Primero fue Venezuela. Ahora, Irán. Entre una guerra y otra, las grandes petroleras que operan en Estados Unidos han encontrado en el tablero geopolítico un impulso claro para sus acciones. Exxon, Chevron o Occidental han ganado valor mientras el petróleo se dispara y los mercados descuentan un escenario de oferta más tensa y beneficios más altos. El patrón no es nuevo, pero vuelve a repetirse con bastante claridad en un momento en que el conflicto amenaza con ensanchar todavía más el mapa de la crisis energética.
La primera fase de ese movimiento llegó con Venezuela. Tras la ofensiva de Washington y el secuestro de Nicolás Maduro a comienzos de enero, las energéticas estadounidenses subían en bolsa ante la expectativa de un doble premio: un barril más caro y la posibilidad de acceder a un país con enormes reservas. El S&P 500 Energy tocó entonces máximos desde marzo de 2025, Chevron llegó a subir cerca de un 4% y Exxon avanzó alrededor de un 1% en una sola sesión. El mercado no estaba leyendo solo guerra. Estaba leyendo un negocio futuro. O, mejor dicho, dibujando un nuevo mundo.
Tres meses después, la foto ya no es de una subida puntual, sino de un rally sostenido. Si se toma como referencia el cierre del 5 de enero y se compara con los precios de este lunes 30 de marzo, Exxon Mobil ha pasado de 125,36 a 170,99 dólares, un salto del 36,4%. Chevron ha subido de 163,85 a 211,15 dólares, un 28,9%. ConocoPhillips ha escalado de 99,20 a 133,80, un 34,9%. Occidental se ha disparado de 41,23 a 65,32, un 58,4%. EOG Resources ha pasado de 106,20 a 149,56 dólares, un 40,8%. La mejora media simple de esas cinco grandes petroleras roza el 40%. No todas han corrido igual, pero la dirección es la misma: el mercado ha metido dinero en producción, reservas y exposición al crudo. Y todo ello pese a que las bolsas mundiales han sufrido en las últimas semanas grandes caídas precisamente por la guerra de Irán.
Venezuela abrió el rally, Irán lo acelera
Irán ha cambiado la escala del problema. En Venezuela, los inversores compraban la opción de entrar o crecer en un productor enorme, pero muy castigado. En Irán, lo que están comprando es otra cosa: escasez, riesgo y un petróleo estructuralmente más caro. Con el estrecho de Ormuz prácticamente cerrado, hasta 12 millones de barriles diarios han quedado afectados y el mercado empieza a acercarse a un escenario de crisis de suministro mucho más serio. El Brent ha subido cerca de un 60% en marzo y ronda ya los 115 dólares por barril al inicio del segundo mes de guerra, una cota que no solo aprieta a gobiernos y consumidores: también engorda la cuenta de resultados esperada de quienes producen crudo fuera del frente directo.
Por eso las grandes petroleras estadounidenses vuelven a funcionar como refugio relativo. No necesitan operar en Irán para ganar con la guerra. Les basta con extraer en Estados Unidos o en otras áreas seguras y vender en un mercado donde cada barril vale bastante más. Un Brent por encima de 115 dólares mejora la valoración de sus reservas, ensancha márgenes y atrae capital que busca cobertura frente a la inflación y al desorden geopolítico.
Ese giro del mercado tiene además una consecuencia política evidente. Cuanto más se tensiona el suministro global, más valor adquieren las petroleras integradas y los productores con músculo en Estados Unidos. Exxon, Chevron, ConocoPhillips, Occidental o EOG se benefician de una lógica simple: menos oferta global disponible y más incertidumbre suelen traducirse en mejores expectativas para el sector.
Trump apunta al corazón energético iraní
En medio de esa dinámica, Donald Trump dio este lunes un paso más. En una entrevista con el Financial Times, el presidente de Estados Unidos aseguró que podría “tomar el petróleo de Irán” e incluso hacerse con la isla de Jark, el gran centro de salida del crudo iraní. La frase no fue una bravuconada aislada. Llegó justo cuando el mercado ya estaba incorporando el riesgo de una guerra prolongada y cuando el petróleo cotiza con una prima geopolítica cada vez más alta. Hablar de Jark significa hablar de uno de los puntos más sensibles del sistema energético iraní. Es, en la práctica, reconocer que el petróleo no es solo el telón de fondo del conflicto, sino uno de sus objetivos explícitos.
Ahí es donde el paralelismo con Venezuela adquiere otra profundidad. En enero, el mercado vio una oportunidad de reapertura futura. En marzo, con Irán, ve la posibilidad de una dislocación global del suministro. La diferencia importa. Una cosa es premiar a las petroleras por una potencial expansión en un país rico en reservas. Otra, mucho más agresiva, es hacerlo porque el crudo puede dispararse y mantenerse alto durante más tiempo si Washington intenta controlar una terminal clave iraní o si la guerra se enquista alrededor de Ormuz. Reuters ya advierte de que, si el cierre del estrecho se prolonga y el mercado empieza a asumir precios todavía más altos, la tensión inflacionaria y el deterioro de otras bolsas podrían ser muy severos.
Eso no significa que las petroleras solo tengan recorrido alcista. Un petróleo demasiado caro también puede destruir demanda, enfriar la economía y acabar dañando a las bolsas en su conjunto. Pero en el primer tramo de cada shock energético suele repetirse la misma secuencia: el dinero corre hacia quienes producen, refinan o comercializan crudo. Ya pasó con Venezuela. Está pasando con Irán. Y puede intensificarse si la Casa Blanca convierte en acción lo que hoy verbaliza sobre el petróleo iraní y sobre Jark.