España ganó el Mundial y, durante unas horas, Madrid trató de convencerse de que las diferencias sociales podían suspenderse al ritmo de Freed From Desire. Dos millones de personas, según las estimaciones difundidas tras la celebración, salieron a recibir a la selección en las calles de la capital. La rúa terminó en la plaza de Cibeles, donde los jugadores levantaron la Copa ante una multitud y compartieron escenario con artistas como Aitana, Lola Índigo y Ana Mena.

Era, al menos sobre el papel, la fiesta del pueblo. Después llegó la geometría.

Frente al escenario se extendía una zona reservada de dimensiones difíciles de disimular. Un rectángulo privilegiado, amplio y perfectamente colocado, separaba a sus ocupantes de la multitud. Allí podían verse autoridades, familiares e invitados contemplando el acto con una comodidad que contrastaba con la situación del resto del público. Entre ellos se encontraba el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, acompañado por miembros de su familia, según pudo observarse durante la celebración.

A los lados, mientras tanto, estaban los aficionados.

Los que habían acudido con camisetas de la selección. Los que llevaban horas soportando el calor. Los niños subidos a hombros. Las personas que intentaban levantar el teléfono por encima de una muralla de cabezas. Los que conocían las alineaciones, los goles, las lesiones y probablemente hasta el segundo apellido de cada lateral derecho. Todos ellos quedaron comprimidos en los laterales, disputándose unos centímetros de visión mientras el centro permanecía reservado para quienes habían conseguido la acreditación correcta, la invitación adecuada o el contacto oportuno.

El fútbol volvió a unirnos, sí, pero cada uno desde su parcela.

La fiesta popular con salón de autoridades

No es extraño que en un acontecimiento multitudinario existan zonas de seguridad, espacios técnicos o áreas destinadas a familiares y responsables institucionales. La organización de un acto con decenas de miles de personas requiere controles, vías de evacuación y lugares protegidos. Lo discutible no es que haya una zona reservada. Lo discutible es su tamaño, su posición y el mensaje que proyecta.

Significa que la mejor visión no pertenece necesariamente a quienes más tiempo han esperado, más kilómetros han recorrido o más pasión han demostrado. Pertenece a quienes forman parte de la lista. El entusiasmo se queda en los márgenes; el privilegio ocupa el centro.

La escena de Cibeles reproduce una tendencia cada vez más habitual en conciertos, festivales y grandes eventos. Convertir la primera fila en un producto exclusivo o en una sala de relaciones públicas. Durante décadas, llegar delante exigía madrugar, hacer cola y resistir. Era agotador, a menudo absurdo, pero al menos respondía a una lógica vinculada a la afición. El que más quería acercarse al escenario debía invertir tiempo y esfuerzo. Ahora puede bastar con pagar más.

Las entradas VIP, los accesos preferentes, las plataformas premium, las terrazas privadas y las pulseras de colores han transformado el mapa de los conciertos. Ya no existe simplemente una pista, existe una clasificación social dibujada con vallas. Quien abona la entrada básica compra el derecho a estar dentro; quien paga la tarifa superior compra el derecho a que los demás no estén delante.

En muchos eventos, el resultado es particularmente grotesco. Las primeras filas están ocupadas por invitados que conversan, consultan el móvil o esperan la canción que conocen, mientras los verdaderos seguidores intentan ver el escenario desde un ángulo imposible.

En el caso de Cibeles, además, la contradicción era especialmente llamativa. No se trataba de un concierto privado ni de un festival comercial, sino de una celebración pública de la selección española, organizada en el centro de una ciudad tomada por una multitud. El Ayuntamiento había preparado un plan especial de movilidad para el acto del 20 de julio de 2026, cuyo epicentro era precisamente la plaza de Cibeles.

La cuestión no consiste en exigir que un alcalde, un familiar de un jugador o un responsable de la organización se mezcle sin protección entre decenas de miles de personas. Consiste en preguntarse si era necesario dedicar todo el frontal del escenario a un espacio reservado tan amplio. Se podría haber diseñado una zona institucional más limitada, situada en uno de los laterales, o haber distribuido el área de manera que una parte significativa de la primera línea quedara abierta al público.

Una celebración común dividida por vallas

España conquistó su segundo Mundial y Madrid vivió una jornada histórica. La emoción fue real, la asistencia fue masiva y la celebración dejó imágenes destinadas a permanecer durante años. Nada de eso queda anulado por la existencia de una zona VIP.

Pero las fiestas populares también se cuentan a través de sus pequeños detalles. Y el detalle de Cibeles fue una valla que separaba dos maneras de celebrar: delante, con espacio; a los lados, apretados. En el centro, los invitados; en los márgenes, quienes habían convertido las calles en una fiesta.

Quizá la próxima vez convendría recordar que una celebración de la selección no necesita espectadores de primera y de segunda. Que los aficionados no son parte del mobiliario urbano. Que acudir varias horas antes debería servir para algo más que conseguir una magnífica vista de una pantalla, una columna o la nuca del desconocido de delante.

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