Dicen que John Constantine no vende su alma al diablo porque el diablo ya la tiene reservada. La frase resume bien el atractivo de un personaje que nunca ha encajado en el molde clásico del héroe. Es cínico, manipulador, experto en ocultismo, fumador compulsivo y más amigo de hacer trampas que de ganar limpiamente.

La película de Constantine, estrenada en 2005, llegó a los cines con una decisión que muchos lectores consideraron casi una herejía. El personaje original de los cómics, rubio, británico, bocazas y con un marcado aire punk, se transformó en la gran pantalla en un exorcista taciturno de Los Ángeles interpretado por Keanu Reeves.

Antes de ser una estrella de Hollywood con gabardina negra, Constantine había nacido en las páginas de DC y Vertigo. Apareció primero en La Cosa del Pantano y después dio el salto a su propia cabecera, Hellblazer, una serie marcada por el terror adulto, la sátira política y el ocultismo urbano británico. Por eso, para muchos fans, la versión cinematográfica no parecía demasiado fiel al material original.

Sin embargo, la película dirigida por Francis Lawrence nunca intentó copiar el cómic viñeta a viñeta. Su apuesta fue otra. En lugar de reproducir al Constantine clásico, construyó un noir sobrenatural lleno de humo, culpa, demonios infiltrados en la vida cotidiana y una ciudad que parecía esconder una entrada directa al infierno.

Ahí está una de las claves de su supervivencia. Constantine no funciona tanto como adaptación literal de Hellblazer, sino como una reinterpretación con personalidad propia. Los Ángeles de la película no es luminosa ni glamurosa. Es gris, enferma y opresiva. El infierno tampoco responde al imaginario medieval de llamas y tridentes. Es una versión arrasada de la propia ciudad, como si el apocalipsis no estuviera en otro plano, sino justo debajo de la superficie.

La historia presenta a un Constantine capaz de ver la verdadera forma de ángeles y demonios. Tras haber intentado suicidarse de joven, sabe que su destino es el infierno. Esa condena personal da a la película una dimensión más trágica de lo habitual en el cine de acción fantástica. Constantine no salva almas por bondad pura. Lo hace porque intenta comprar una redención que quizá nunca llegue. Su heroísmo es interesado, desesperado y profundamente humano.

El reparto también ha contribuido a la revalorización del filme. Rachel Weisz interpreta a Angela Dodson, una policía que investiga la muerte de su hermana gemela y termina entrando en el mundo oculto de Constantine. Pero son Tilda Swinton Peter Stormare quienes elevan la película a otro nivel.

Swinton compone un Gabriel andrógino, sereno e inquietante, más cercano a una fuerza moral implacable que a un ángel protector. Stormare, por su parte, firma uno de los Lucifer más recordados del cine reciente. No aparece como un monstruo gigantesco, sino descalzo, vestido de blanco y con alquitrán cayéndole de los pies. Una imagen tan sencilla como perturbadora.

En su estreno, Constantine no fue un fracaso, pero tampoco nació como obra de culto inmediata. La crítica fue irregular y muchos reprocharon sus libertades respecto al cómic. Aun así, el tiempo ha jugado a su favor. Lo que en 2005 se veía como una adaptación infiel hoy se percibe como una rareza con identidad propia dentro del cine de superhéroes.

La conexión con The Sandman refuerza además el peso del personaje dentro del universo de DC. En los cómics de Neil Gaiman, John Constantine aparece ligado al mundo de Sueño. En la serie de Netflix, su lugar lo ocupa Johanna Constantine, interpretada por Jenna Coleman, una decisión que permite unir al Constantine moderno con Lady Johanna, su antepasada, también vinculada al universo de Sandman.

Ese cambio demuestra hasta qué punto Constantine ha dejado de ser solo un personaje para convertirse en una figura adaptable. Puede ser británico o angelino, hombre o mujer, punk o noir, héroe o estafador. Lo esencial no está únicamente en el pelo rubio o en el acento, sino en la culpa, la ironía y la capacidad de mirar al infierno sin dejar de encender otro cigarrillo.

Quizá por eso Constantine encaja tan bien en la categoría de culto. No porque fuera incomprendida en todo, sino porque el tiempo ha permitido verla con otros ojos. La película traicionó rasgos importantes del cómic, sí, pero creó una atmósfera propia, poderosa y reconocible.

Puede que no naciera bendecida por los fans, pero el tiempo hizo su truco. Constantine bajó al infierno, sobrevivió a las críticas y volvió convertida en una anomalía querida. Como el propio John Constantine, perdió la partida haciendo trampas.

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