Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
Me apasiona de los cayetanos la inquebrantable seguridad que les inoculan cual vacuna ya en el moisés y les refuerzan cada año para que jamás les hiera la realidad; mirad cómo caminan, cómo sonríen, cómo ocupan con sus diminutas espaldas escolióticas incluso los espacios que no les corresponden. Para que entendáis a lo que me refiero, os hablaré de Morales; Morales es un cayetano de media fama que, gracias a Twitter y a proyectar una imagen totalmente quijotesca de sí mismo, ha logrado crear una comunidad en Substack de moda y estilo de vida cayetano, me atrevería a decir que la más grande en España del tipo. En su blog, con la sintaxis lacónica propia del niño pera suficiente de colegio provinciano sustitutivo del de El Pilar, Morales se dibuja como un refinado bont vivant de milla de oro que cura frente a los aspirantes a su etnia de polito y pitillos las tendencias de la moda cayetana, escribiendo interesantes – por irreales – articulitos, ilustrados con fotos estéticamente heroicas de Los Soprano, sobre las mejores formas de combinar ciertas prendas.
El invento, lo reconozco, tiene un notable atractivo visual por los tonos templados que elige para las fotografías y el marco estético en el que se querría encuadrar, pero se cae por su propio peso cuando el buen Morales hace de maniquí y sube fotos de su arreglos tendenciales donde nos muestra a un botarate imberbe y analógico de cuarenta años que luce pantalones color diarrea tan apretados que cualquier día le harán saltar por los aires los fémures, culminados en un peinado estilo cortinilla que es el quiero y no puedo hecho tupé del que ansía la clásica pelambrera cayetana tipo nido salvaje y debe conformarse con una moqueta a medio levantar – estamos todos igual, amigo Morales –. Leyendo sus textos y empapándose de su imaginario estético, uno espera encontrarse a un Cristopher Moltisanti español, pero se topa con un tipo que viste con los mismos pantalones que a un servidor le colocaba su madre contra su voluntad a los trece años para ir a la comunión del primito Jaime.
Se me vino a la cabeza este chico contra el que no tengo nada personal, aunque me sorprenda su imagen proyectada, después de leer que The New York Times había escrito un larguísimo y ensimismado texto sobre los cayetanos españoles; lo mejor de nuestra sangre refrita ha aparecido en el diario referente de los Estados Unidos, oigan. En él, el articulista muestra cierta fascinación por esta estética propia, aunque creo que yerra el tiro al aventurar que su reivindicación en los últimos años se debe a una suerte de reacción contra el gobierno de Pedro Sánchez: creo que el éxito del cayetanismo se debe más al atroz miedo a perder unos privilegios frente al avance de las fortunas globales, que han decidido subrayar, antes de que sea tarde, con su peculiar estética.
En el Londres de los últimos treinta años, las viejas fortunas británicas han sido sustituidas por los macrosómicos dineros de la oligarquía internacional, como la rusa, que se ha asentado en la capital británica en busca de la seguridad jurídica del Viejo Continente – y cocaína; principalmente, mucha cocaína –. En España, más en concreto en Madrid, de la pandemia en adelante venimos sufriendo un fenómeno similar con los dudosos magnates latinoamericanos, que entendieron, después del azote vírico de 2020, que debían tener una residencia en la aparentemente segura Europa por si se volvía a dar una situación similar, y eligieron los barrios ricos de esta ciudad. Las élites bolichicas o mexicanas han desembarcado en la capital con sus enormes espaldas financieras y se han comprado Chamberí, Salamanca y El Viso, desplazando del tablero a las viejas aunque limitadas fortunas de la aristocracia española, que han perdido capacidad de incidencia en sus polos tradicionales. Son estos nuevos ricos los que compran edificios, montan lujosísimos bares de moda y marcan el ritmo económico en los barrios asociados tradicionalmente a los tipos a los que llamaríamos de dinero viejo, quienes sin vérselas venir se han convertido en una “simple” clase acomodada frente a los ultrarricos internacionales.
En este contexto de retroceso, los cayetanos han decidido desplegar un orgulloso imaginario estético para diferenciarse del dinero nuevo; ellos no visten a la última, como traperos, luciendo estridentes cadenas de oro o camisas ostentosas de Armani acaparadas por sus logos, sino que apuestan por reivindicar una tradición modista ridícula, pero una tradición, al fin y al cabo. Como no pueden competir contra el dinero global que entra a espuertas desde Miami o Caracas, juegan al identitarismo, a ser una tribu, a diferenciarse gracia a ese código estético cutrísimo que de alguna forma los hace únicos; los nuevos ricos latinoamericanos tendrán más dinero, pero no sabrán vestir con esos pantalones que parecen cigarros y esas camisas que les cuelgan casi hasta las rodillas. Lo identitario, por cutre, es un vehículo para defenderse de lo internacional; una bunkerización en el último rasgo premium por exclusivo que les queda.
Por supuesto, ellos no han llegado a esta conclusión y operan desde el residuo impulsivo, pero operan, al fin y al cabo, en estos códigos. No se puede entender el auge de la estética cayetana, la estética del buen amigo Morales, sin comprender primero que su sacrosanto poder señorial se ve pisoteado por el poder financiero internacionalista, mucho más poderoso, y deben ahora refugiarse, para encontrar su ansiada diferencia como clase, en esas cosas como el estilo, el prestigio o la identidad que aparentemente no se compran. ¿No ven ustedes que esta tesis sobre el refugio en lo estético frente al inmisericorde avance globalizador puede explicar también el auge de cierto partido a la derecha del PP? Las miguitas antropológicas son gordas como puños.



