David Hockney, uno de los artistas británicos más influyentes de los siglos XX y XXI, ha fallecido a los 88 años. La noticia cierra una trayectoria de más de seis décadas marcada por una rara combinación de popularidad, riesgo formal, independencia estética y una obsesión constante por mirar mejor, mirar más y mirar de otra manera.
Nacido en Bradford, en el norte de Inglaterra, el 9 de julio de 1937, Hockney no tardó en convertirse en una figura central del arte británico de los años sesenta. Estudió en el Bradford College of Art y después en el Royal College of Art de Londres, donde coincidió con una generación que cambiaría el lenguaje visual de la posguerra. Aunque suele asociarse al pop art, Hockney fue siempre demasiado inquieto para caber del todo en una etiqueta. Pintor, dibujante, grabador, fotógrafo, escenógrafo y creador digital, su carrera fue una larga fuga hacia adelante.
Su nombre quedó unido para siempre a una imagen, el agua azul de una piscina de Los Ángeles. Obras como A Bigger Splash o Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) convirtieron el paisaje californiano en algo más que un decorado soleado. En aquellas superficies planas, limpias y casi publicitarias, Hockney condensó deseo, juventud, distancia emocional, arquitectura moderna y una nueva forma de libertad. La piscina no era solo una piscina, era una promesa de vida distinta.
Hockney fue un artista abiertamente homosexual en una época en la que la homosexualidad estaba perseguida o socialmente castigada en Reino Unido. Su obra no ocultó ese deseo, lo puso en escena con naturalidad, belleza y desafío. En sus retratos de amantes, amigos y cuerpos masculinos, el artista abrió una grieta en la respetabilidad conservadora del arte británico y anticipó debates que hoy parecen centrales.
Pero reducir a Hockney al sol de California sería injusto. Su obra fue, sobre todo, una investigación permanente sobre la mirada. En los años ochenta experimentó con los fotocollages, sus célebres "joiners", construidos a partir de múltiples fotografías de una misma escena. El resultado rompía la perspectiva única y recordaba que ver nunca es un acto inmóvil. Miramos por partes, con memoria, con tiempo y con desplazamiento. Hockney discutía con la cámara incluso cuando la utilizaba.
Ha muerto David Hockney, pero sus piscinas ya son inmortales. pic.twitter.com/PQW13ocpem
— Martín Bianchi Tasso (@martinbianchi) June 12, 2026
Más tarde regresó a los paisajes de Yorkshire, donde los árboles, los caminos y los cambios de estación ocuparon lienzos monumentales. Ya en el siglo XXI, instalado durante largas temporadas en Normandía, abrazó el iPhone y el iPad sin complejos. Para otros artistas de su generación, la pantalla podía parecer una amenaza. Para Hockney fue simplemente otro cuaderno. Dibujó flores, amaneceres, jardines y paisajes digitales con la misma curiosidad con la que antes había trabajado el acrílico, el lápiz o la fotografía.
Esa vitalidad tardía culminó en grandes exposiciones internacionales. Pocos artistas han llegado a la vejez con tal capacidad de producción y de reinvención. Hockney no se comportó nunca como un monumento de sí mismo, siguió trabajando como si el mundo acabara de empezar cada mañana.
Hockney supo ser sofisticado sin volverse hermético. Esa fue una de las claves de su magnetismo. Sus cuadros pueden disfrutarse de forma inmediata, por el color, por la luz y por la aparente sencillez, y al mismo tiempo esconden una reflexión compleja sobre la perspectiva, la memoria, el deseo y el tiempo. En una época dominada por la saturación de imágenes, él insistió en algo casi revolucionario, ver exige atención.
Ha fallecido David Hockney.
— Eugenio Viñas (@eugeniovinas) June 12, 2026
Artista clave del siglo XX y, posiblemente, el artista mejor pagado de las últimas décadas pic.twitter.com/YunUW8jGqY
Su muerte deja al arte contemporáneo sin uno de sus grandes inconformistas. Un creador que nunca aceptó que la tradición y la modernidad fueran enemigas, que dialogó con Picasso, Van Gogh, Matisse y los viejos maestros mientras dibujaba en una tableta, que convirtió la alegría visual en una forma de inteligencia y que defendió, hasta el final, el placer de mirar como una experiencia profundamente humana.
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