Para cualquiera que haya seguido la carrera de Aaron Sorkin, su preocupación por la relación entre inteligencia, poder y cultura política resulta familiar. Desde The West Wing hasta The Newsroom, pasando por The American President, el escritor estadounidense ha construido buena parte de su obra alrededor de personajes que creen que saber cosas importa, que prepararse importa y que la capacidad para argumentar sigue teniendo valor.

Precisamente por eso sus últimas declaraciones vuelven a resultar especialmente contundentes. Sorkin considera que Estados Unidos ha convertido en una virtud una determinada imagen de ignorancia, especialmente cuando un político consigue presentarse como alguien “normal” precisamente porque renuncia al lenguaje experto, la complejidad o el conocimiento especializado. La idea conecta además con comentarios que el guionista ya hacía hace más de una década, cuando denunciaba públicamente tanto la idealización de la falta de conocimientos como la demonización de la educación y el intelecto.

En The West Wing, estrenada en 1999, la Casa Blanca aparecía habitada por personas capaces de discutir durante varios minutos sobre legislación, economía, diplomacia o historia mientras atravesaban los pasillos a toda velocidad. La serie nunca ocultó su idealismo; frente a la tradicional representación del político como un cínico, un incompetente o un manipulador, Sorkin prefería imaginar personas extraordinariamente preparadas intentando hacer correctamente su trabajo.

Años después reconocería que precisamente ahí estaba una de las claves de aquella ficción. Mientras otras producciones presentaban a sus dirigentes como maquiavélicos o directamente ineptos, The West Wing proponía algo distinto, políticos competentes. Incluso dos décadas después de su estreno, Sorkin seguía defendiendo ese planteamiento en entrevistas sobre el legado de la serie.

La cuestión adquiere todavía más relevancia porque el guionista prepara el estreno de The Social Reckoning, la película con la que regresará al universo que exploró en La red social. La cinta llegará a los cines el 9 de octubre de 2026 y estará escrita y dirigida por el propio Sorkin. En lugar de narrar nuevamente el nacimiento de Facebook, se centrará en las consecuencias posteriores del crecimiento de la plataforma y en las revelaciones de la denunciante Frances Haugen. Mikey Madison interpreta a Haugen, Jeremy Allen White encarna al periodista Jeff Horwitz y Jeremy Strong asume el papel de Mark Zuckerberg que Jesse Eisenberg interpretó en la película original.

El “rage bait” y la política convertida en espectáculo

Sorkin sostiene que las redes sociales han contribuido a alimentar una conversación pública basada cada vez más en la indignación. En una entrevista publicada por Esquire el 12 de agosto, el guionista puso el foco especialmente en los cambios realizados por Facebook para premiar determinadas interacciones y contenidos capaces de generar mayor participación.

Su argumento es que aquello que provoca enfado, miedo o enfrentamiento resulta extraordinariamente eficaz para conseguir comentarios y compartidos. Según Sorkin, esa lógica termina teniendo consecuencias que trascienden las redes sociales. Cuando el contenido más extremo obtiene más atención, la conversación pública también empieza a adaptarse a esas reglas. La política deja entonces de competir únicamente por votos y comienza a competir por segundos de atención.

Es una idea especialmente relevante para entender su crítica a la “glamourización de la estupidez”. No se trata únicamente de considerar inteligente o poco inteligente a un determinado dirigente. El problema que plantea Sorkin es cultural: qué comportamientos recompensa una sociedad y cuáles castiga.

Conviene recordar que el guionista nunca ha ocultado sus posiciones políticas. Sus opiniones sobre la política estadounidense han sido públicas durante años y frecuentemente polémicas.

Tras las elecciones presidenciales de 2016, por ejemplo, escribió una carta a su hija en la que ya describía el ascenso de Donald Trump utilizando precisamente el concepto de una estupidez convertida en atributo atractivo para el electorado.

Sorkin lleva décadas defendiendo una determinada concepción del espacio público. La idea de que las instituciones funcionan mejor cuando están ocupadas por personas que conocen su trabajo, aceptan la discusión y están dispuestas a rodearse de individuos capaces de contradecirlas.

The West Wing convirtió las largas discusiones sobre políticas públicas en entretenimiento televisivo. The Newsroom intentó hacer algo parecido con el periodismo. Y La red social anticipó, sin saber todavía hasta dónde llegaría, la enorme influencia cultural que adquirirían las plataformas tecnológicas.

Ahora Sorkin vuelve precisamente a Facebook para contar la segunda mitad de aquella historia.

Casi 16 años después de que David Fincher dirigiera La red social, el protagonista ya no es únicamente el joven empresario que crea una plataforma desde una habitación universitaria. El verdadero personaje es el gigantesco sistema de comunicación construido alrededor de ella y las consecuencias políticas, sociales y culturales que ha generado.

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