Hay libros que no viven en la memoria como argumentos o personajes, sino como sensaciones físicas. El peso ligero en la mochila del colegio. El ruido seco al cerrarlos demasiado rápido porque había que cenar. El olor de las páginas nuevas mezclado con el de los lápices recién afilados.

Para muchos de nosotros, la infancia tiene forma de lomo fino, de colores brillantes alineados en una biblioteca escolar, de tardes en silencio mientras fuera anochecía. Y ese recuerdo tiene en realidad un nombre compartido: El Barco de Vapor, la colección infantil de la editorial SM que empezó a publicarse en 1978 y terminó convirtiéndose en algo más que una serie de libros.

Se transformó en un rito de paso.

Porque antes de saber quiénes éramos, antes incluso de entender del todo lo que leíamos, aquellos libros ya estaban ahí, esperándonos. Como si alguien hubiera trazado una ruta secreta entre la niñez y el futuro y la hubiera escondido dentro de una estantería de aula.

El arco iris que enseñó a leer

Si recuerdas cómo eran esos libros, es posible que lo hagas por sus colores antes que por los títulos. El Barco de Vapor no solo organizaba historias; organizaba etapas de vida lectora:

  • Serie Blanca: pensada para lectores que todavía olfateaban las letras como quien descubre caracoles en la playa. Lineas sencillas, ilustraciones que hablaban más que algunas palabras y páginas que celebraban cada sonido aprendido.

  • Serie Azul: el siguiente peldaño, donde ya se empezaba a construir confianza, y los cuentos ya duraban un poco más. Aquellos días en que descubrimos que leer podía sostenerse más allá de la página siguiente.

  • Serie Naranja: para los que ya eran lectores de verdad, capaces de abrazar historias más largas y personajes que habitaban en mundos más complejos, sin renunciar jamás a la emoción del descubrimiento.

  • Serie Roja: para quienes estaban listos para historias que también retaban la mirada, no solo la imaginación.

Cada color era más que una clasificación editorial: era un reconocimiento tácito del viaje emocional del lector. Esas franjas cromáticas marcaron tardes, noches, autobuses, ventanas de tren. Fueron sellos de identidad para una infancia entera.

Más que cuentos, compañeros de viaje

Hablar de El Barco de Vapor es alimentar la nostalgia con nombres que casi todos hemos leído algún día: ¿quién no recuerda a Fray Perico y su borrico? Ese fraile travieso y entrañable cuya primera aventura se convirtió en lectura obligada para muchas promociones.

¿Y qué hay de El pirata Garrapata? La mera mención provoca una sonrisa, como si uno pudiera volver a escuchar el crujir de la cubierta del barco en cada página.

Pero no se trataba solo de reír o aprender a leer. Esas historias, a menudo sencillas en apariencia, tenían también hilos que conectaban con verdades más profundas sobre la amistad, la curiosidad, la injusticia, la solidaridad o el descubrimiento de uno mismo. Era literatura infantil, sí, pero hecha sin condescendencia, con respeto por la inteligencia emocional de un lector en crecimiento.

Y funcionó. Desde su aparición, El Barco de Vapor ha vendido millones de ejemplares, convirtiéndose en un referente no solo en España, sino en los países donde SM está presente.

Premios que inspiran nuevas travesías

La colección no se quedó en el pasado. Con los años, se impulsó con fuerza el Premio de Literatura Infantil El Barco de Vapor, convocado por la Fundación SM. Este galardón ha sido una plataforma para autores que buscan conectar con ese lector curioso, inquieto, exigente… y vulnerable.

Una muestra reciente de ese espíritu es la obra Feriópolis de Ledicia Costas, que fue galardonada en la última edición. Una historia que -según el jurado- no solo entretiene, sino que explora con empatía el universo emocional de la infancia mientras invita a reflexionar sobre la vida y sus vueltas inesperadas, recordándonos que El Barco de Vapor sigue tan vivo como siempre.

Las buenas historias no caducan. Porque, sin darnos cuenta, aquellos libros dejaron de ser solo páginas para convertirse en sombras amigas que aún nos acompañan en silencios y en viajes largos. Porque, aunque hayamos crecido, todos seguimos recordando ese primer momento en que leímos algo que nos emocionó de verdad, nos abrazó, nos enseñó algo silencioso e intransferible.

Porque más allá de premios, reediciones o cifras de ventas, lo importante nunca fue el catálogo, sino lo que ocurrió en secreto entre un niño y un libro abierto.

Así que decidme: ¿cuántos de vosotros os aficionasteis a la lectura gracias a Barco de Vapor?

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