En un mundo donde el lenguaje ha sido devorado por la pornografía y se puso de moda hace década y media, en plena crisis económica, que en los programas de la televisión pública hubiera secciones donde se conectaba en directo con personas al borde del colapso para que la compungida audiencia, previo pago emocional de un par de lágrimas del pobre interesado, donara unos euros que el agónico usaría para estirar su hipoteca unos meses y que la presentadora celebraba como un gol en el tiempo de descuento – hablo de Entre todos,  dirigido por Toñi Moreno –, tardaba ya alguna marca de comida chatarra, apuntalada por un par de mocitos felices con el sentido de la realidad triturado, en hacer lo propio con el problema de la vivienda. Si las productoras se aprovecharon de la crisis económica para vender programas en TVE, cómo no iban los influencers a rentabilizar la agonía habitacional para levantarse unos euros

Taco Bell, la empresa estadounidense de comida mexicana, ha sacado una campaña junto a varios influencers del mundillo gastronómico – entre ellos, Claris Persan y Guille Fernández, aunque ambos hayan retirado ya sus vídeos – donde sortean pagar un año de alquiler entre quienes compren alguno de sus productos con guacamole. Lo que suena, sí. A algún iluminado de marketig corto de miras, seguro que un verdadero tipazo, le ha parecido buena idea hacer una promoción que juguetee con el problema que trae de cabeza de forma sistemática a dos generaciones para vender más grasaza empacada en papel de cebolla y así hacerse un poquito el edgy; no hay nada mejor que usar como percha un puto drama que quita sueños y vidas, supongo que la revolución industrial es tan digno espectáculo visual por ofrecernos resaquitas como esta. 

Más allá de la idea general, que ya es vomitiva, la ejecución se convirtió en un verdadero circo de patinadores cuando los citados influencers se encargaron de promocionarla con divertidos vídeos donde aseguraron estar tan indignados por la situación general de la vivienda que habían aceptado la campaña porque lo de Taco Bell era una válvula aproximada de escape que les permitía, ojito aquí, visibilizar el problema; o sea, estos estrafalarios gastrófagos a sueldo, en plena tomadura de pelo a su audiencia, trataron de convencernos de que lo hacían no por sus billeteras sino por nosotros, pobres ciegos que dejamos las nóminas enjutas tras pagar el alquiler sin enterarnos y necesitamos que una parejita de destripaterrones digitales vengan a explicarnos a qué altura del cuello nos llega el agua. Gracias, Claris y Guille, por tanto. 

En verdad me gusta hacerme el indignado en este suplemento porque con este tonito me leéis algunos más, pero supongo que no pillo de sorpresa a nadie si digo que esta mamarrachada no me impacta lo más mínimo. Es un día más en esta era del Señor donde todo vale y por las compuertas abiertas del averno pasa cualquier demonio con las vergüenzas al aire; como diría el escritor griego Nikos Kazantzakis, nada temo, nada espero, soy libre. Lo que sí me gustaría es colarme un rato en la cabeza de alguno de estos influencers para averiguar por qué creen que vender guacamole a costa del mayor drama de nuestra generación es un buen negocio. Es que, madre de Dios y de todos nosotros pecadores, a quién coño le parece esto buena idea. Que aquí cada cual se gane las lentejas – o el guacamole, qué gracioso soy – como quiera, pero, chicos, ahora me dirijo a vosotros con el corazón en la mano y sin rencor en las venas: cambiad de representante porque el que tenéis os está asesorando como el culo.  

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