Poeta, novelista, periodista, tertuliano en televisión y... ¿actor? Benjamín Prado es un rostro artístico conocido por todos, y es en las páginas donde mejor se desenvuelve. El autor está de vuelta en librerías esta vez con un tono mucho más personal, de la mano de sus memorias. Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara) repasa las distintas facetas que caracterizan su polifacética -nunca mejor dicho- vida profesional y personal. ¿Saben sus lectores de su amistad con Rafael Alberti, con Joaquín Sabina o Almudena Grandes?
El ejercicio de instrospección que realiza Prado en su nuevo libro no es sólo una mirada hacia el interior de uno de los novelistas más aclamados del panorama literario nacional, sino también un vistazo al revisionismo cultural de las últimas épocas, las cuales vienen influenciando a nuestro presente.
PREGUNTA (P): Ha conseguido contestar a la gran pregunta, ¿qué hace aquí?
RESPUESTA (R): Sí, porque en realidad la pregunta no era esa. Era la otra. No es tanto contar qué estoy haciendo, la verdadera historia es la de cómo he llegado hasta ahí: cuáles han sido los caminos, por dónde he ido, con quién me he encontrado, con quién iba de la mano, quién me iba persiguiendo. Es la historia del viaje, porque te permite hablar de otras cosas, de otra gente y mirar desde otro sitio.
P: ¿Cuál era el objetivo exactamente de estas memorias? Se recordado no caer en el olvido o dejar huella.
R: Quizá se piense que uno escribe unas memorias porque tiene muchas cosas que recordar, en mi caso porque empezaba a tener algunos olvidos. Me he dado cuenta de que empezaba a dudar de ciertas cosas, a olvidarme de ciertos nombres, y he pensado que he tenido la suerte de nacer en una época en la que estaba viva la generación del 27, del 36, la del 50; en plena ebullición el boom latinoamericano. Uno podía ser amigo de Rafael Alberti, ir a visitar a Gerardo Diego a su casa o ver la biblioteca de Dámaso Alonso, conocer a María Zambrano, ser amigo de Jaime Gil de Biedma, Ángel González o Luis Rosales; o podía un día cenar con García Márquez y otro con Cortázar.
Suelo decir que en esa época el trabajo más fácil del mundo era el de jurado del Premio Cervantes. Es aprovechar la circunstancia para contar una historia que habla un poco de Alberti o García Márquez adentro, tiene una vertiente más humana que no contradice al otro. Todos estos años con esta gente nunca he olvidado quiénes eran ni lo que eran, pero también me he dado cuenta de que uno podía ser al mismo tiempo amigo de Rafael y de Alberti, o de Joaquín, y de Sabina, o de Mario y de Vargas Llosa. Son cosas distintas, pero compatibles.
Uno podía ser al mismo tiempo amigo de Rafael y de Alberti; o de Joaquín, y de Sabina.
P: Yendo por partes, en el libro comienza contando que, recientemente, ha arrancado con su faceta como actor de la mano de Rodrigo Sorogoyen. ¿Hay alguna otra faceta artística que le quede por descubrir?
R: Ahí está mi teléfono para proponerme cosas. Me divierto mucho sacando los pies del tiesto, escapándome del personaje ya hecho hacia otros nuevos, porque el miedo a fracasar es una droga maravillosa, te mantiene alerta, te mantiene despierto. Esas burbujitas de la inseguridad, el ‘¿Sabré hacerlo bien, o estaré sobrando aquí? ¿Qué pasará si lo intento?’
La peor manera de no hacerlo es no intentarlo, pues trato de meterme en camisas de once varas siempre que tengo la oportunidad, gracias a eso tengo experiencias inesperadas, poco habituales entre la gente de mi gremio, pero que me lo hacen pasar muy bien y cambiar de piel todo el rato. No conozco el significado de la palabra aburrimiento.
P: ¿Qué episodio le gustaría desgranar y que, quizás, se dejó en el tintero?
R: Siempre digo que una parte muy importante de un poema son los versos tachados, porque son los que alivian al poema o de aquello que es innecesario, en los libros pasa un poco igual. En una autobiografía hay cosas que puedes contar y cosas que prefieres callar. ¿Por qué prefieres callarlas? Porque parecen irrelevantes, entran en la intimidad de otras personas de manera indeseable y no tengo la sensación de haberme quedado con nada por contar. Si en unos años me dan el Premio Nobel igual tengo que contarlo.
P: Habla de su relación de amistad con Rafael Alberti, que duró muchos años y no acabó en buenos términos. ¿Si pudiera hablar con él ahora qué le diría o qué le habría gustado decirle en aquel momento y no pudo?
R: Yo hablo mucho con Rafael, lo mismo que hablo mucho con Ángel González o con mi madre. La gente que me ha dado buenos consejos y me ha acompañado en el camino… que se hayan muerto es una cuestión relativa. Lo que me pregunto es qué diría Ángel González en una situación, seguro que me miraría por encima de las de las gafas, así como hacía él y diría: ‘Benja, no lo hagas’. Y yo no lo haría.
