Han ido a por la curiosidad y la han matado. Vedlo vosotros mismos, si tenéis estómago o interés; abrid el reciente informe PISA sobre el nivel educativo de los chicos en los países con posibles – o sea, de la OCDE – y deteneos en las conclusiones de los expertos: la curiosidad está extinta, se ha diluido en un entorno digital controlado por supercerebros binarios de altísimo consumo eléctrico. Así, aunque quizá con sintagmas menos literarios, lo expresan ellos. Los escritores de otros diarios subrayarán quizá que la compresión lectora se ha convertido en prácticamente un recuerdo – veinte puntos ha caído entre los muchachos que ahora tienen dieciséis – y las competencias matemáticas se han evaporado hasta hacernos retroceder un curso, pero lo que de verdad debería preocuparnos es la ausencia de curiosidad. Porque es el germen; porque es todo.

La curiosidad es el motor de lo demás; la curiosidad es ese carburador que no cesa y reclama gasolina en forma de libros y artículos, que exige interpretaciones sofisticadas plasmadas en novelas y crónicas, y que ahora es un apéndice más del cadáver de ese viejo mundo – el único mundo – que las multinacionales algorítmicas han conseguido destripar y empaquetar para encerrarlo en una computadora potentísima que meter en nuestros vaqueros para alargar una borrachera de información que nos impide ser conscientes de nuestra sed por un verdadero interés; no queda curiosidad que nos fuerce a leer y construir ese enrabietado aparato llamado criterio analítico porque nada de lo que hay fuera es inalcanzable, imaginable, misterioso: ya no quedan dragones salvajes en los bordes, en esos confines del mapa que los antiguos pintaban con bestias horribles que representaban lo ignoto, porque los algoritmos los han domesticado todos. El viejo mundo, lo repito, era el único mundo, y ahora que lo vemos al desnudo no nos excita

Los malévolos mercadotécnicos de las compañías tecnológicas nos convencieron de que lo nuevo era sinónimo de mejor, revolcándonos en la falacia de la apelación a la novedad – argumento ad novitatem –, y ahora, tarde, caemos en nuestro error; ahora, años después de que nos gastáramos millones de dinero público en los proyectos de Aula 2.0. y sembráramos los infradotados colegios de pizarras táctiles digitales que ningún profesor serio usa; ahora, que la matriz de Instagram debe pagar casi veinte mil millones de dólares porque sus algoritmos se han demostrado literalmente adictivos; ahora, que ningún chaval o adulto promedio, no caigamos en el paternalismo militante de achacar como exclusivos de los críos unos pecados en los que caen también los mayorcitos, es capaz de comprender un texto de seiscientas palabras sin ayuda de ChatGPT – tan viciado está un adolescente a TikTok como un anciano a los reels de Facebook; atrévanse a rebatirme después de coger la línea 1 de Metro en hora punta –.

Pero ahora es tarde, porque ahora la era de la lectura está llegando a su fin. En un artículo publicado en The Atlantic este verano titulado The End of Reading is Here, la escritora Rose Horowitch nos advierte de que hay ciertas ideas sofisticadas – algún optimista demócrata las definiría como liberales, quizá incluso como emancipadoras – que solo son sintetizables en un cerebro entrenado y apuntalado por la lectura constante, profunda y sostenida, y con el fin de esta era de la alfabetización, esas ideas se irán poco a poco por el desagüe inapelable de la historia: toda el encofrado cognitivo forjado por lecturas, interconexión de ideas y creación de unas nuevas todavía más complejas que sostiene este paño ruinoso que llamamos sociedad está en riesgo, como el informe PISA ejemplifica, ante el avance de unas tecnologías que nos siegan la curiosidad y con ella nuestra capacidad para construirlo. 

Es llamativo, por cierto, que los dueños de las compañías que ayudan a destruir nuestra comprensión lectora sean los mismos déspotas antidemócratas que pregonan abiertamente su incredulidad por los derechos humanos o el control gubernamental a sus empresas, y exigen un nuevo sistema sostenido por el tecnofeudalismo donde ellos hagan a su gusto. Cualquier conspiranoico, como este que escribe, pensaría que quieren destruir la arquitectura mental que produce todas esas ideas que luego sirven como hormigón para sostener el encofrado legislativo que todavía hoy, en algunas regiones como la Unión Europea, les hace de freno y lastre. Quizá algún gobernante avispado debiere seguir la línea de puntos

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