Una sopa de patata insípida, a la que no dejaba de añadir sal y pimienta, y una carne con champiñones que bien podría haber salido de un menú del día de 13 euros. Así recuerda Isabel Coixet (Sant Adrià de Besòs, 1960) la comida que compartió con Angela Merkel y Tilda Swinton en el despacho de la entonces canciller alemana, durante la Berlinale de 2009, cuando la cineasta catalana formó parte del jurado del festival, presidido precisamente por la actriz británica. "Nos pusieron una comida de colegio, una comida de hospital", contó divertida durante la presentación de su nuevo libro, 'Silencio, se come', el primero que publica en la editorial Siruela. Aquella experiencia no le aportó nada en lo gastronómico, pero se ha convertido en una de sus comidas más especiales por lo que le aportó en el terreno personal.
"Angela Merkel me pareció una de las personas con la cabeza mejor amueblada que he conocido. Quiero que sea presidenta de mi país, del mundo, de Europa, que me adopte", afirmó fascinada por el pragmatismo de la mandataria alemana, la primera mujer que ocupó la cancillería y se mantuvo ininterrumpidamente durante cuatro mandatos. Durante aquel encuentro también hablaron de Vladímir Putin y de las amenazas para Europa. Coixet recordó que, ya entonces, existía preocupación por sus intenciones: "No van a parar hasta desbaratar todo lo que puedan porque su consigna es cuanto peor mejor", señaló al evocar aquella conversación.
Un recopilatorio de artículos gastronómicos
Esta anécdota resume en gran medida el espíritu de 'Silencio, se come', un libro en el que la cineasta reúne sus crónicas, artículos y relatos sobre gastronomía, pero también sobre las personas, los lugares y las experiencias que rodean una mesa. El libro, que forma parte de la colección 'Libros del tiempo', está ilustrado por Carlos Baonza y cuenta con un prólogo-invitación de Jacobo Bergareche quien destaca sobre 'la Coixet' su inagotable capacidad para el disfrute, además de una recomendación de Cristina Fernández Cubas, flamante ganadora del Premio Cervantes 2026. Dice en concreto: "Sabios, agudos, emotivos, ocurrentes… Los textos de Isabel Coixet son un regalo".
La relación entre ambas va más allá de la admiración literaria. Coixet ha producido 'Cristina y los otros mundos', un documental escrito y dirigido por Cristina Andreu sobre la vida y la obra de Fernández Cubas, cuyo estreno está previsto para el próximo 22 de noviembre en el Festival Rizoma. La cineasta celebró especialmente la concesión del Premio Cervantes a la escritora, de quien destacó su universo literario, "tan original, tan particular, tan diferente de cualquier autor español que escriba en español". Ambas llevaban tiempo trabajando en el proyecto, por lo que el reconocimiento llegó como una alegría añadida. Coixet confía en que el galardón sirva para acercar su obra a nuevos lectores y reivindicó su influencia sobre generaciones posteriores: "Antes de Mariana Enríquez existió Cristina Fernández Cubas", subrayó durante el encuentro, en referencia a la conocida escritora argentina de literatura de terror.
Comer sin culpa en tiempos de dietas y calorías
Apenas dos semanas antes de la noticia del Cervantes, Isabel compartió mesa y mantel con Cristina. De menú: macarrones gratinados, flan y vino blanco. "Es una de las personas que conozco que menos se culpabiliza por la comida", dijo la primera en referencia a la imposición social de mantener la línea.
"Me aburre sobremanera la conversación sobre las calorías, las proteínas, los hidratos", añadió para dejar claro su distanciándose de la tiranía de las dietas, algo que dejó atrás hace tiempo. De hecho, confesó que no se pesa desde que estuvo embarazada: las broncas que recibía de su médico terminaron por quitarle las ganas de volver a subirse a una báscula.
Pero su crítica va más allá de la alimentación. Para Coixet, detrás de muchas de estas conductas se encuentra una obsesión por el control que también se manifiesta en otros hábitos cotidianos. Puso como ejemplo a quienes se sienten mal por no alcanzar los 10.000 pasos diarios. "Yo no quiero vivir pendiente de los pasos que he hecho", afirmó. Tampoco ahorró críticas a los batidos nutricionales con los que algunos pretenden sustituir las comidas. Puso como ejemplo los preparados de espirulina, "que mira que sabe mal", y lamentó la tristeza de renunciar al placer de comer para alimentarse a base de estos productos.
Ni estrellas Michelin ni mejores restaurantes del mundo
Esa misma resistencia a las imposiciones se extiende a su manera de entender la gastronomía. Coixet ha visitado algunos de los restaurantes más prestigiosos del mundo, pero no cree que una lista o un sistema de estrellas pueda determinar de forma indiscutible dónde se come mejor. "¿Qué quiere decir el mejor restaurante del mundo?", se preguntó en relación al reconocimiento de Etxebarri como tal. "Es un restaurante impresionante, ahora ¿es mejor que otros? Yo no lo sé y no creo que nadie lo pueda decir. Este ranking es casi aleatorio entre una serie de establecimientos de élite de todo el mundo", dijo.
