Dolores Redondo (San Sebastián, 1969) vuelve a las librerías con ‘Todas las noches, todas las ciudades’ (Destino), una novela en la que se adentra en los límites entre la cordura y el delirio, la realidad y la invención, a través de Benedict Newman, el escritor más célebre de su generación, que se convierte en el principal sospechoso de un asesinato. De la noche a la mañana comienza a comportarse como Colt Star, el detective protagonista de sus novelas, empeñado en resolver el caso. ¿Está fingiendo para eludir su posible responsabilidad o ha sufrido una disociación de su personalidad? La respuesta tendrá que encontrarla su hija, la doctora Nash Elizondo, a quien conocimos en ‘Las que no duermen. NASH’. Para ello deberá enfrentarse a sus fantasmas familiares y recuperar su mirada de psicóloga forense.
La novela cierra el universo literario de 'Los Valles Tranquilos', junto a ‘Esperando el diluvio’ y ‘Las que no duermen. NASH’, con la maestría de alguien acostumbrado a no dejar ningún cabo suelto y sorprender al lector con giros inesperados. Aunque la novela puede leerse de forma independiente, todo queda atado y bien atado. No era fácil, ya que la primera entrega se sitúa en Bilbao en 1983 y la segunda salta a 2020, en los días anteriores al confinamiento, pero esos dos universos, que no parecían tener relación alguna, acaban confluyendo. “Es uno de los retos a los que me he enfrentado, hacer una trilogía diferente en la que puedes embarcarte de forma independiente”, explica la autora en un encuentro con un grupo muy reducido de periodistas unas horas antes de que ‘Todas las noches, todas las ciudades’ vea la luz.
Dolores Redondo firma una novela muy ‘Dolores Redondo’ renunciando, paradójicamente, a un elemento fundamental de su literatura: el territorio, que para ella era un personaje clave que marcaba, además, al resto de los protagonistas. “Renuncio al territorio para irme a la frontera entre la cordura y el otro lado, la fina línea que separa dentro de tu mente lo que realmente controlas y lo que no”. De ahí el título y el juego al que somete al lector para no identificar el lugar en el que se encuentra Benedict Newman o su alter ego, Colt Star, un detective trasnochado, inspirado en los cánones de la novela negra americana. “Es su particular Macondo, un lugar literario que ha creado”, asegura la autora, quien reconoce que este ejercicio de metaliteratura ha sido un reto muy satisfactorio. “Me ha encantado el viaje, es algo a lo que nos debemos, si amamos la literatura de verdad: intentar otra vuelta distinta por el laberinto y dejar atrás los lugares habituales”.
La escritora comparó el crecimiento de sus universos narrativos con la expansión del espacio. “Un día vuelves a mirar por el telescopio y ves más allá y otro día vuelves a mirar y ves mucho más allá”, explicó. “Ese es el proceso en que crecen las novelas dentro de mí”.
También reconoció la influencia de Ana María Matute en su manera de concebir la escritura. “Yo soy de la escuela Ana María Matute”, aseguró. Recordó cómo la autora imaginaba su interior como una tierra fértil en la que iban cayendo semillas procedentes de la vida, las lecturas, la música o el cine, hasta que alguna germinaba y crecía lo suficiente como para convertirse en una novela.
“Lo que más me gusta en el mundo es escribir y el contacto con los lectores”
A pesar de su éxito internacional, Redondo aseguró que su mayor satisfacción continúa estando en el trabajo solitario de creación. “Lo que más me gusta en el mundo es escribir, pero la parte de escritura que se hace estando solo, la parte interna”, confesó.
La autora reconoció que intenta disfrutar de todas las etapas de su trabajo, aunque la promoción de sus libros supone un desgaste considerable. “Duermes cada día en una ciudad, un hotel distinto, una almohada distinta, una habitación que huele distinto”, describió. Los desplazamientos, los vuelos cancelados y las jornadas de viaje son, según explicó, los aspectos más agotadores de las giras. Incluso bromeó con la posibilidad de que un encierro le permitiera escribir sin interrupciones. “Pues a mí si me encerrara en la cárcel iba a ser superproductiva”, comentó, imaginando una rutina dedicada exclusivamente a los libros.
