Todo un honor arropar al príncipe Felipe, Santamaría y Wert, ese ministro metepatas que ahora se dedica a financiar, con más dinero que el actual, a la Fiesta Nacional. Taurina, por supuesto. También se dedica Wert a desguazar la educación escolar y a provocar, no a dialogar  con los rectores de las universidades. En todo caso, no olvidemos jamás que "por Dios, por la Patria y el Rey, lucharon nuestros padres".  O sea, sus padres. Hay que frenar la invasión de Madrid de  vascos y  catalanes. Patriótica hasta el corvejón, maravillosa, la  iniciativa de DENAES, creada "para la defensa de la Nación Española". Sus integrantes son relevantes peperos, en el  límite de la derecha extrema con la extrema derecha.

¡Madrileños exhibid la bandera rojigualda frente a los   secesionistas periféricos! ¡Madrileños, impedid un nuevo 2 de mayo! No queremos   franchutes como Hollande, que no sabe nada de los bancos españoles como Bankia, según le ha espetado nuestro admirado Rajoy.  No queremos  tampoco a  catalanes y vascos. ¿Pero es que  no irá Rajoy al partido de la final de la Copa del Rey, siendo el  jefe del Ejecutivo?

Se nos ha escaqueado una vez más, don Mariano. Tiene tiempo para recortar a espuertas, pero le da miedo que le piten en el estadio del Atlético de Madrid los aficionados del Athletic de Bilbao y del Barcelona F.C. Muchos ciudadanos de Barcelona y de Bilbao, de Cataluña y del País Vasco, y también de Madrid y el resto de España, recuerdan perfectamente la cruzada contra el Estatuto que montó el PP y, muy particularmente, Rajoy, el moderado. Fue aquello una agresión dialéctica de la derecha española buscando votos a cualquier precio.

Otra que se quedará en su casa es la habitual agitadora Esperanza Aguirre. Ella, como hace Rajoy, tira la piedra y esconde la mano. Ha contribuido a remover las bajas pasiones de unos y otros y  no es capaz de plantarse en el Calderón. Se cree que a empujones, cierres, represión  y demagogias patrióticas se acabará el nacionalismo periférico en  España. Y no será así. Todo lo contrario. ¡Qué error, qué inmenso error, doña Espe!"