Para ella, estas clasificaciones es como preguntarse cuáles son las mejores películas de la historia, citando expresamente la de 'Jeanne Dielman', de Chantal Akerman, y 'Avaricia', de Erich von Stroheim. Preguntada si son sus preferidas, aclaró que las había visto recientemente y que era incapaz de establecer un listado así.
En cualquier caso, Coixet reconoce el esfuerzo que hay detrás de la alta cocina, desde la calidad del producto hasta el trabajo de sus equipos. De hecho, considera que el mejor pan que ha probado en su vida es el de El Cenador de Amós, el restaurante de Jesús Sánchez en Cantabria. Pero también disfruta sentándose sola en una barra para pedir un par de gildas y una copa de vino. Eso sí, reconoce que comer sin compañía en un restaurante de varias estrellas tiene sus inconvenientes: los camareros se extienden demasiado en las explicaciones de los platos y, en ocasiones, sospechan que puede tratarse de una inspectora gastronómica, algo que la horrorizaría.
Para Coixet, comer también es una aventura, especialmente cuando viaja. Y, como cualquier aventura, puede deparar sorpresas agradables y otras no tanto. Recordó, por ejemplo, la visita al restaurante japonés protagonista del documental 'Jiro Dreams of Sushi', donde consiguió una reserva gracias a Ferran Adrià. Había idealizado tanto aquel lugar que la experiencia quizá le resultó un poco decepcionante: el pescado era extraordinario, pero asegura que en una cata a ciegas no habría podido distinguir un nigiri de Jiro de otro de un buen restaurante japonés de aquí. Menos agradable fue encontrarse cuatro ratas en un restaurante de Vietnam. Y tampoco le pareció extraordinario el pez globo japonés, cuya preparación exige una acreditación específica por su toxicidad. A su juicio, cualquier buena merluza puede estar más rica.
La comida también cuenta historias en el cine
La gastronomía ocupa un lugar importante en las películas de Coixet. Asegura que la comida le sirve para definir a sus personajes y la situación emocional que atraviesan. En 'La vida secreta de las palabras', por ejemplo, la protagonista se limita a comer arroz, pollo y manzana, una monotonía que la directora interpreta como una forma de castigarse y renunciar al placer.
La relación entre comida y sexualidad también apareció durante la conversación a propósito de una escena de Un amor. Coixet reveló que aquella secuencia, que comparó con 'Nueve semanas y media', pero "a lo agreste, a lo campestre", no figuraba originalmente en el guion. Surgió durante el rodaje y fueron los propios actores quienes aceptaron llevarla a cabo. Aunque reconoció que la comida y el sexo pueden funcionar muy bien juntos en la pantalla, en su vida personal prefiere mantenerlos separados. Ni siquiera le gusta desayunar en la cama por las migas que puedan quedar entre las sábanas.
Los canelones de su infancia y la cocina de su madre
Pero, entre tantas experiencias gastronómicas, algunas de las que Coixet conserva con mayor cariño no tienen que ver con restaurantes de lujo ni con platos sofisticados o Japón, país que la fascina desde su juventud, sino con los sabores de su infancia.
Preguntada por su magdalena de Proust particular, Coixet rememoró los canelones de su infancia, en concreto una escena durante la gran nevada de Barcelona de 1962. "No sé si lo he vivido o lo he soñado", aclara, para explicar que cada vez que huele unos canelones gratinados rememora los que hizo su madre ese día. "Yo era muy pequeña y en aquella época no había hornos en las casas, me veo viendo la nieve en un balcón, tapada con una manta y a mi padre volviendo de la calle, con la bandeja de canelones calientes. Recuerdo ese momento en blanco y negro, con nieve, como si fuera una película. También tengo muy grabado el sabor de las rosquillas que hacía mi abuela Isabel, en Salamanca".
¿A qué lugar volvería Isabel Coixet a comer?
Después de tantos restaurantes, viajes y comidas extraordinarias, Coixet no duda cuando le preguntan dónde le gustaría volver a sentarse a la mesa. No elige un restaurante con estrellas Michelin ni alguno de los templos gastronómicos que ha conocido en Japón. Elige la casa de su madre, que a sus 93 años sigue cocinando, según dice, "como Dios".
Asegura que lo poco que sabe de cocina, lo ha aprendido de ella, entre otras cosas, algo fundamental, que es abrir la nevera, ver qué ingredientes hay y preparar un plato con lo que encuentre: "A ella le sale mil veces mejor que a mí, hace guisos o arroces con lo que sea y se inventa cosas, todo ello sin haber leído un libro de cocina en su vida".
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