La muerte, cuando visita a una celebridad, rara vez conserva toda su intimidad. Recibe focos, obituarios, minutos de televisión y ese incómodo tratamiento de personaje secundario que le concede la industria del espectáculo. Sin embargo, algunas figuras públicas han dado un paso más. No solo anunciaron que iban a morir, sino que reclamaron el derecho a elegir cómo y cuándo poner fin a un sufrimiento que consideraban intolerable.
Sus historias han contribuido a cambiar leyes, inspirar películas, llenar parlamentos y provocar discusiones familiares capaces de sobrevivir incluso a la sobremesa de Navidad. También han creado una considerable confusión. Porque no todas las personas conocidas de las que se dijo que habían recurrido a la eutanasia recibieron realmente una eutanasia.
Eutanasia y suicidio asistido no son exactamente lo mismo
La diferencia no es un capricho de juristas aficionados a la letra pequeña. En la eutanasia, un profesional sanitario administra directamente la sustancia que provoca la muerte. En el suicidio médicamente asistido, es el propio paciente quien realiza la acción final después de recibir los medios necesarios.
España incluye ambas posibilidades dentro de la denominada prestación de ayuda para morir. La Ley Orgánica 3/2021, en vigor desde el 25 de junio de 2021, exige que la persona sea mayor de edad, actúe de manera voluntaria e informada y padezca una enfermedad grave e incurable o un padecimiento grave, crónico e imposibilitante.
Marieke Vervoort y la autorización que le permitió seguir viviendo
La historia de la atleta paralímpica belga Marieke Vervoort desmonta una de las ideas más repetidas sobre la eutanasia. Que concederla conduce inevitablemente a utilizarla de inmediato.
Vervoort, campeona paralímpica de los 100 metros en silla de ruedas en Londres 2012, padecía una enfermedad degenerativa que le provocaba dolores intensos y una pérdida progresiva de capacidades. Obtuvo la autorización para acceder a la eutanasia en Bélgica en 2008, pero continuó compitiendo, viajando y ganando medallas durante más de una década.
La deportista explicó que disponer de esa opción le proporcionaba tranquilidad. Saber que podía poner fin al sufrimiento cuando lo considerase insoportable le permitió aplazar la decisión y disfrutar de los momentos que todavía encontraba valiosos.
Finalmente, murió mediante eutanasia el 22 de octubre de 2019, a los 40 años. Su caso convirtió una autorización para morir en una paradójica póliza para seguir viviendo.
Hugo Claus y Christian de Duve ante la ley belga
Claus, considerado uno de los grandes autores de la literatura belga contemporánea y conocido internacionalmente por La pena de Bélgica, padecía alzhéimer. Solicitó la eutanasia cuando todavía podía expresar conscientemente su voluntad y murió en un hospital de Amberes en marzo de 2008, a los 78 años.
Cinco años después, Christian de Duve, premio Nobel de Medicina de 1974 por sus descubrimientos sobre la organización estructural y funcional de la célula, recurrió igualmente a la eutanasia. Murió en Bélgica en mayo de 2013, a los 95 años, acompañado por sus hijos.
Jean-Luc Godard y David Goodall eligieron el suicidio asistido
El cineasta Jean-Luc Godard, uno de los padres de la Nouvelle Vague, murió en septiembre de 2022 en su casa de Suiza, a los 91 años. Numerosos titulares hablaron de eutanasia, aunque su muerte se produjo mediante suicidio asistido, una práctica legal bajo determinadas condiciones en el país.
Una persona próxima a la familia explicó que había sido su decisión y que el director consideraba importante que se conociera. El último montaje de Godard fue, de alguna manera, el de su propia despedida. No hubo ceremonia oficial ni alfombra roja, pero sí una decisión coherente con un cineasta que pasó su carrera desmontando las reglas sobre cómo debía comenzar, continuar y terminar una historia.
También viajó a Suiza el botánico y ecólogo australiano David Goodall. Tenía 104 años y no padecía una enfermedad terminal. Sostenía que el deterioro de su calidad de vida debía bastar para permitirle decidir.
Françoise Hardy quiso tener una opción que Francia no le ofrecía
No todas las celebridades que manifestaron su deseo de acceder a una muerte asistida pudieron hacerlo. El caso más claro es el de la cantante francesa Françoise Hardy, icono del movimiento yé-yé y autora de canciones como Tous les garçons et les filles.
Hardy llevaba años enfrentándose a las secuelas de varios cánceres y de tratamientos especialmente agresivos. En entrevistas concedidas durante la última etapa de su vida defendió la legalización de la eutanasia y aseguró que temía que una muerte natural le provocara todavía más sufrimiento físico. Llegó a dirigirse al presidente Emmanuel Macron para reclamar un cambio legislativo.
Francia no ofrecía entonces una vía legal para acceder a la eutanasia o al suicidio asistido. Hardy murió en junio de 2024, a los 80 años, sin haber podido utilizar el procedimiento cuya regulación había defendido públicamente.
Terry Pratchett preparó los papeles, pero no llegó a firmar su despedida
El escritor británico Terry Pratchett, creador de la saga Mundodisco, se convirtió en uno de los grandes defensores públicos de la muerte asistida después de recibir un diagnóstico de alzhéimer de inicio temprano.
En 2011 presentó el documental de la BBC Choosing to Die, que mostraba el proceso seguido por un hombre enfermo de esclerosis lateral amiotrófica para morir en una clínica suiza. Pratchett también reconoció que había recibido los formularios necesarios para solicitar el suicidio asistido en Dignitas, aunque todavía no los había firmado.
Pratchett murió en 2015 de manera natural. Defendió la existencia del derecho sin llegar a ejercerlo, una circunstancia que vuelve a separar la disponibilidad de una opción de su utilización efectiva.
Quizá la cuestión no consista únicamente en estar a favor o en contra. También exige preguntarse quién decide, en qué circunstancias, después de qué evaluaciones y con qué alternativas disponibles.
Una regulación garantista no elimina el conflicto moral ni proporciona una respuesta idéntica para todo el mundo. Sí puede evitar que estas decisiones dependan del dinero necesario para viajar, de la ayuda clandestina de familiares o de la interpretación improvisada de una ley pensada para otros supuestos.
La ausencia de regulación tampoco hace desaparecer el deseo de morir. En algunos casos solo consigue que se materialice de una manera más solitaria, insegura o desigual. Reconocerlo no obliga a convertir la eutanasia en una solución automática, pero sí permite abordar el final de la vida sin esconderlo debajo de la alfombra.
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