Su deseo sería poder entregar una novela, compartirla con los lectores y regresar cuanto antes a la escritura. “Tengo un libro llamando a la puerta, tengo un libro que ya está empezado y quiero escribir”, reveló, aunque evitó dar pistas sobre su contenido. Solo dijo con una sonrisa cómplice que Amaia Salazar, “la poli estrella de los cojones”, y Nash, “la psicóloga de los muertos”, forman un buen team. Si a ello le añades que Nash había sido creada para dar un enfoque diferente a las investigaciones, dando voz a las víctimas, y que tenía mucha evolución por delante, blanco y en botella.
Uno de los mayores placeres de Dolores Redondo, además de escribir, es el contacto con sus lectores. Llama a estas conversaciones “leña para el invierno”, porque le proporcionan energía para enfrentarse a la soledad que exige la creación literaria. “Cuando alguien te pide que no dejes de escribir, cuando alguien te da las gracias con emoción porque le has acompañado en un momento especial de su vida”, explicó, encuentra una motivación que trasciende las cifras de ventas.
La “gentrificación literaria” y los prejuicios contra los superventas
Dolores Redondo encuentra en Benedict Newman un altavoz cuando habla como escritora. A través de él introduce el concepto de “gentrificación literaria”, que relaciona con la proliferación de obras que reproducen propuestas anteriores hasta saturar un género.
“Puede que alguien haya empezado escribiendo algo e incluso se vea desplazado de su lugar porque ya hay un montón de gente haciendo lo mismo”, explicó. En este contexto, se refirió a la experiencia de ver una idea original “repetida, clonada 80 veces” y a la sensación de encontrarse con historias que otros escritores ya han contado. Aunque no lo dijo directamente, parece aludir a ella misma, a quien tuvieron que colgarle la etiqueta de mistic noir cuando empezó porque su obra no encajaba en los cánones literarios y después, ese género se ha convertido en moda..
No se debería de denostar algo porque sea muy elegido
La autora también cuestionó el uso peyorativo del término bestseller. “No se debería de denostar algo porque sea muy elegido”, defendió, en referencia a la consideración negativa que a veces reciben los libros con un gran número de lectores. “Cuando yo publiqué mi primera novela, vendí 25 ejemplares, pues nadie me propuso para el Nobel y era la candidata perfecta”, comentó con ironía.
Redondo defendió la posibilidad de llegar a un público amplio sin renunciar a la calidad y reconoció que las reflexiones de Benedict Newman expresan convicciones propias. “Newman aquí sí es mi alter ego. Absolutamente”, aseguró. Del personaje destacó que “es un hombre supercomprometido con lo que hace, lo ama profundamente, ha dedicado toda su vida a la literatura”.
El día en que Dolores Redondo se creyó Amaia Salazar y su vínculo con Delibes
Pero hay un punto muy personal que une a Dolores Redondo con su personaje y el mismísimo Miguel Delibes. Durante el encuentro relató una experiencia que vivió hace cinco años en Elizondo, el escenario de la trilogía del Baztán. Mientras caminaba por una calle del pueblo, tuvo un pensamiento espontáneo: “Mira, por aquí venía al cole cuando era pequeña, por esta calle”. Sin embargo, aquel recuerdo no podía ser suyo: no pasó allí su infancia.
Yo sé que Amaia iba por esa calle, también sé dónde compraba el pan y no lo he puesto en ninguna novela"
La memoria correspondía a Amaia Salazar, la protagonista de sus novelas. Confiesa, además, que ese y otros recuerdos visualizados de su personaje ni siquiera los había recogido en los libros. “Yo sé que Amaia iba por esa calle, también sé dónde compraba el pan y no lo he puesto en ninguna novela", señaló. También sabe qué ropa le gustaba ponerse y que jugaba durante su infancia en el cementerio, una idea construida a partir de los testimonios de personas que conocían el pueblo.
