No pasa un idus de junio sin que un grupito de WhatsApp que comparto con milenials – parece que os tengo manía, pero prometo que solo es amistoso pique generacional – vibre con cartelerías de festivales y planes veraniegos para irnos a pasar un puente a no sé cuál pueblo de Asturias donde meten a mil y pico chavales a cocerse con Negrita y bailar las últimas tendencias musicales del género urbano; es desesperante, en serio, verlos cada mediados de este mes, como si tuvieran quince años, proponiendo compartir gasolina y hacer un botecito para pillar patatas Pringles, porque las canas en los brazos no te quitan de comer como un malcriado de doce años, para marcharnos allí, a un tienda de campaña en no sé qué monte, a que estos señoritos que ya deberían tener media hipoteca pagada vuelvan a sentirse tardoadolescentes; porque qué son los treinta, o los cuarenta, si no un momento para volver a vivir como un crío zumbado, pero con algo de dinero.
En este grupo de amigos, por llamarlos de alguna forma, tienen cierto complejo sadomasoquista con los festivales: todos los años van con suerte a uno – o sea: con suerte van solo a uno y no se hacen una gira – del que vuelven con velas en las narices y llorando como memos porque les duele la espalda, ya no tienen edad o se han sentido fuera de lugar; es una especie de relación insana, tóxica, la que mantienen con ellos, pues al siguiente año, cuando estén todavía encogidos y sus tatuajes un poco más grises, volverán a proponer el mismo plan como si fueran unos ancianitos a los que la demencia no permite acordarse de lo que han comido una semana antes. Esperpéntico, tú.
Los respeto porque los quiero, o los quiero porque los respeto, pero me mofo mucho de ellos y los llamo homo festivalis, o abominables milenials de los festis, por esa pulsión histriónica y a ratos mística que les despiertan estas citas; no pueden evitar acercarse a uno si lo ven anunciado por su influencer cuñadete de referencia; no pueden poner una barrera moral de por medio que les haga pensar en frío cuando se les explica que la mayoría de las citas están financiadas por un fondo que jalea el genocidio de un ente ilegítimo que usurpa mi sacro nombre: al igual que el perrito cachondo que busca a la border collins en celo tras la linde del vecino pirado aun jugándose un perdigonazo en las costillas, saldrán a cuatro patitas y con la nariz en fila a por la nueva fecha; además, hablando de perritos cachondos, la mínima posibilidad que tienen de que una raxeta guapa se deje encalomar en la tienda Quechua les invalida definitivamente para el más mínimo discurrir lógico.
Qué bonitos son mis homo festivalis y qué penita me dan ahora que se mueren: la burbuja de los festis ha pinchado. Se acaba la cosa, queridos; se les acaba la vida ahora que destruimos su hábitat. No sé si lo habréis leído, pero más de una veintena de citas de primer y segundo nivel han sido canceladas en lo que llevamos de verano; ya no cuela vender entradas a doscientos algarrobos para ver a los cuatro mismos grupos yankis que coincidan de gira por España o al puñado de artistas patrios, dirigidos por una sola agencia de management auxiliar de una major, que estén de promoción veraniega. Ha llegado el momento de evolucionar y olvidar estas citas musicales, que ni son musicales ni se parecen a las citas, sino más bien a secaderos de jamones donde milenials se cuecen en su propio jugo de camisas de colores y cervezas calientes a quince euros el mini. Celebro que se acabe la tontería.
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