Tras la desastrosa DANA de Valencia que arrebató la vida a doscientos de los nuestros, los españoles fuimos capaces de lo mejor y lo peor: lo mejor, sin duda, fue el ramalazo espontáneo, sincero y puro de solidaridad, ganas de trabajar y ayuda desinteresada con quienes el lodo tenía atrancados hasta las rodillas; teníamos ganas de ser uno con el pueblo valenciano, de ponernos en su piel y levantar entre muchos aquel horrible peso compuesto por mierda y terror. Pero también hubo de lo malo, claro que sí, como esa piara maloliente de pseudoplumillas e influencers que decidieron acercarse a la zona cero para sembrar malvas en el más puro horror, o toda esa gente que enmascaró sus ganas de protagonismo tras una capa farisea de solidaridad: recuerdo con especial repugnancia a muchos que no se contentaron con hacer donaciones o echar un cable a los servicios de emergencia, y, contra el consejo de estos últimos,  acudieron a la zona cero desde zonas alejadísimas de España poseídos por un impulso deshonesto encubierto de caridad que, en ciertos momentos de la tragedia, más que ayudar incluso estorbó; no les bastaba con echar un cable, necesitaban estar en primera fila, ser protagonistas, salir en los telediarios y publicaciones de Instagram: hay personas incapaces de empatizar si no narran la historia en primera persona.

El narcisismo tiene muchas caretas y una de las más cruentas es la solidaria. Hay muchas personas ahí fuera que viven con un inarmonizable síndrome mesiánico que los hace creer que solo ellos son capaces de resolver una situación. Ante una tragedia terrible, como la citada Dana, el reciente terremoto en Venezuela o incluso la lamentable invasión de Ucrania, preferirán, guiados por sus ansias de protagonismo, fragmentar la ayuda en pequeños envíos descoordinados antes que formar parte de una genuina y bien engrasada ayuda principal; necesitan guiar ellos mismos sus esfuerzos, aunque sean inútiles, a costa de verse como los salvadores de algo. Se creen héroes o mesías, y exigen por supuesto un titular que los certifique.

Quien, cómo no, mejor conjunta el narcisismo más chalado con el menor tino intelectual posible es toda la masa macabra de influencers que, retroalimentados por agencias sacacuartos que los tratan como a los desustanciados que quizá sí son, van por las redes y la vida con un complejo mesiánico que harían parecer a David Koresh una persona insegura. La última en liarla ha sido Blanca Pombo, la chiquitina del famoso clan de contemplativas, quien ha tenido la brillante idea de sortear entre sus seguidores un viaje de voluntariado a África con todos los gastos pagados – afortunadamente, ha rectificado y borrado ya la publicación –.

Cualquier persona con un filamento de sentido común y conexiones sinápticas – o sea, cualquiera que no sea influencer – sabría que esto es malísima idea no porque dedujera que cualquier pijazo promedio seguidor de una Pombo es con toda probabilidad un alérgico a los azadones que poco podría aportar en una aldea africana escasa de recursos – ¡qué también, ojo, no hace falta haber estudiado en Salamanca! –, sino porque es obsceno. Obscenísimo. Hostia, tú, es que mientras escribo estos párrafos no me termino de creer que esto sea real; qué clase de polideportivo ruinoso debes tener en la cabeza para parecerte buena idea sortear un voluntariado por África con todo incluido como si estuvieras promocionando un safari entre desnutridos.

Cuando se trata de la ventana de Overton – aquella teoría, ya sabéis, que propone que cualquier disparate puede volverse plausible con el adecuado impulso mediático –, los influencers son expertos en pegarle patadas a sus marcos para hacerla cada día más grande; son los reyes del narcisismo, la estupidez más antológica y, claro, el síndrome del mesianismo. Me imagino a la Pombo en su casa, o sea, en su mansión, viéndose de voluntaria aplicando sus trabajadísimas habilidades técnicas con los más desfavorecidos, y solo se me ocurre que pensaría en hacer el sorteo porque, claro, necesitaría la ayuda de alguien para ayudar a esos pobrecitos ugandeses. Si tuviera que ir a alguna chabola a cambiar una bombilla, por ejemplo, ¿quién daría vueltas a la escalera mientras ella esta subida, sujetándola?

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