Jamás volveremos a disfrutar la música como en nuestra adolescencia y temprana adultez. Tampoco estamos tan predispuestos a explorar géneros como a esas edades. Nuestro cerebro alcanza su pico de disfrute entre los 12 y los 22 años, liberando unos niveles de dopamina que nunca más volverá a alcanzar. Lo dice la ciencia con dos estudios extraídos de las universidades de Jyväskylä (Finlandia) y Gotemburgo (Suecia): la música que disfrutamos a partir de los 25 años no es un gusto orgánico, sino construido, un eco-simulacro de los gustos y patrones rítmicos ya interiorizados en la adolescencia.
Aquellos maravillosos años se insertan como tatuajes genéticos en nuestro gusto y lo definen. Esto revela una verdad incómoda para todos y, en especial, para aquellos hombrecillos de las redes que se pasan el día con sofismos afirmando que cualquier álbum que se lanza es “el del milenio”: no es que sea un buen álbum -ni tampoco malo-, es que su paisaje sonoro te evoca inconscientemente a sonidos de tu adolescencia, y ahí no hay racionalidad que valga, simplemente es una dictadura lógica de tu emocionalidad. Es como si yo, porque me marcó mucho Eminem de pequeño, tuviera la osadía de decirles a ustedes, que me leen, que si no lo valoráis es que no tenéis ni puta idea. No puedo pretender imponer algo que es muy personal, pero hoy en día hasta las sinapsis neuronales se capitalizan. Ese es otro de los problemas y falacias del ecosistema música-creador de contenido, el de revestir con argumentos (en el mejor de los casos, cuando no son soflamas) lo que en realidad es un fenómeno fan o una conexión ultrapersonal.
A muchos de los creadores de contenido no les importa explorar LA MÚSICA, les importa SU MÚSICA (la que les gusta) y cómo capitalizarla socialmente a través de las redes. Por ello, por ejemplo, vemos los mismos treinta vídeos descifrando las mismas referencias de Cruz Cafuné, Bad Bunny o las historias de sus inicios, porque simplemente son extensiones identitarias de esas personas que buscan legitimación. A mí no me gusta en exceso Playboi Carti pero eso no es impedimento para que escribiese un extenso artículo en la revista Nuebo valorando su impacto, innovación y el tsunami social-virtual que ha creado.
En la acera de los creadores, si no conectan con el artista, eso parece una quimera. Si a todo eso se le suma que la música ya se concibe como “una cosa” de fondo mientras hacemos tareas y se fomenta la escucha pasiva en vez de activa, apaga y vámonos. Si en la época vital adolescente y pre adulta de más plasticidad cerebral y avidez por descubrir música ya se desiste por pereza, se abraza la escucha pasiva y se escucha a los mismos 4-5 artistas, ocurre un fenómeno curioso en estos tiempos: los jóvenes están inmersos en los mismos vicios y bucles musicales característicos del inmovilismo de los mayores de 50 años. Porque, encima, las ganas de aventurarse a descubrir música nueva, por lo general, se reducen drásticamente con el paso de los años, o sea que esto se hará más evidente aún con el paso del tiempo. Únicamente las personas que tienen el llamado rasgo de “apertura a la experiencia” continúan arriesgándose a salir de su zona de confort musical, tengan la edad que tengan, y a seguir escarbando y “forzándose” a una escucha activa y paciente más allá de los primeros 30 segundos como prueba para desechar una canción.
Hay una uniformidad musical descarada por fenómenos como estos, se repiten patrones, frases, estribillos y armonías. Todo suena a lo mismo porque la gente demanda lo mismo. Al cerebro no le apetece nada consumir energía escuchando activamente y procesando una canción con patrones rítmicos que no reconoce fácilmente de primeras, por ello prefiere la recompensa dopamínica e instantánea de escuchar algo con lo que ya está familiarizado. Al cerebro solo le importa sobrevivir y gastar la menor energía posible, pero eso no tiene nada que ver con el arte.
En la ecuación también hay que meter otra variable: el adelantamiento de la nostalgia propiciada por la aceleración, la inmediatez y el turbocapitalismo. Ante la “cancelación del futuro”, concepto que acuñó Mark Fisher, las personas, incapaces de imaginar nuevos futuros en un mundo que se resquebraja, se alienan más rápido y se refugian cada vez más temprano en los elementos del pasado, en todo aquello que alguna vez fue reconocible, en todo aquello que alguna vez embelleció su realidad (o ayudó a escapar de ella), como la música. Y que una persona de 20 años ya sienta nostalgia es el mayor fracaso de este sistema. Investiguen, tengan curiosidad y derroten la resistencia inicial del cerebro contra aquella música que no le suena, porque el premio por ser paciente un par de horas puede ser el descubrimiento de una melodía o una canción que te acompañe durante toda tu vida. Merece la pena.
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