Hay autores que publican novelas. Y luego está Eduardo Mendoza, que publica antídotos: contra la grandilocuencia, contra el prestigio impostado, contra esa tendencia tan nuestra a hablar de la vida como si fuera un acta notarial. La noticia -confirmada por su editorial- es de las que alegran el día a cualquiera que haya usado alguna vez el humor como salvavidas: Mendoza regresará a las librerías el 8 de abril de 2026 con La intriga del funeral inconveniente, su vigésima novela, y lo hará con un regreso que es casi un reencuentro familiar: vuelve el mítico “detective sin nombre”.
El título ya viene con instrucciones: si el funeral es “inconveniente”, no esperen flores discretas ni pésames con voz baja. Esperen Mendoza. Es decir, esperen ese tipo de literatura que entra como comedia -con puerta giratoria y resbalón incluido- y sale como crítica social, dejándote una idea clavada entre costillas sin que te hayas dado cuenta. La editorial lo ha descrito como una trama detectivesca disparatada donde, atención, “el verdadero misterio” es entender por qué nadie quiere que la verdad salga a la luz. Esa frase es prácticamente un selfie de época.
La mejor novela de Mendoza (y por qué hay gente que no discute el veredicto)
Ahora bien: cuando un autor vuelve, siempre aparece la pregunta tramposa, esa que en una cena familiar provoca discusiones y postres fríos: ¿cuál es la mejor novela de Eduardo Mendoza?
Si nos guiamos por el consenso crítico más repetido (y por ese runrún de “novela total” que acompaña a ciertos títulos), la candidata con más papeletas es La ciudad de los prodigios. No porque lo diga un algoritmo con gafas, sino porque desde hace años se presenta como la gran novela de Barcelona y una obra que colocó a Mendoza en primera fila de la narrativa española de la democracia. Además, en listados divulgativos recientes se subraya que está “considerada su obra cumbre”, justamente por esa mezcla tan suya: ambición social, ironía, mirada urbana y un retrato de época que no se limita a “recrear”, sino que pincha.
¿Significa eso que no haya otras “mejores” según el tipo de lector? Claro que no. Muchísima gente jurará por Sin noticias de Gurb, que es el Mendoza más pop, más inmediato, el que convirtió Barcelona en un parque temático de lo humano visto por un extraterrestre con libreta. Incluso hoy sigue tratándose como una novela “alegre y divertidísima”, y se recuerda su origen por entregas y su condición de fenómeno lector. Pero si lo que buscamos es esa obra que funciona como catedral -con humor dentro, sí, pero catedral al fin- La ciudad de los prodigios suele ganar por KO técnico.
Y en ese contexto, el dato importa: que el nuevo libro vuelva a Barcelona no es un detalle decorativo. Es casi una declaración de principios.
Un funeral “insignificante” que acaba en lío financiero: Mendoza, en su salsa
Lo que sabemos de La intriga del funeral inconveniente suena a primer capítulo diseñado por un guionista al que le han dicho: “Hazlo serio”, y ha contestado: “Perfecto: haré un funeral”. La trama arranca con un periodista novato, Ramoncito Valenzuela, que escribe la crónica de un entierro irrelevante en un medio local… y termina despedido. Hasta aquí, el realismo. Lo siguiente ya es Mendoza apretando el acelerador: esa pieza aparentemente inocua provoca una reacción en cadena que desemboca en una investigación de alto nivel y una conspiración con consecuencias desproporcionadas.
Hay algo deliciosamente perverso en esa premisa: el periodismo de pueblo (la nota pequeña, el “esto no le importa a nadie”) como detonante de un mecanismo enorme. Como si Mendoza estuviera diciendo: “Os reís del sueldito y del obituario de barrio, pero ahí puede estar la grieta por la que se cuela el poder”. Y, ojo, que la palabra “financiera” no es casual: es uno de esos territorios donde el idioma se vuelve opaco a propósito, y donde la sátira es, muchas veces, la única linterna decente.
El detective sin nombre: el héroe ideal para una época de identidades gritadas
El regreso del detective sin nombre tiene su gracia en 2026, cuando todo el mundo se presenta con etiquetas como si fueran medallas olímpicas. Este personaje -una de las criaturas más queridas de Mendoza- funciona al revés: es un investigador sin cartel, sin marca personal, sin necesidad de venderse en redes (gracias a Dios). Y no vuelve de la nada: esta novela se integra en la serie que arrancó con El misterio de la cripta embrujada y siguió con títulos como El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras, El enredo de la bolsa y la vida o El secreto de la modelo extraviada, entre otros.
El “detective anónimo” (llamémoslo así) es, además, una herramienta literaria perfecta: permite mirar la sociedad desde la esquina, con una mezcla de lucidez y desamparo, y convertir la investigación en algo que no siempre busca “culpables”, sino ridículos. En manos de Mendoza, el género negro es un disfraz: debajo suele haber una pregunta incómoda sobre cómo se organiza el mundo… y quién se beneficia de que no lo entendamos.
Abril de 2026: un libro breve, un regreso grande y una Barcelona que siempre muerde
En algunos catálogos ya figura que el libro tendrá 208 páginas, un detalle que sugiere una lectura afilada, sin grasa: Mendoza en formato bisturí. Y, por si alguien piensa que esto es “un regreso nostálgico”, conviene recordar el momento vital: el autor viene de publicar en 2024 Tres enigmas para la Organización y de recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2025. No está volviendo: está siguiendo.
En resumen: el 8 de abril de 2026 llegará un Mendoza con funeral, periodista despedido, conspiración financiera y detective sin nombre. O sea, llegará un Mendoza que promete lo más raro y lo más necesario: reírse en serio de lo que suele pedirse que respetemos en silencio.