Madrid no descansa jamás, ni siquiera en los meses más fríos, en los que los más ahorradores se acomodan entre los cojines de sus sofás y empiezan a organizar sus cuentas, terribles hormigas lógicas y racionales, para poder gastarse los dineros en cuanto alumbra la primavera en las terrazas y en los clubes, donde, mientras atronan los bajos del altavoz, el aire acondicionado sosiega las cabezas ya calientes, llenas de las ideas que sembraron durante el invierno. 

Mayo es el mes de la capital. Camina y revienta. Revientan las flores de bonitas en la plaza de Ópera que un día eran solo yemas y al siguiente dejan en evidencia el alumbrado navideño del que ya nadie se acuerda. Camina todo el mundo cuando puede, de un lado para otro, de un bar al siguiente, como los soldados de los tercios viejos avanzaban posiciones de camino a ningún lado, con el único objetivo de ganar unos metros en una guerra que no entendían, pero que se había convertido en algo más que en su oficio: en su forma de vida. 

Si hasta cuando nos abrochamos los abrigos hasta arriba y hacemos filigranas con la bufanda para resultar aparentes siempre hallamos un lugar donde quitarnos de encima los escalofríos, asumiendo la sordidez o la demencia de lo que nos podemos encontrar -normalmente una panda de sonámbulos a la que nos abrazamos en la indulgencia plenaria de quienes se sienten entre iguales-, qué no nos pasará cuando dejemos atrás el rubicón de los abriles. La ciudad se estira como un gato que se arrima a las ventanas del hogar a tomar el sol, pero las ventanas están en la calle misma y el hogar es esta capital que tiembla en proceso de floración.

¿Cuántas veces tenemos que vivir algo para saber que es bueno? Solo una. Lo sabemos los que probamos de todo. Hay algo que tienen las cosas buenas y que tiene la primavera en Madrid; incluso lo pueden adivinar los hooligans que toman la Plaza Mayor entonando canciones festivas con el timbre de quienes saben que todavía están lejos de la batalla, y por lo tanto, de la posible derrota: la ausencia de necesidades complejas. Es hasta complicado echar de menos las Ferias del sur o los baños tempranos en el mar que se nos niega a los madrileños como una mera lección moral para saber vivir sin tenerlo todo. Es mejor jugar primero fuera de casa, digan lo que digan los expertos. Si no, la derrota te alcanza en un hotel a 3.000 kilómetros de casa y los fines de semana de mayo fuera de Madrid. 

Así, fuera de casa, incluso por cualquier otro motivo, se encuentra uno Madrid entera, desde Chamberí hasta Quintana, desde los mejores bloques de Acacias, felices con sus molduras y sus vistas al parque, hasta Tetuán, donde los corrillos se hacen ya fuera de los bares donde suenan bachatas y gritos, en el trance que supone dejar atrás el invierno definitivamente, pasada ya la Semana Santa y sus procesiones y sus escapadas románticas siempre amenazadas por la lluvia.

Celebramos el 2 de mayo, y la estatua de San Isidro en las Vistillas, que cuida siempre de su pueblo a la sombra de San Francisco el Grande, empieza a resquebrajarse de escarcha y piedra como las Gárgolas de la serie de dibujos animados. Nos encontramos ante un ejercicio coreográfico perfecto que hace de la Plaza de Olavide un paraíso atestado, un Jardín de las Delicias sin reverso oscuro, donde deja de importar lo más mínimo no encontrar sitio a la primera porque caminamos sin dudarlo hasta el siguiente hotspot, hasta la siguiente magdalena. Madrid entero camina y camina mientras revientan las flores

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