“Voy a cumplir ochenta años. ¿Conoces a alguien que haya escrito un buen libro a esa edad? Quizá Tolstoi, pero eran más bien panfletos, propaganda”, dijo Julian Barnes, histórico escritor inglés – que no británico: en varios de sus artículos ha mostrado la animadversión que le genera por imperial ese gentilicio – en una entrevista con El País el pasado enero, donde comunicó, inmediatamente después de publicar Despedidas, que se iba. Que se piraba del negocio literario, que lo dejaba; que colgaba la cacharrería libresca y se metía en la que es su casa desde hace cincuenta años, en el norte de Londres, a hacer otras cosas como contemplar la vida o dejar que la vida lo contemple a él; unas declaraciones, por cierto, que el autor de El loro de Flaubert acompañó en multitud de entrevistas con vivas y loas hacia las nuevas generaciones de escritores europeos, no como otros viejos carcamales que ladran, por miedo o asco o paletismo, contra las jóvenes que tratan de abrirse camino – quizá por eso Barnes acaba de ganar, como colofón, qué bonita palabra, el Premio Princesa de Asturias de las Letras por su brillante carrera, y quizá por esto mismo otros no se ganarán en su vida ni el más mínimo respeto de los demás –.
Saber hacer es importante, pero también saber parar. Podría argumentarlo desde la colectividad y el civismo, esgrimiendo razones de peso como que la peña que te rodea, más jovencita y nueva, también tiene derecho a disfrutar de una oportunidad sin encontrar una piedra repetidora en el camino, o incluso, sin sonar eugenésico, explicando que la fluidez de la sociedades se debe en parte a las ideas nuevas que entran cual agua cristalina en un arroyo e impiden que todo se estanque; sin embargo, voy a ponerme un poquito cínico e individualista para esta ocasión: hay que saber parar porque hacerlo es el mejor seguro de vida contra el ridículo; porque arrojar a tiempo la toalla puede es la única forma de salvaguardar un legado por el que te has dejado el sudor y las uás. Acordaos de Rafa Nadal, quien a punto estuvo de echar su palmarés por la borda por pasear su cuerpo flagelado por los torneos, humillándose en cada uno de ellos; o de Florentino Pérez, a quien la gente recordará por mostrar su senectud en las ruedas de prensa y no tanto por sus títulos y su faceta como implacable empresario.
O de Kase. O, quien ha decidido rociar con gasolina el centro de su trayectoria anunciando Camisa de fuerza, un concepto de disco donde se proyecta como un genio lunático perseguido por el pueblo cuando ese mismo pueblo al que exige un ajuste de cuentas lo ve más como un abuelillo chocho con neurosífilis que como un genio loco y peligroso. El de Zaragoza, en lugar de retirarse a un lugar calmado y seguro, ha decidido embarcarse en una nueva propuesta, que será como mínimo irrisoria, para tratar de ajustar cuentas con sus enemigos; en vez de aceptar el paso del tiempo y de los estilos, el ocaso feliz y paliativo de su carrera y el fin de aquello que deglutó hasta convertir en viejo mundo, arrasará con lo que acaso podría sobrevivir a su muerte, su legado, para prostituirlo contra un quitamiedos de comarcas solo por saborear un minuto más una genialidad musical que hace ya varios discos – y subnormales declaraciones en público– que degeneró en vergüenza ajena. Y todo, por no saber parar.
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