Hasta hace poco, cada vez que me llamaba mi madre por teléfono me asaltaba una pequeña fantasía. Al responder, mi madre me decía que en realidad somos asquerosamente ricos, que teníamos el dinero por castigo, que no sabíamos qué hacer con los Picassos. Me contaba que me lo habían estado ocultando durante todos estos años porque no querían que me convirtiera en un pijo inútil. Que querían que aprendiera a valerme por mí mismo y supiera lo que valen los cuartos. Pero que ya estaba, que había pasado la prueba, que Sebastián, nuestro chófer, me estaba esperando abajo para llevarme a una de nuestras villas en Ibiza para pasar unos días de asueto.
Pero ya tengo claro que no, que Sebastián solo existe en mi imaginación y que me quedan muchos años dándole a la tecla para pagarme las lentejas.
Sin embargo, aunque no soy rico, sí que puedo hacer que otra gente sí que lo sea a través de la única moneda que todos tenemos por igual: la atención. Permitidme que lo explique de la manera en la que nos expresamos los cuarentones: con un capítulo de los Simpson.
En el capítulo en cuestión, la publicidad cobra vida. Los muñecos gigantes que hay por todas partes para vender rosquillas, canales de noticias y centros comercialesaprovechan su tamaño y fuerza para destrozarlo todo. Evidentemente, la gente no puede dejar de mirarlos mientras arrasan con el pueblo. Cuando todo parece perdido, Lisa acude a la agencia de publicidad responsable de la fabricación de los muñecos y su dueño le dice cómo solucionar el problema: la publicidad vive de la atención, sin consigues que la gente la ignore, simplemente, desaparece. Así que le piden a Paul Anka que haga una canción para atraer la atención de los habitantes de Springfield y, al dejar de tener público, los anuncios convertidos en monstruos, simplemente, desaparecen y el problema termina.
Lo que sucede ahora es exactamente lo mismo. Cuando le prestamos atención a un vídeo en redes sociales, su creador gana dinero con ello. A más visualizaciones, más pasta. El problema es que el contenido en el que más nos anclamos suele aquel que despierta nuestras emociones más primitivas: el miedo y la ira. Es decir, los creadores del contenido más extremo, más polarizador y más apocalíptico son los que más dinero están ganado. Sin querer, estamos haciendo ricas a personas que dicen que la tierra es plana, que se inventan que ese político que no te gusta en realidad está blanqueando dinero de la mafia rusa o que la CIA obligó a Argentina a dejarse ganar en la final del mundial. Y al final, esta es la gente que acabará teniendo un chófer como Sebastián, solo que en su caso no será imaginario.
Por eso, aunque jamás sea rico, quiero decidir muy bien quien se lleva la pasta de mi atención, y creo que se lo merece más una señora que me enseña cómo preparar unalasaña que un sinvergüenza que dice que tengo de dejar de tomar birras con mis amigos para tener éxito en la vida. En esos casos, miraré hacia otro lado para que esa gentuzadesaparezca como lágrimas en la lluvia.
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