mujer está presente en obras como 'El cuento de la criada', de Margaret Atwood; así como su demonización política en figuras como la candidata a la Presidencia estadounidense, Hillary Clinton, o incluso la reina de Inglaterra Ana Bolena, también en personajes de ficción, con frecuencia como las malvadas, en cuentos clásicos como Blancanieves.

Divinización de Rasputín o la polémica de Orson Welles

“Si me mata uno de los tuyos, ¡tú y tu familia seréis asesinados por el pueblo ruso!”. Esta advertencia resonó en los recovecos del Palacio cercano a San Petersburgo donde residía la Familia Imperial Rusa del Zar Nicolás II, la última dinastía. Grigori Rasputín fue un personaje real, un monje que, por su influencia popular y labia como don, accedió a la corte rusa por la puerta grande, donde fue colmado de atenciones y se situó a la derecha de la zarina Alejandra Fiódorovna y sus hijas.

Rasputín acudió a Palacio como el remedio curativo que necesitaba el heredero al trono, quien luchaba contra una dura enfermedad y, tras curarle, terminó convirtiéndose en un actor de culto e irremplazable dentro del círculos de los Zares. Nada más lejos de la realidad, el austero monje siberiano no contaba con dotes de magia negra para embaucar a los zares, pese a que buena parte del relato que gira sobre él recoge un misticismo sin igual, y una carga de influencia sexual y sobrenatural en torno a la zarina.

Rasputín marcó el fin de la Rusia Imperial y abrió las puertas a la Revolución Bolchevique, incluso fue asesinado por el pueblo, aunque los distintos relatos sobre su muerte –disparado, envenenado o lanzado a un río- también han dado pie a multitud de habladurías. Un icono histórico que, incluso en dibujos animados, ha sido caricaturizado como un mago oscuro.

Siguiendo el hilo de relatos ficticios que calaron de lleno en la opinión pública como si fuera reales, resurge la historia de 'La guerra entre los mundos'. Ver para creer: una ciudad entera entró en pánico creyendo que los alienígenas entraban al ataque, pero no fue más que la lectura radiofónica de la obra célebre interpretada por Orson Welles.

El libro original se remonta a 1989, cuando H. G. Wells escribió una guerra entre los humanos y los extraterrestres procedentes de Marte; sin embargo, su punto álgido de popularidad se la ganó casi al término de la I Guerra Mundial, cuando, en una lectura radiofónica de la obra el 30 de octubre de 1938, generó un pánico de masas sin igual, creyendo los oyentes fervientemente que el fin del mundo estaba sucediendo a sus ojos. Este acontecimiento histórico y ficticio a la par da cabida a una realidad aún presente: la necesidad del fact-cheking a la hora de conocer una información de dudosa veracidad. A los afectados por este alboroto, tan sólo les bastaba mirar al cielo para comprobar que no venía extraterrestre alguno, pero, sin embargo, el pánico cundió por mera presión social.

Son múltiples y variados los ejemplos que aún se pueden desgranar y extraer de los libros de historia que han declinado en medios de comunicación o en ventanas a la ficción, como bien son las películas, series y novelas. Las fake news suelen explotar los miedos o incertidumbres más arraigados de una sociedad, por muy disparatados que puedan parecer y, por ello, la lectura y fuentes verídicas actúan como un antídoto infalible.

 

Artículo basado en el libro ‘Fake News! Bulos que cambiaron el curso de la historia’, de María Correas y Enda Kenneally.

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