Durante más de doce horas, el Recinto Ferial de Torrejón de Ardoz dejó de parecer un recinto ferial para convertirse en otra cosa: una ciudad paralela, exagerada, colorista y deliberadamente caótica, donde la música electrónica fue solo el punto de partida. La quinta edición de elrow Town Madrid, segunda celebrada en Torrejón, reunió a más de 35.000 asistentes procedentes de más de 50 países y volvió a confirmar que el festival ya no funciona únicamente como una cita musical, sino como una experiencia colectiva difícil de explicar desde fuera.

El cartel fue, sin duda, uno de los grandes argumentos del día. La programación consiguió mezclar la vieja y la nueva escuela de la electrónica sin que sonara forzado: de nombres consolidados como Fatima Hajji, Paco Osuna, Luciano o Joris Voorn a propuestas más recientes y aceleradas como Adrián Mills y el universo de 240kmh. Esa convivencia entre generaciones permitió que el festival no se quedara encerrado en un único sonido, sino que transitara por distintos registros, públicos y formas de entender la pista.

Uno de los espacios más potentes fue precisamente la carpa 240kmh, liderada por Adrián Mills y su colectivo, donde la energía más joven, rápida y desatada encontró su propio lenguaje. Frente a ese pulso más frenético, el festival también reservó espacio para sonidos más reconocibles dentro de la escena house y techno, con Paco Osuna como uno de los grandes nombres de la jornada. Su actuación funcionó como uno de esos momentos en los que el público deja de dispersarse entre escenarios y vuelve a recordar que, por debajo de todo el despliegue visual, Elrow sigue viviendo de la música.

Pero reducir lo ocurrido a una sucesión de sesiones sería quedarse corto. Rowcio, el escenario dedicado al imaginario andaluz, aportó uno de los momentos más especiales del día con una propuesta de flamenco fusión en la que la electrónica dialogó con la rumba y el directo. La actuación de Macaco terminó de reforzar esa sensación de mezcla inesperada, de cruce entre fiesta popular, festival electrónico y celebración compartida. Fue uno de esos instantes en los que elrow dejó de parecer solo una marca global para conectar con algo más cercano, más reconocible y más emocional.

A partir de ahí, el día avanzó como suelen avanzar las grandes jornadas de festival: sin una línea clara, pero con una lógica propia. Ocho escenarios tematizados —entre ellos Rowsmic Carnival, Psychowdelic, Pink Cathedral, ARCH Rowmph, La Avenida Desperados, Jail o la propia 240kmh— iban construyendo un recorrido en el que era casi imposible permanecer como simple espectador. En Elrow, mirar nunca es suficiente. Siempre hay algo que te arrastra: una performance que aparece entre la gente, una lluvia de confeti, un actor que rompe la distancia, una instalación absurda o una escena que parece diseñada para que el público deje de comportarse como público.

También ayudó la cantidad de actividades repartidas por el recinto. Elrowfesionario, elrow Wash & Flash, Aquí te pillo, aquí me caso, The Jail, Zoltarse o El Despeine convirtieron la experiencia en algo más cercano a un parque temático emocional que a un festival convencional. Había maquillaje artístico, juegos, performances itinerantes, escenarios convertidos en mundos propios y cientos de detalles pensados para provocar esa sensación tan característica de elrow: no saber muy bien qué está pasando, pero querer seguir dentro.

Lo memorable de la jornada no estuvo únicamente en un nombre del cartel, ni en un escenario concreto, ni siquiera en una actuación aislada. Estuvo en la suma. En la forma en que la música, la escenografía, el público y el exceso visual terminaron construyendo una experiencia que se vivía más con el cuerpo que con la cabeza. Hubo momentos de techno contundente, house, flamenco fusión, electrónica acelerada, humor, teatralidad y ese caos controlado que elrow maneja como pocos.

Lo que quedaba al final, sin embargo, no era tanto el recuerdo de un momento específico como una sensación prolongada: la de haber participado en una experiencia que, sin ser excepcional en cada uno de sus elementos por separado, adquiere valor en su conjunto. Una especie de resaca emocional que no responde únicamente al agotamiento físico, sino a la dificultad de abandonar un estado en el que, durante unas horas, todo parecía reducirse a algo tan simple —y tan poco frecuente— como bailar sin más.

Elrow Town Madrid 2026 fue, en ese sentido, un día memorable lleno de experiencias. Una celebración de la música electrónica, sí, pero también de la conexión, del exceso, de la fantasía y de esa necesidad colectiva de perderse un rato para volver, aunque sea al día siguiente, con la sensación de haber estado en otro lugar.

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