El uno de julio, hace cinco días, de repente y sin avisar, Laura Riñón contaba que cerraba Amapolas en Octubre, su librería que antes fue una novela. Al segundo, en las redes, que a veces dejan de ser un estercolero para ser un lugar estupendo, empezó un llanto colectivo que todavía sigue.
Menos de doce horas antes, hice allí la presentación de mi segunda novela, rodeado de amigos y de algún despistado que pasaba por allí. Es irónico, con toda la gente que ha presentado en Amapolas, todo el talento nacional e internacional, todos los novelones que allí han dado sus primeros pasos, resulta que fui yo, un principiante, el que he hecho la última presentación de una librería que necesitó menos de diez años para convertirse en la casa de todos. Lo cual, visto como está el tema en el centro de Madrid, parece casi ciencia ficción.
La conocí de rebote, una amiga un día me dijo, oye, tienes que conocer a Laura, escribe y además ha montado una librería. Era 2019, creo. Me leí sus dos primeros libros y fui a comprar un par de novelas, a dejarme recomendar como hay que hacer cuando vas a un sitio donde saben más que tú. Ya sea una librería o la consulta del oftalmólogo. Uno tiene que callarse y hacer lo que se le dice. Punto.
Al poco, llegó la pandemia, ese tiempo tan raro que a veces parece que fue ayer y otras que nunca sucedió. Cuando pudimos empezar a salir un poco, después de dos meses enteros en casa, podías ir a los sitios pero pidiendo hora, como cuando vas a renovarte el DNI. Recuerdo mi primera salida: pedí hora en Amapolas y fui para allá pensando que la moto no iba a arrancar porque llevaba dos meses parada. No recuerdo los libros que Laura me recomendó, serían buenos, como siempre, pero lo que sí recuerdo es que algo tan sencillo como un paseo con la motillo y comprar un libro, algo tan mundano y que había hecho tantas veces sin darle importancia fue, de repente, un sensación tan gorda que debería saber escribirla. Pero no sé. De ahí lo de escritor principiante, supongo.
La pandemia acabó y yo seguí yendo a Amapolas, pasó el tiempo y escribí mi primera novela, breve y tirando a mala. Solo la leyó mi gente más cercana y obviamente ninguna librería la puso en sus estanterías, no les culpo. Laura, en cambio, la puso en su escaparate, a la misma altura de novelas que habían ganado el Pulitzer, el Booker o el Nobel. Resulta que tenía una amiga y no lo sabía.
Hace poco hubo un debate estúpido en redes, como lo son casi todos últimamente. Era sobre si leer te hace o no mejor persona. Ni de coña. Mis abuelos fueron los mejores seres humanos que han existido y pasaron bastante de la literatura. Yo leo muchísimo y más veces de las que me gustaría soy bastante gilipollas. La lectura, y estoy seguro desde esa mañana después del confinamiento en Amapolas, sirve para hacer amigos: ya sean mosqueteros, cazadores de ballenas, monstruos creados por científicos locos, personas que no envejecen o una librera de carne y hueso que te recibe como en el salón de su casa.
Gracias Laura y Lana por todo, esta semana o la que viene me paso a daros la chapa por última vez y a llevarme lo que me pongáis en las manos. Os voy a echar de menos.
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