Ese salto de la realidad a lo imaginado la dejó muy impactada e investigó si se habían producido casos similares. Descubrió que a algunos actores les había pasado también, pero lo que la dejó tranquila fue saber que al mismísimo Miguel Delibes le había ocurrido. Lo supo a través de su editor. “Supuso para mí encontrar un lugar donde yo me sentía más tranquila”, explicó. Delibes había reflexionado sobre la convivencia del escritor con sus personajes en su discurso de recepción del Premio Cervantes, una experiencia que Redondo ha querido recuperar en su nueva novela.
De hecho, ‘Todas las noches, todas las ciudades’ se abre con una cita del autor vallisoletano: “Los amigos me dicen con la mejor voluntad: que conserve usted la cabeza muchos años. ¿Qué cabeza? ¿La mía, la del viejo Eloy, la del señor Cayo, la de Pacífico Pérez, la de Menchu Sotillo? ¿Qué cabeza es la que debo conservar?”.
En ocasiones los personajes se adueñan del escritor
Esta anécdota personal tenía que estar en la novela y lo hace poniéndola en boca de ella misma, que hace un pequeño cameo cuando Nash consulta con una escritora, ‘la Redondo’, las circunstancias de su padre. Era la forma de explicar cómo cree que “en ocasiones los personajes se adueñan del escritor”, algo que ha vivido en primera persona.
La literatura como exorcismo
La anécdota de Elizondo dio paso a una reflexión más amplia sobre el significado de escribir. Para Redondo, la literatura no consiste únicamente en construir historias, sino también en enfrentarse a los recuerdos, los miedos y las experiencias personales.
La autora comparó las páginas de una novela con una tabla ouija, una imagen con la que describió cómo determinados escritores convocan a través de la ficción sus propios fantasmas. Escriben “sobre lo que temen, sobre lo que les da miedo, sobre los fantasmas que tienen debajo de la cama, sobre demonios del pasado, sobre dudas del futuro”.
La escritura puede tener así una dimensión terapéutica. “Muchas veces te curas escribiendo”, sostuvo. Pero advirtió que el proceso no siempre termina cuando concluye una novela: “En ocasiones cuando terminas esos fantasmas no se van, no cierras bien sesión”.
2.500 euros por ‘El guardián invisible’
La presentación permitió también recuperar algunos recuerdos de los primeros pasos de Redondo en el mundo editorial, cuando todavía era una autora desconocida. Tras la adquisición de ‘El guardián invisible’ por Destino, la novela despertó interés internacional antes incluso de llegar a las librerías. “Todavía no se había publicado la novela y siete países ya la tenían”, recordó.
Cedí los derechos por 2.500 euros y estaba encantada de la vida, no pedí ni participar ni revisar, no pedí nada
Dada la expectación, también se vendieron los derechos cinematográficos a un grande en aquel momento, la misma productora que había llevado al cine la saga ‘Millennium’. Redondo aceptó las condiciones sin pedir prácticamente nada. “Cedí los derechos por 2.500 euros y estaba encantada de la vida, no pedí ni participar ni revisar, no pedí nada”, relató. Recordó aquella etapa como un momento de entusiasmo y sorpresa. “Estaba agradecida, brindando con cava y poniendo velas a la Virgen de Lourdes”, comentó.
La reacción de su madre fue mucho más prudente. Cuando Redondo le contó que su novela iba a publicarse en numerosos países y que también se habían vendido los derechos para el cine, le respondió: “Bueno, hija, pues vale, a ver si tienes suerte”. Ella contestó: "Ya he tenido suerte, esto es suerte".
Años después, cuando se completó la primera adaptación cinematográfica, la escritora sintió temor ante los cambios que pudieran haberse introducido en la historia. Por eso pidió verla sola, sin el equipo de producción ni otros invitados. “Habilitaron un cine que estaba cerrado un día entre semana en Barcelona”, recordó. Allí, sentada en una sala vacía, vio por primera vez ‘El guardián invisible’ en la pantalla. “Me senté sola en una sala inmensa y vi mi película y me gustó mucho, pero ver el nombre en la pantalla sí es impresionante”.
Pero hubo algo que la impresionó todavía más que contemplar su nombre en la pantalla: ver su primera novela en los escaparates de las librerías. “Era como si viera a mi bebé ahí”, recordó. Una emoción que no ha desaparecido con los años y que sigue experimentando cuando descubre alguno de sus libros en manos de un lector.
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