A Hollywood le encanta fabricar mesías y, cuando toca, también se deleita en ver cómo se resquebrajan. Timothée Chalamet acaba de reactivar la conversación cinéfila con el primer vistazo de Dune: Part Three, la película con la que Denis Villeneuve pretende cerrar su viaje por Arrakis, y lo hace en un momento especialmente simbólico: apenas horas después de quedarse sin Oscar en una nueva temporada de premios que volvió a recordarle que el prestigio, en la Academia, no siempre llega cuando uno lo reclama. Mientras tanto, Warner ya ha puesto en marcha la maquinaria con los primeros pósters de personajes y con el anuncio de que el primer teaser se estrenará el 17 de marzo.

Y lo que muestran esas primeras imágenes no es precisamente al joven elegido de aire místico que cerraba Dune: Parte 2, sino a un Paul Atreides endurecido, casi erosionado. El cambio no es menor. Chalamet ya había explicado en diciembre de 2025 que su radical corte de pelo respondía a una transformación del personaje: Denis Villeneuve le fue pidiendo una longitud cada vez menor hasta llegar prácticamente al rapado, porque debía interpretar a un Paul entre 15 y 20 años mayor. El propio actor llegó a bromear con que “rogó” conservar algo más de pelo, una resistencia que hoy, vista la primera imagen oficial, parece casi enternecedora: el nuevo Paul no tiene espacio para la vanidad, solo para el peso de las consecuencias.

Ese es, en realidad, el corazón de la noticia. Dune: Part Three no quiere repetir la fórmula de las dos primeras entregas. Villeneuve lleva tiempo insistiendo en que Dune y Dune: Part Two funcionan como “una sola entidad”, como una película dividida en dos partes, y que el tercer capítulo debía ser algo distinto. Su base literaria es Dune Messiah, la novela de 1969 con la que Frank Herbert se dedicó, básicamente, a dinamitar la lectura heroica de Paul Atreides. Si las dos primeras películas contaban el ascenso del elegido, esta tercera está llamada a narrar su descomposición moral: el emperador Muad’Dib ya no como promesa de redención, sino como advertencia sobre lo que ocurre cuando un líder mesiánico se convierte en maquinaria histórica. Villeneuve ha señalado además que la historia transcurre 12 años después del punto en que dejó a los personajes en la anterior película.

La propia configuración visual sugiere esa deriva. Warner ha confirmado el estreno para el 18 de diciembre de 2026, y el proyecto llega con una novedad relevante tras las cámaras: Linus Sandgren figura como director de fotografía en sustitución de Greig Fraser, el hombre que había definido la textura monumental de las dos primeras películas. No es un detalle menor. En una saga donde la imagen ha sido parte central del relato -la arena, los palacios, la luz casi religiosa sobre los cuerpos-, cualquier alteración del lenguaje visual puede delatar también una mutación emocional. Si Fraser filmó el nacimiento del mito, Sandgren tendrá la tarea de alumbrar su desgaste.

También el reparto refuerza la sensación de evento. Regresan Timothée Chalamet, Zendaya, Florence Pugh, Rebecca Ferguson, Josh Brolin, Javier Bardem, Anya Taylor-Joy y Jason Momoa, mientras Robert Pattinson se suma a una alineación que ya de por sí parecía diseñada por un departamento de casting con delirios imperiales. Los primeros materiales promocionales han puesto especial foco en Pattinson, cuya incorporación alimenta la expectativa alrededor de Scytale, una de las figuras más decisivas de Dune Messiah. No es casual: si Parte 3 quiere venderse como “otra cosa”, necesita también rostros que funcionen como señal de mutación, no solo de continuidad.

Y luego está la batalla de contexto, que hoy importa casi tanto como la película misma. Dune: Part Three llegará a los cines el mismo 18 de diciembre que Avengers: Doomsday, fecha confirmada tanto por Warner como por Marvel. En redes, el choque ya tiene nombre: “Dunesday”. Y no cuesta entender por qué la etiqueta ha prendido tan rápido. No se trata solo de un pulso de taquilla, sino de una especie de combate simbólico entre dos maneras de entender el gran cine comercial: de un lado, la solemnidad autoral y cerebral de Villeneuve; del otro, la hipermáquina de acontecimiento pop que representan los hermanos Russo con Marvel.

Pero quizá la mejor noticia para Dune sea otra: que Villeneuve parece dispuesto a no vendernos una victoria, sino una resaca moral. En tiempos de franquicias obsesionadas con expandirse sin fin, resulta casi subversivo que una saga multimillonaria decida mirar de frente la ruina interior de su protagonista. El Paul Atreides que asoma en esta primera imagen no parece un emperador glorioso. Parece un hombre que ha ganado el universo y perdido el alma. Y eso, en una industria que todavía confunde grandeza con volumen, es bastante más interesante que cualquier corona.

Si Warner sabe jugar esa carta, Dune: Parte 3 no necesitará ser el nuevo Barbenheimer. Le bastará con algo más difícil: ser la rara superproducción que convierte el espectáculo en tragedia y la épica en una advertencia.

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