A los protagonistas de la industria cultural española les encanta burlarse de su colegio del Opus Dei. No hay más que ponerse una entrevista o un podcast, un late show televisivo o un triste directo autogestionado en Tiktok para encontrarse tarde o temprano, como una setita en la frontera norte del otoño, a un moderno habitual de Madrid o Barcelona recordando en tono jocoso y distendido alguna anécdota de su etapa como estudiante en un cole privado del Opus; de hecho, les encanta sobre todo hablar de represión y castidad, contando quizá que les regañaban cuando le confesaban a la directora espiritual del centro que se hacían pajas pensando en los iconos sexuales transversales de aquella época milenial, que supongo que fueron Sharon Stone y Brad Pitt

No, en serio, es que les flipa hablar de estos centros y comparar el fariseísmo que en ellos se respiraba con sus encantadoras mentes modernas y flexibles, tirándose flores a sí mismos por haber salido tan habladores y divertidos a pesar de haberse criado en ellos; cómo les gusta celebrarse, saberse la punta de lanza de lo transgresor y moderno, percibirse como los dueños absolutos del capital cultural y digital con el que se marca qué es y qué no tendencia, como si acaso las ideas refritas que leen en Twitter y luego vomitan en podcasts tuvieran impacto más allá del vestíbulo principal de la Fnac de la madrileña plaza del Callao. 

Pese a encantarles hablar de esta etapa y de cómo rompieron con ella – es falso: siguen unidos cual feto a su placenta –, se les suele olvidar mencionar un asunto: el de la clase social a la que pertenecen, gracias a la que estudiaron allí. Por lo que sea, en las estupendas series o películas con las que narran cómo les afecta en su madurez haber estudiado en las monjas más elitistas de su provincia se les olvida contar cuántas tierrecitas o pisos tenía la familia en la capi para permitirse costear los estudios, o qué hilos tuvieron que mover para que les dejaran matricular a la cría en el cole – la autoficción es explorativa o experimental hasta que cuestiona su estupendismo: entonces, deja de molar –. Se les pasa contar qué contactos hicieron, qué capital cultural y social succionaron directamente de los muros del Opus Deis gracias a los chequecitos gruesos que mami y papi firmaban cada trimestre, y cómo fueron aislados del mundo, criándose en un ambiente de pijos muy rubitos a los que los Reyes Magos traían juguetes caros cada seis de enero, amamantados como guardeses por una teta disciplinaria y eugenésica que los convenció de que los suyos, los de su clase, no fracasarían jamás. 

El último producto cultural de esta saga es Se tiene que morir mucha gente, una serie de Victoria Martín – la mitad de Estirando el chicle – estrenada en Movistar+. La obra no está nada mal, aunque tampoco se acerque a la ambrosía afiladísima que sus pelotas prometen, y narra la historia de tres amigas de colegio privado a las que la vida, ya en su relativa madurez, las ha llevado por derroteros muy distintos. La historia, como digo, habla de amistad y ambición y envidia, y de otras muchas cosas que a los milenials les encanta, sin embargo, trata lo del tema del cole elitista del Opus – cole, por cierto, al que Victoria Martín fue, según he leído en varias entrevistas – de la forma más tramposa imaginable: es, según la propia narración, importantísimo para cualquiera de las protagonistas haber ido a este centro privado, pero solo porque ha amoldado su forma de interpretar la ambición, ha mellado su autoestima o le ha hecho cuestionar su sexualidad. Pero nada más, ¿eh? Aquí no hay lectura económica o material posible, amigo; no se te ocurra pensar que las tres protagonistas de la serie son unas adanistas pijas e inmaduras a las que les han prometido el oro y el moro en su colegio elitista y que ahora, en su treintena, están resentidas por no tenerlo, que entonces vendrán los dueños del báculo de la élite cultural a echarte a patadones por cuestionar a los que reinaron en el cole y ahora quieren reinar también en la plaza pública. Repite conmigo que es una serie generacional y mordaz, ¿o es que acaso tú no has estudiado en un cole privado del Opus Dei, pobrecito?

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