Con el calor que hace, vamos a ver si refrescamos un poco el asunto con una historia en lugares más frescos como por ejemplo Rusia. No, espera, mejor la URSS.
Los kobzares eran bandas de músicos formados por invidentes que se encargaban de mantener vivas las historias y leyendas de lo que hoy es Ucrania. Eran una especie de Ministerio de memoria histórica no oficial que cantaba canciones sobre religión, leyendas y batallas imposibles pero que se acaban ganando. Y así, siglo tras siglo, estas bandas fueron actuando de una forma libre, manteniendo vivo ese cable a tierra que son las tradiciones. Hasta que llegó Stalin.
Al amigo Josef eso de que la gente pudiera decir lo que quisiera nunca le encajó del todo, así que empezó una campaña para intentar cambiar el repertorio de las bandas: menos religión, más Lenin. Menos tradición, más hoz y martillo. Lo intentó por las buenas y lo consiguió por las malas: con asesinatos, campos de concentración y el frío de Siberia. Algunos kobzares hicieron caso, otros, en cambio, fieles a sus principios, siguieron cantando las mismas canciones de siempre.
Esto nos lleva al congreso de Járkiv. Stalin montó una especie de festival donde se invitó a las bandas que quedaban. Allí fueron, acompañados por sus guías, preparados para unos días de canciones, historias y amigos. Pero allí no había público. Lo que les esperaba, en vez de un festival de música, era su ejecución. El fin de dos siglos de palabra no escrita finiquitada en un momento a golpe de hierro. ¿Qué historión verdad? Da para una novela. Eso pensó el escritor David Torres cuando intentó escribirlo. Digo intentó porque no lo consiguió. Después de pelearse con la historia, vio que no salía. A veces pasa. Podría haber metido el proyecto en el cajón infinito de los libros que no fueron, pero lo que hizo fue escribir una novela sobre la imposibilidad de escribir una novela, con la honestidad que se les pide a los libros buenos de no ficción: Palos de Ciego, editado por Círculo de Tiza, además de una historia personal del autor de la que no voy a hablar porque tampoco es plan de contarlo todo, explica el proceso de escritura añadiendo incluso pequeños fragmentos de esta historia de traición a lo más sagrado que tenemos: la vida y las tradiciones.
Es un tema peliagudo, eso del fracaso, sobre todo ahora, en una sociedad obsesionada con el éxito donde la culpa por no ser el nuevo Steve Jobs es tuya, porque no te lo has currado, porque estás en el sofá tomando Cheetos en vez de persiguiendo tu mejor versión. Si quieres puedes. Si lo das todo, el universo hará que suceda. Mentira, el universo está a otras cosas. Lo normal, por desgracia, es que esa novela no salga, que ese proyecto lo gane otro. Que el oro lo recoja otra persona mientras tú te quedas aplaudiendo entre el público.
Palos de Ciego nos enseña la belleza de intentarlo, de escribir porque sí, solo porque hay una buena historia que sale de nuestra cabeza. Es un libro precioso que habla del fracaso como un compañero de viaje del que no hay que avergonzarse. Todo lo contrario, hay que hacerle un hueco en el asiento del al lado del autobús y mirar juntos por la ventana esperando a que la siguiente vez sea la buena.
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