Estos días está teniendo lugar una acampada en la Puerta del Sol para reivindicar algo fundamental: que los poderes fácticos y la codicia humana no nos arrebaten el suelo bajo nuestros pies. No se trata de una reivindicación cualquiera. La crisis de la vivienda es un problema esencial y sumamente contraproducente en los más diversos términos.
Podemos afirmar que es contraproducente incluso para los grandes defensores del capitalismo, y esto por varias razones. La primera es que una generación - o, más bien, varias - sin vivienda no puede construir un futuro, puesto que carece de la infraestructura más básica, tanto material como psicológica y emocional, para soñar - o, mejor dicho, proyectar -, medrar e incluso reproducirse. Como es bien sabido, una sociedad económicamente potente necesita de altos niveles de natalidad, niveles que son sumamente bajos en Occidente y, particularmente, en España. Sin cubrir una de las necesidades básicas propias de la célebre pirámide de Maslow, es casi imposible priorizar otras necesidades que son, en última instancia, epifenómenos o consecuencia directa de esa primera: contar con cobijo o lo que ha venido a llamarse una “vivienda digna” - derecho supuestamente fundamental de la Constitución española; esqueleto de nuestro pacto político esencial que, en este aspecto, parece papel mojado -.
Lo cierto es que, a día de hoy, no contamos en las grandes ciudades de España con “vivienda digna”, al menos en lo que respecta a un sector de la población. Y no me refiero exclusivamente a los jóvenes, sino a personas de más de cuarenta e incluso cincuenta años de edad; esa es la realidad. De hecho, a día de hoy, en ciudades como Madrid, apenas quedan incluso minúsculos locales en los que disponer de una vivienda. La realidad económica opera como el principio de los vasos comunicantes: los locales comerciales empleados hoy para vivir representan un hecho económico, que las grandes superficies acumulan las ventas y que está desapareciendo el pequeño comercio en beneficio de la concentración del capital. El pequeño empresario, como el pequeño ciudadano, está literalmente desapareciendo.
Es cierto que, en países tercermundistas, las familias son más numerosas - aunque la natalidad también esté decreciendo en dichas regiones -, pero se debe a que en tales lugares los hijos representan la “prole”, es decir, una fuerza activa, cuasi laboral, que sirve para sostener a la familia económicamente, algo que choca directamente con los valores de Occidente y su visión de lo que ha de ser la infancia. El proletariado es precisamente eso: personas que no cuentan con capital propio o cuyo capital son sus hijos o prole. Digamos que, en estos casos, el activo financiero del individuo o la pareja son sus propios hijos. No parece que debamos aspirar a eso solo porque ciertos individuos adinerados aspiren a acumular más dinero.
Especular con la vivienda es como especular con agua: la vivienda, como el agua, es un bien de primera necesidad y lucrarse activa o ampliamente con él es un acto de vileza moral mayúsculo. Es, sin más, un abuso con tintes psicopáticos evidentes. Y esta descripción no obedece a ninguna ideología política, sino a una aseveración meramente racional. Pregunten a los falangistas originales cuál sería su posición en cuanto a este asunto. Tampoco implica todo esto que los ricos sean peores que los pobres: que los pobres sean buenos y los ricos malévolos, como dan a entender las simplistas y bienpensantes películas de cine social al estilo de Ken Loach, un total iluso que, evidentemente, ha conocido a pocos pobres de primera mano. Los ricos son iguales que los pobres; de hecho, son pobres con dinero que, a menudo, abusan de una posición ventajosa a costa de otros. No nos hagamos ilusiones: dale al pobre medio el dinero con el que cuenta un rico y se conducirá del mismo modo que este.
La crisis de la vivienda, por otra parte, es contraproducente para la propia economía y las ansias de lucro por el hecho de que copa gran parte de nuestros gastos. El dinero empleado para vivienda no es utilizado para adquirir otros bienes de consumo, lo que podría servir para dinamizar el mercado. Es lo que conocemos como el efecto multiplicador keynesiano del gasto: el coste de la vivienda reduce la renta disponible para consumir otras cosas. Ese menor consumo repercute en los ingresos de otros negocios y, como consecuencia, en los gastos potenciales de estos negocios. El efecto multiplicador del gasto propiciado por una vivienda asequible está siendo emasculado por la codicia de la que venimos hablando. De este modo, la referida crisis contradice los propios valores liberales. Ciertamente, Adam Smith no sería favorable a la situación que hoy vivimos - como digo, no solo en España, sino también en el llamado Primer Mundo -.
Pero, estos daños aparte, el mayor es el que hacemos a las personas que no pueden permitirse una vivienda por culpa de la avaricia de unos pocos. Hablo de daños psicológicos, emocionales y materiales, nocivos para la misma salud humana. Visto lo visto, la situación es desesperada y no parece de fácil solución, ni mucho menos. Queda bastante claro que los poderes políticos parecen sometidos a los intereses particulares de unos pocos y que no hay luz al final del túnel.
Lo único que parece viable a día de hoy es protestar con ahínco e insistencia infatigable, y eso es, precisamente, lo que está ocurriendo en la Puerta del Sol, como en otros lugares de España. Esperamos que esta protesta dé sus frutos o, en caso contrario, que siga viva y presente hasta que esos cambios sean materializados hasta sus últimas consecuencias.
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