Sigo conversando con ellos, son gente que me ha tratado muy bien y tengo la suerte de hablar de unos amigos que no solamente me han enseñado cosas con los que he disfrutado de momentos maravillosos y con los que no he tenido un minuto malo ni prescindible, sino que que son la gente que mejor me ha tratado en el mundo.
Tú tómate muy en serio tu obra y muy en broma a ti mismo
P: Su vida literaria también estuvo marcada por sus relaciones más o menos estrechas con grandes de la literatura como García Márquez, Cortázar y demás. En aquel momento, ¿lo normalizó?
R: Siempre me he querido recordar con quién estábamos hablando. Cuando estaba con Alberti, es un señor que cuando se refería a Federico, era a García Lorca; y si decía Pablo podía ser Neruda o Picasso. Con este estoy hablando y esto no se me olvidaba. Eso no quiere decir que cuando Rafael estuviera malo no lo llevara al médico o no le fuera a buscar medicinas o no le acompañase en alguna necesidad burocrática. Son cosas compatibles. Puedes admirar muchísimo a una persona como artista y quererla mucho como persona.
El consejo famoso de Rafael, que ya se está haciendo célebre, que me dio en su momento de niño fue: ‘Tú tómate muy en serio tu obra y muy en broma a ti mismo’. Me parece extraordinario. En un mundo donde sobra solemnidad, vanidad, prepotencia y ganas de llamar la atención, la gente debería de tener eso puesto en el cabecero de la cama.
P: ¿Alguna vez ha sentido el síndrome del impostor?
R: Todos los días, si es a lo que me dedico realmente a hacer de impostor, porque es muy divertido. El que mejor se lo pasa en el garaje es el pulpo, siempre es el que menos tiene que ver con la situación real, el que tiene el carácter de verso suelto y la libertad que te da el no ir con ningún carné en el bolsillo ni con ninguna camiseta debajo de la ropa es un ángulo a valorar.
P: ¿Cómo cree que son recordadas ahora estas leyendas de la literatura en la sociedad actual? Algo que puede contrastar con cómo se consume ahora mismo literatura con la ventaja o desventaja de las redes sociales.
R: Nos estamos perdiendo algo, la gente de mi generación siempre pensábamos que la cultura era un viaje hacia atrás. Había que saber lo que habían hecho los maestros, había que darse cuenta de que estaba ya hecho para no convertirte en un descubridor de mediterráneos. Y me temo que ahora mucha gente mira solo alrededor, a lo que tiene éxito en el momento, es una pérdida importante en un país donde, si algo tenemos, es una cultura extraordinaria en todos los ámbitos.
Si el concepto de la gente es ‘no, esa película lo voy a ver porque es en blanco y negro’, pues tampoco vamos a ir al Museo del Prado porque no van en vaqueros Las Meninas. Entonces es un peligro. La cultura hay que construirla de atrás hacia adelante y sabiendo que a lo que uno tiene que aspirar es a ser un eslabón más, pero de la misma cadena.
P: ¿Cree más en el azar o en que el destino está escrito?
R: El único mérito que he tenido en la vida es ir siempre con el cazamariposas en la mano. Cuando ha pasado, la he cogido al vuelo. Es verdad que he tenido una suerte tremenda. Un día me dijo mi profesor de literatura que escribía muy bien y me leyese Sobre los ángeles, de Rafael Alberti, y Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, y al día siguiente entro en un bar al lado de mi casa y estaba Alberti; o me meto en un bar a tomar una copa y entra a cantar Joaquín Sabina.
Esas cosas vienen muy marcadas por el azar. O estoy en el Diario 16, donde trabajaba de sol a sol y entra el editor Enrique Murillo, a proponerme escribir una novela porque había leído unos relatos míos de la revista del Europeo, los escribí en diez minutos y porque el director me dijo que le faltaban cinco páginas para la revista. Fue cuestión de puro azar.
Mi éxito literario se lo debo a mi fracaso personal
P: También es conocida su amistad con Joaquín Sabina. Al haber escrito muchas canciones juntos, ¿os sirve como punto de encuentro para escapar de la realidad o para encontraros en ella?
R: O atraparla, o dibujarla desde otros sitios. Eso que llamamos la realidad está muy sobrevalorado, no sabemos exactamente qué es. Lo mismo que no sabemos quién es ese que llama los timbres y dice ‘Hola, soy yo’. Habría que matizar mucho. Cuando voy a un concierto de Joaquín y lo veo detrás del escenario lo que veo es la cara de la gente, y esa gente canta su historia, alquilan de alguna manera las dos emociones que tiene una canción suya y la hacen propia. Es algo extraordinario por lo que merece la pena pasar noches sin dormir y arruinar parte de tu vida.
