Hay que aprovechar las cosas bonitas mientras las tenemos cogidas de la mano. Hay que vivir la vida como si fuese a terminarse mañana, porque siempre se termina mañana. Se esfuman las cosas bonitas de las manos como se cae la arena de un reloj de arena o como se cae la arena fina de las manos ociosas del verano, sentado en una silla de playa mirando al mar. Las cosas bonitas de la vida a veces terminan mañana y no avisan. Terminan y se cierran sin avisar, a veces. Tantas veces. Dice Diego Ibáñez que si dices que ya te vas es porque ya te has ido, pero no sucede siempre, Diego, hay cosas que se terminan sin avisar.
El lunes llegué corriendo a mi comida mensual con Luis Abascal. Cuando llegué - tarde como siempre -, me estaba esperando con su chaqueta de chándal de su Real Madrid, con su sonrisa de saber que siempre llego tarde, con su sonrisa de estar sentado en un sofá de skay blanco apoyando los brazos sobre una mesa de uno de esos materiales inclasificables que nos trae el capitalismo y la industria mobiliaria. Con su sonrisa de que todo estaba bien y duraba para siempre. Estaba sentado en el salón del Oskar. En cuanto me senté frente a él, llegó uno de los camareros a los que he visto tantas veces y que probablemente no volveré a ver nunca más para tomarnos la comanda. Un plato combinado y un Oskar de pollo con extra de patatas fritas. El Oskar de pollo era y es el emparedado definitivo. Mi única comanda en el Oskar. Una hamburguesa con un filete inmenso de pollo empanado que se sale generosamente de los límites establecidos del pan para que puedas cortarlo con cuchillo y tenedor y tener al mismo tiempo la ligereza del filete y la contundencia del bocao entrepanes. Un Oskar de pollo coronado con un huevo frito cuya yema queda al descubierto desde el plano cenital gracias a ese artificio de la ingeniería culinaria que consiste en cortar circularmente la superficie del pan para que encaje en geometría perfecta con la mejor salsa del mundo.
Si hubiera sabido que era la última vez que me comería un Oskar de pollo, todo hubiera sido diferente. Habría concentrado mi energía en llenarlo de mostaza, hubiera disfrutado de cada una de las veces que me chupé los dedos, hubiera dejado de escuchar a Luis explicarme los designios del país y de su vida. Hubiera sido peor. Del mismo modo que hubiera sido todo muy diferente si hubiera sabido que la última foto que hice de mis dos padres juntos y sanos sería aquel almuerzo en el Oskar. No hubiera mordido ni bebido con el mismo amor. Las cosas son distintas cuando conoces el final. Las cosas son peores entonces. Las cosas son distintas cuando sabes que las haces por última vez.
Un último beso, un último polvo, un último ayer. Todo sabe peor cuando sabes que se termina. Por eso nunca me quiero ir de los sitios. Por eso nunca tengo hora ni día de marcharme. Por eso nunca tengo momento para bajarme del cielo. Por eso, quizá, como todas las cosas bonitas, que no las cosas buenas, el Oskar cerró sin avisar al día siguiente de mi comida con mi tocayo Luis.
Me lo contó Ane, porque siempre hablábamos de ir a tomar algo allí. Ya nunca. Ella siempre quedaba con sus amigos en el Oskar y pedía un sándwich vegetal mojado y demencial. Nunca sabré si le ponía mostaza. Solo me pasó un cartel informativo. Solo un solo cartel solo. Un mensaje reenviado. Una historia de especulación, probablemente. Un avaro que no pensó en nosotros. En las historias que se quedarán para siempre allí. Hay ahora, hoy, muchísima gente que ya no tendrá su sitio. Cuarenta años de servicio y filantropía resumidos en un esbozo de ingenio de ChatGPT.
Una servilleta. Una copa vacía y manchada. Un último sobrecito de mostaza. Todo lo hubiera robado, todo me lo habría llevado si hubiera sabido que era la vez última. Hubiera pasado la comida mirando alrededor haciendo fotos mentales del ambiente de cada cosa. Hubiera reclinado la cabeza y hubiera suspirado antes de marcharme en vez de marcharme con prisas. Recuerdo el día de la Hispanidad en el que llegué allí antes de un concierto con el corazón roto y tiré un guiño y por primera vez en meses volví a desear a alguien. Pienso en la gente que muere en trenes, también de repente, sin saber lo que va a pasar mañana. Pienso en papá y en mamá posando frente al objetivo, sonriendo, sin saber lo que iba a pasar mañana. Sé que el Oskar está cerrado y recuerdo y pienso. Recuerdo las reuniones de trabajo en la planta superior comiendo ensaladilla rusa malísima con una artista rusa. Recuerdo sobre todo todos los días que pasé por delante del Oskar pensando que estaría para siempre y elegí el bar de enfrente solo porque cerraba más tarde aunque me gustara menos. Pienso en mí y en cómo cambian las cosas a mi alrededor. Pienso en cómo desaparecen las cosas bonitas. Pienso en Madrid, que se difumina inexorablemente. Pienso en una yema derretida en mi boca que sonríe mirando a Luis, a quien sea. En un local que se cierra antes de tiempo, cuando su seña de identidad era no cerrar nunca. Prendido a tu botella vacía. Esa que antes siempre tuvo gusto a nada. Pero sí que lo tenía, chicos.
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
