Como todos yo también buscaba tener razón, pero inumerables horas de escuchar a gente que afirmaba tenerla me llevaron a plantearme algo que no estaba en mis planes ¿Y si la razón no es la solución a ningún problema como yo pensaba? ¿Y si la razón, de hecho, es el principio de todo lo que está mal entre nosotros?
Aquel que tiene razón no acepta replicas, ni matices, ni otras interpretaciones. Tener razón te coloca en un lugar superior desde el que, o bien evangelizas a esas pobres almas perdidas que aún no han llegado a tu altura, o bien las desprecias por lentas, torpes e inferiores. Tener razón es el comodín que justifica cualquier acción. En su nombre se ha conquistado a pueblos, se ha destruido civilizaciones enteras, se ha encarcelado, ejecutado y exiliado. La razón a iniciado guerras y ha dividido pueblos. Ha quemado templos, bibliotecas y parlamentos. No hay un sólo dictador, genocida o tirano que no basara sus acciones en el hecho indiscutible de que tenía razón.
A nuestra escala de ciudadanos sin poder sus efectos son menos espectaculares, pero igual de peligrosos. Lo he visto. La razón se comporta como un virus, invade a un huésped, limita su capacidad de dudar y de abrirse a nuevas ideas y salta al siguiente. El infectado nunca sabe que lo está, de ahí su riesgo. En muchos aspectos podríamos decir que funciona como una droga alucinógena ya que altera nuestra percepción, nuestro estado de ánimo y nuestros procesos de pensamiento. Nos hace ver cosas que no existen y, como muchas otras drogas, usada a partir de cierta cantidad tiene un componente adictivo que obliga al que la ha probado a buscarla en cada discusión porque un buen chute de razón nos tranquiliza y nos da seguridad.
Quizá alguien que lea estas líneas piense: “No es lo mismo tener razón que creer tenerla”. Yo también he pasado por ese razonamiento y he concluido que sí lo es. Para la persona que tiene razón sin duda lo es.
El lenguaje es muy importante. He aprendido a detectar quién está infectado y quién no. Las personas que empiezan sus argumentaciones con un “Yo creo que...” suelen estar libres del virus de la razón. En lo personal con ellas estoy encantado de departir e intercambiar puntos de vista. Tienen más cintura, escuchan más. No significa que no tengan claras sus creencias o que no sepan defenderlas, simplemente no se encadenan a ellas y no temen poner a prueba su solidez.
Los otros en cambio, los adictos a llevar la razón, no tienen necesidad de cuestionarse nada porque tener razón es el final del trabajo intelectual. Saben quién debe ser el portero de la selección, quién es culpable y quién no con solo leer un titular, en qué deberían invertirse nuestros impuestos y qué música merece ser escuchada.
Tengo mis creencias muy claras porque las agito a menudo y he comprobado que resisten. No tengo miedo a ninguna discusión, pero huyo de la gente que tiene razón porque generalmente quien no duda es más por ignorancia que por conocimiento. Y con mi ignorancia tengo más que suficiente. Tener razón es tentador, pero limitante… creo.
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