No revelaré si fue fruto del insomnio habitual o del extraordinario que siempre brota de la borrachera incompleta – las insuficientes copas para caer redondo en la cama, aunque las justas para empezar a sentir malestar –, pero el martes por la noche, a las tres y media de la madrugada, estaba con los ojos inyectados en sangre en la habitación individual de un hotel de Salamanca viendo cómo tres youtubers competían por ver quién era mejor papá. La revolución industrial y sus consecuencias, supongo.
Lo vi en el canal de Ibai, ese youtuber que ha pasado de vasquillo digital con perfil de estudiante de ingeniería informática graciosete a marioneta de las tendencias más sobeteadas de Internet; porque resulta, no lo sabíamos, que la revolución del contenido audiovisual pasa por inventar los mismos formatos casposos y desastre que en la televisión lineal, solo que con estrellas nativas de Instagram en lugar de Supervivientes.
En fin, que me puse el vídeo atraído por su título – ¿Quién es el mejor padre? – y me encontré exactamente lo que esperaba, una retahíla de pruebas escritas por un guionista noventero de tercera división llevadas a cabo por Willyrex, Luzu y Cacho, tres youtubers de videojuegos ya más de la década pasada – o incluso la anterior – que de esta, entre las que destacaban cambiar a toda velocidad el pañal a un muñeco, reaccionar correctamente a una urgencia médica y – ojo a esta, que me da algo – tener una conversación sobre sexo con tu adolescente; como veis, un programita más fresco que la lechuga de Torrepacheco.
Más allá de un par de observaciones obvias, como que Luzu enseñe la cara de su crío en Internet – muy bien, papá del año: secuestras la privacidad de tu retoño antes de que este tenga conciencia sobre su propio yo – o que los tres sean bastante torpes a la hora de ejecutar tareas domésticas básicas – consecuencia, en este caso, de ser millonario y tener una chacha que se pudra las uñas con amoniaco por ti –, me sorprendió cerciorarme de que en los últimos años, entre las clases sociales y mediáticas a las que pertenecen estos youtubers, se ha puesto de moda tener descendencia, cuando los nuevos ricos de Internet habían tendido siempre hacia el individualismo unifamiliar; ahora es un nuevo símbolo de estatus, otra muesca en la cartuchera de la victorias sociales u otro trofeo más que exponer en la vitrina cual placa dorada del millón de suscriptores.
El motivo por el que pasa creo que es el propio peso que sus autonarrativas digitales tienen en sus vidas cotidianas; es decir, este tipo de famosos no lo son por un motivo concreto – haber grabado un disco, haber fundado una empresa, haber protagonizado un taquillazo – sino por su propia forma de habitar Internet: no han hecho nada aislable, mas han sabido convertir en reality su existencia misma; ellos son su propia obra, todo lo que hacen debe ser parte de esa realidad expuesta en 4k – estoy pensado que los escritores de autoficción son como los influencers de la literatura: ellos también son su propia obra –.
Ahora, claro, el camino lógico del arco narrativo, siendo las redes que habitan un espejo monstruoso y exagerado de sus propias vidas, era tener hijos; nutrición, relación y reproducción, ese es el resumen más chustero de nuestra existencia, y ellos necesitan llevarla ante su público. Han adoptado la paternidad como una personalidad más, como una forma de habitar el mundo y, más importante todavía, de venderse ante sus seguidores; presumir constantemente de crío ante cinco millones de seguidores no es igual que subir fotos con tu familia a Instagram, ya lo siento, sino una forma de construir una nueva narrativa que vender a sus seguidores, de forzar una evolución para unos personajes que, en la industria decadente del yo, cada día se ven más expuestos y acorralados por la brutal competencia: es la nueva trama a la que se enfrentarán sus protagonistas en esta nueva temporada de la serie de sus propias vidas.
Y, claro, también es una estrategia estupedísima para atraer nuevas marcas que igual no se promocionarían con un youtuber que juega al Minecraft en su habitación, pero sí con un padre de familia modelo. (Casi) Se me olvidaba que soy (casi) materialista y (casi) todo lo entiendo mejor cuando hay dinero que olfatear.
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