Mi éxito literario se lo debo a mi fracaso personal, el haber pasado demasiadas horas trabajando y demasiadas pocas atendiendo a quienes tenía alrededor. Pero la recompensa es muy grande. Cuando te das cuenta de que tus libros, no es que le gusten, sino que le han hecho bien a alguien, le han servido. Es impactante.
P: Otra de sus facetas se mueve por el periodismo y un cierto tono político, ¿dónde cree que se desdibuja la frontera entre la ficción y la verdad en tiempos convulsos como los presentes?
R: La ficción y la verdad siempre han estado demasiado juntas como para saber qué es cada cosa, pero esto valía también para Cervantes o para los poemas satíricos de Quevedo. Uno tiene que saber cuáles son las posibilidades de la literatura en este caso. Una de ellas, es la de convertirse en un altavoz social, porque se pueden escribir poemas comprometidos, novelas de contenido ideológico, pero siempre y cuando no sea lo único, porque suelen ser muy latosas las novelas y los poemas adoctrinadores de consigna y trompeta.
Quizá para mí es más fácil porque desahogo mi necesidad de opinar sobre las cosas que ocurren en mi país a través de columnas periodísticas o de intervenciones en tertulias políticas -donde, por cierto, tampoco sé muy bien cómo demonios he llegado-.
Lo que sí puedes es participar en el debate político con dignidad literaria. Si escribes una columna que esté bien escrita, que se note que quien la escribe es alguien que ha trabajado lo que lo que está diciendo. Si participas en una tertulia, intenta recurrir al argumento, no al avasallamiento o la consigna, sino a la meditación y ser coherente. Yo lo tengo muy fácil porque no tengo ideología, solo tengo ideas. No voy con un carné en ninguna parte, ni me fío demasiado tampoco a veces de las idas y venidas de la actualidad política, pero sí tengo claras cuáles son mis ideas y las intento expresar.
P: ¿Le ha generado cierto choque, por un lado, ser un referente literario y, por otra parte, estar en tertulias? Tanto a nivel personal como de exposición pública.
R: No. La exposición pública siempre tiene su parte buena y su parte mala, pero no me ha generado un gran problema. No tengo la sensación de estarme abaratando por ir a unas cosas y escribir otras. Al periodismo le debo algo importantísimo sin lo cual yo no estaría aquí: dedicarme a la literatura no me deja tiempo para escribir, todo el día de viajes y conferencias. En la redacción de Diario 16 aprendí a escribir rodeado de gente que le estaba pegando gritos a un ministro con el teléfono al lado, por eso escribo en vagones, en hoteles, en aeropuertos porque consigo abstraerme de manera total y esto es una gran enseñanza del periodismo.
Hay muchas cosas que se pueden aprender del periodismo para escribir y que valen para traspasarlas de la literatura al periodismo y hay cosas que te valen para traspasarlas de una canción a una novela, que una tenga su gotita de rock and roll, que la otra tenga su gotita narrativa. Es como como el tráfico en Madrid, si se estropea un camión en la carretera de Barcelona se colapsa la de La Coruña.
No tengo ideología, solo tengo ideas
P: Entre otras cuestiones, como ha hablado de ello en otros medios de comunicación recientemente, tengo que preguntarle: Desveló que padece párkinson, ¿escribir le ha servido de alguna manera como un salvavidas?
R: Soy muy pudoroso, no me gusta hablar de estas cosas. El off the record es difícil de mantener en las entrevistas, alguien me preguntó y se difundió mucho. Estoy en una fase muy previa, las enfermedades neurológicas no tienen casi ninguna de ellas cura y casi todas ellas son degenerativas, pero lo que tampoco tienen es plazos establecidos. Lo mismo estas 20 años de maravilla que en dos años estás hecho un desastre.
De alguna manera, también me ha hecho valorar todavía más lo que tengo antes de que llegue el horror, que llegará en algún momento, intentar pasarlo bien un rato más todavía, abrir otro par de botellas, a ver qué pasa.
P: Se define a sí mismo por un montón de facetas. ¿En cuál de ellas se siente más libre?
R: Libre he sido siempre. Nunca nadie me ha dicho lo que podía escribir y lo que no podía escribir, eso en el plano político. En el plano literario, he conseguido crear el personaje de Benja, me dejan por imposible para hacer lo que quiero. Con respecto a las posibles ataduras que pueda un género ponerte, las cosas están para saltárselas, para brincar por encima y pensar que en la mezcla suele estar el acierto. Me gusta que los poemas escribo tengan una gotita de rock and roll, un poquito, que sean capaces de contarte una historia, una novelita, esas que hace Joaquín de manera prodigiosa, novelas de seis o cuatro minutos.
El mundo no está para competir, sino para compartir. Disfruto mucho compartiendo y admirando. Los idiotas que lo critican todo no saben lo que se pierden, porque de la admiración nacen cosas maravillosas. En la envidia no crece nada, siempre se envidia de abajo hacia arriba. Me encanta que a la gente le vaya bien, lo divertido está en probar cosas distintas para mantenerte alerta.
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