La Bauhaus lleva un siglo explicándose como una de las grandes aportaciones alemanas a la cultura moderna. En Dessau es además patrimonio, reclamo turístico, institución pública y una parte bastante reconocible de la identidad de la región. Ahora la extrema derecha quiere discutir también eso.
Sajonia-Anhalt celebra elecciones regionales el próximo 6 de septiembre y Alternativa para Alemania llega a la recta final con posibilidades de convertirse en la primera fuerza. Entre sus propuestas hay una que ha inquietado especialmente al mundo cultural. El partido quiere revisar qué instituciones reciben dinero público y bajo qué condiciones, y cuestiona el lugar privilegiado que ocupa la Bauhaus en la imagen que el estado proyecta de sí mismo.
No es una discusión sobre arquitectura.
AfD rechaza el lema con el que Sajonia-Anhalt se presenta como territorio de pensamiento moderno y propone sustituirlo por una idea de cultura más explícitamente nacional. Frente a la Bauhaus, reivindica figuras como Lutero, Bismarck o Nietzsche. Su responsable de política cultural en el estado, Hans-Thomas Tillschneider, sostiene además que el dinero público no debería financiar lo que denomina «arte antialemán».
Porque el problema empieza cuando alguien tiene que determinar qué significa exactamente ser antialemán y qué institución queda, por tanto, fuera de los límites de una cultura financiable. Tillschneider ha explicado que se refiere al arte alemán que, a su juicio, «no quiere ser alemán».
Ahí es donde la Bauhaus deja de ser simplemente un símbolo del diseño moderno y se convierte en un caso político bastante preciso. La escuela nació en Weimar en 1919 y desde el principio entendió el arte, la arquitectura y el diseño como disciplinas conectadas con una sociedad que estaba cambiando. Su proyecto era experimental, internacional y poco interesado en preservar una idea cerrada de tradición nacional. Esa orientación nunca estuvo al margen de la política.
En 1924, una nueva mayoría conservadora y derechista en Turingia redujo de manera drástica su financiación. La institución se trasladó a Dessau. En agosto de 1932, el ayuntamiento de la ciudad aprobó su cierre a iniciativa de los nazis. Mies van der Rohe intentó mantenerla durante unos meses como escuela privada en Berlín, hasta que la Gestapo registró y precintó sus instalaciones en 1933.
La comparación con el presente aparece sola y precisamente por eso conviene no abusar de ella. La Alemania de hoy no es la de los años treinta y AfD no es el Partido Nazi. Lo interesante no está en buscar una repetición histórica exacta, sino en observar la persistencia de una pregunta política mucho más reconocible. ¿Quién decide qué es cultura nacional?
La actual dirección de la Fundación Bauhaus Dessau sostiene que algunos argumentos que vuelven a escucharse recuerdan a los que rodearon a la escuela hace cien años. AfD considera excesivo su peso como símbolo de Sajonia-Anhalt y critica su identificación con una cultura internacionalista y cosmopolita.
Alemania posee una red cultural fuertemente sostenida por financiación pública. Museos, teatros, orquestas y fundaciones dependen en distintos grados de presupuestos municipales y regionales. Si el acceso a esos fondos empieza a condicionarse a una determinada definición de identidad nacional, la guerra cultural deja de ser retórica. Se convierte en programación, contratación, exposiciones que pueden hacerse y proyectos que dejan de hacerse.
La Bauhaus terminó siendo una de las marcas culturales alemanas más influyentes del mundo precisamente después de ser expulsada de Alemania. Muchos de sus profesores y alumnos emigraron y llevaron sus métodos a Estados Unidos, Palestina y numerosos países europeos. Su internacionalismo, que para sus adversarios era una debilidad, acabó multiplicando su influencia.
Un siglo después, nadie está discutiendo seriamente la importancia histórica de Gropius, Kandinsky, Klee o Mies van der Rohe. Lo que se está discutiendo es algo más contemporáneo. Si una institución cultural tiene que demostrar que representa una determinada idea de país para merecer dinero público.
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