Señor presidente del Gobierno. Hoy no le tuteo a pesar de que el paisanaje nos acerque, sin saber en qué medida, puesto que ambos somos de la misma ciudad. Durante estos meses en La Moncloa han perseguido una estrategia simple pero arrolladora: cargar contra todos aquellos que puedan perjudicarles electoralmente. Estas líneas no las escribo desde el rencor, el odio ideológico o la inquina personal (esto es imposible porque aunque paisanos, en una ciudad pequeña las clases y apellidos prominentes fijan barreras casi inexpugnables). Es desde el temor, el miedo a que sus políticas y las explicaciones que las acompañan conduzcan a un callejón cuya única salida podría ser la confrontación. ¡No, no hagan demagogia con esto! No me refiero a una guerra civil. Esto lo aclaro porque alguno de los integrantes de su círculo de confianza aprovecha cualquier rumor o cuchicheo para poner en el ojo del huracán a aquellos que actúan ‘contra España’.

El temor es paralelo al deterioro de nuestra sociedad. Ese menoscabo se puede ver en la calle, en las tiendas, en los colegios, bibliotecas, en los atascos… Sé que usted está a otras cosas pero aquí no hablamos de opiniones. Esta es una visión real, más conmovedora, terrible y lamentable que la que aparece en estudios de organismos internacionales u ONGs.

Que unos padres pierdan la casa en la que residen con sus hijos. Saber que se acerca el invierno y empezar a calibrar el coste que este año tendrá el gas o la luz en la pobre economía familiar. Qué le pasa por la cabeza a una madre que desea que sea el día siguiente para que su hijo vaya al colegio no ya para aprender, sino porque con seguridad será el primer y único bocado de toda la jornada. Vivir con la espada de Damocles del empresario que decide rebajar el ridículo salario de sus empleados porque la reforma laboral, orgullo patrio en Japón, le ha hecho todo el trabajo sucio. Y qué decir de los universitarios, que desconocen si van a poder ser, al menos, la obra barata cualificada de Alemania; los inmigrantes, ‘verdaderos culpables’ de la “insostenibilidad” de la Sanidad Pública que justifica el cierre para ellos y la privatización para el resto. También los enfermos de cáncer que con pensiones mínimas se ven en la tesitura de seguir o no medicándose y dejar o no de comer. Esta, señor presidente, es la realidad que no quieren ver. Es la España de hoy.

Cuando usted llegó y empezó a tomar decisiones estoy seguro de que muchos ciudadanos pensaron que eran inevitables y que sus cambios podrían conducir a algo bueno. Sin embargo, las embestidas de los suyos desde el primer momento invitaron a reflexionar sobre ‘sus’ otros objetivos. En este tiempo de su mandato han tirado la piedra contra sus predecesores sin darse cuenta de que ellos tuvieron su castigo en las urnas (¡ Y de una magnitud a la que casi le sirve el atributo de ‘divino’!) y a ver cómo salen. La excusa de esto es que estamos ante “el juego de la política”. Estará de acuerdo conmigo en que, tras casi dos años, la manida ‘herencia recibida’ solo es propia del juego del parchís. Supongo que para cosas así tiene a esos asesores que cobran un buen peculio. Ellos sabrán. Sin embargo, la percepción de la ciudadanía es que todo responde a una disputa de bajos fondos de ciudad decrépita. Imagino que esto también lo consideran sus gurús.

Han atacado a medios de comunicación, periodistas o médicos. Se han lanzado contra los actores y su cine, los extranjeros pobres, los preferentistas, los desahuciados, los nacionalistas y los independentistas (que no son lo mismo aunque se empeñen ustedes y ellos), los jueces, los estudiantes… pocos, muy pocos sectores han salido indemnes de sus diatribas. Bueno, un colectivo sí que se ha librado: el de los banqueros y financieros.

Y  los pocos que faltaban, a pesar de que las primeras medidas que adoptó usted, señor presidente, fueron reducir la prestación o disminuir los pagos del Fondo de Garantía Salarial, acaban de ser incluidos en sus discursos: los parados.

Señor presidente, usted nunca ha vivido una situación de este tipo. Seguramente esto no tenga que ver con la educación de abolengo propia de familias acomodadas, pero no es menos cierto que por entonces, y teniendo en cuenta el apellido, había cosas posibles. Muchos, con la apertura de la democracia y la llegada de la igualdad de oportunidades y esas monsergas, pudieron estudiar siendo hijos de mecánicos, de técnicos de lavadoras o de señoras de la limpieza y ahí empezó el problema.

No me cabe la menor duda de que los hijos de sus ministros, y los suyos, sus cuñados, primos, sobrinos, hermanos… no van a engrosar nunca las listas del INEM. Sin embargo, aunque solo sea por interés partidista y electoral, debería sumar bien para percatarse de que ellos, frente a los cinco millones de parados, apenas suponen un porcentaje inferior al mínimo en número de votos. Traspasar la responsabilidad de unos datos económicos que no cuadran a las personas sin empleo acusándolas con cifras falsas de defraudadoras, podría ser calificado utilizando insultos o palabras de sonido grueso. Creo que decir que es inhumano no precisa añadir más.

Verá señor presidente. La llamada perdida en el móvil del parado que le mueve a la ilusión por si es un trabajo, a usted, a sus hijos, hermanos, cuñados, nunca les sucederá porque las espaldas las tienen cubiertas y seguramente por méritos y esfuerzo, es decir, los mismos valores de los que tanto oímos hablar estos días para justificar la ley de su amigo Wert.

Aunque crea que no, todo esto le pasará factura dentro y fuera de su partido. Las hienas acechan en Génova pero en el exterior, en la calle, se encuentran las personas a las que han faltado al respeto y ese es el miedo al que antes hacía mención.

Señor presidente. Este verano en Pontevedra alguien me habló de usted. Esa persona era de su partido. Me contaba una anécdota que se produjo en el seno de la entonces AP en su ciudad. El que aspiraba a ser designado como candidato no era de su cuerda. Entonces, ante un grupo de compañeros de partido soltó aquello de “a qué aspira el hijo de la lechera”. Como acaba la historia es lo de menos. Pero desde luego explica muchas cosas de su actitud, su aptitud, sus círculos y las medidas de su Gobierno.

Nada más señor Rajoy. Solo espero que cuando su aventura gubernamental concluya pueda volver a pasear por las calles de su ciudad y reencontrarse con el hijo de la lechera, la nieta de la limpiadora, el sobrino del técnico de lavadoras o el barrendero, y mirarles a la cara.

Un saludo de un paisano, periodista e hijo de una señora de la limpieza.

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