La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha reabierto (o ensanchado, mejor dicho) viejas heridas en el seno del Partido Republicano. Los últimos meses han servido para confirmar un secreto a voces: la deslealtad al presidente Donald Trump se termina pagando, algo que está quedando evidenciado, más aún, en el ciclo de primarias de la formación de cara a las Midterms de noviembre. Las primarias republicanas no se limitan a la elección de un candidato, sino que miden lealtades al inquilino de la Casa Blanca, como una suerte de termómetro del magnate para ponderar quién obedece, quién se aparta y quién puede sobrevivir dentro de una estructura cada vez más a merced de sus designios y que ha visto sus tensiones internas agravadas con el conflicto con Teherán.

Esta semana, el Senado daba el primer paso, siete intentos fallidos después, para limitar los poderes bélicos del tycoon. Los demócratas logran sacar adelante una votación por la cual se ponga sobre la mesa tanto un debate sobre la necesidad de poner o no fin a la guerra contra Irán, así como poner en cuestión si Trump ha de ser ser limitado en sus poderes bélicos sobre Irán. En este sentido, la capacidad de decisión del presidente estadounidense, caracterizado por la acción directa antes que el diálogo, se vería seriamente minimizada, ya que, de salir adelante, pasaría a verse obligado a disponer de la autorización del Congreso cada vez que quisiera tomar una iniciativa en este sentido. La propuesta impulsada por los demócratas busca obligar a Trump a retirar a las Fuerzas Armadas estadounidenses de cualquier acción militar en Irán o contra ese país, a menos que exista una declaración formal de guerra (que no existe) o una autorización concreta del Congreso para emplear la fuerza militar (que tampoco ha sido pedida hasta la fecha). Precisamente en la línea de ruptura en el seno del Partido Republicano que venimos mencionando, esta votación salió adelante porque fueron cuatro los miembros del mismo los que votaron a favor de esta resolución demócrata.

Indiana y Kentucky y el termómetro del apoyo interno

Indiana y Ohio fueron las primeras paradas del test de Trump. Sendos estados decidían quién será el representante republicano que pugnará por el triunfo de medio término en noviembre. Los resultados dejan entrever una imagen concreta: Trump medra todo lo que puede para llevar a su terreno el proceso, censurando a los disidentes. Prueba de ello fue el choque intestino de Indiana: varios legisladores republicanos frenaron el rediseño del mapa electoral, conocido como gerrymanderinguna maniobra para modificar los límites de los distritos para incrementar las posibilidades de victoria del partido gobernante, que en este caso es el Republicano. El rechazo de sus propios senadores supuso un varapalo para Trump, que respondió fiel a su estilo, señalando a los traidores y respaldando a sus rivales en las primarias.

El quinteto de candidatos apoyados por el presidente salió victorioso, en un aviso a navegantes: o se hace seguidismo ciego al presidente, o el horizonte es incierto, con unos tentáculos que llegan hasta las bases más recónditas del partido. Llama también la atención la inyección de 8,3 millones de dólares en publicidad para la campaña de sus acólitos, una cantidad desorbitada si se tiene en cuenta que, habitualmente, estos procesos suelen llevarse con mucha discreción.

Lo ocurrido en Indiana, no obstante, solamente refleja un pequeño porcentaje del alcance del republicano. Kentucky también lo vivió en sus propias carnes: el congresista Thomas Massie, que en el grueso de las votaciones ha votado conforme a los designios del líder, ha vivido en primera persona cómo hace y deshace el tycoon cuando le dio la espalda en cuestiones puntales como el gasto público o la vigilancia en la agenda exterior. Desde ese mismo instante, fue calificado como "perdedor" por Trump y su imagen se ha visto claramente deteriorada.

Irán hace aflorar las reticencias

La votación a favor del control al presidente de cuatro miembros del Partido Republicano ha supuesto un punto de quiebre, pero no ha sido el único. Irán está levantando cada vez más ampollas en el partido del presidente: desde el interior del grupo se muestra una creciente fuerza de oposición a la agenda bélica internacional de Trump. El presidente y los líderes republicanos en el Senado habían logrado mantener, hasta ahora, el alineamiento con el argumento de que Trump tiene la autoridad unilateral para enfrentarse militarmente a Teherán, pero eso podría cambiar más pronto que tarde. También expresaron sintonía en que poner fin a la guerra fortalecería al régimen islámico de Irán a costa de la seguridad nacional de Estados Unidos y de unos aliados occidentales cada vez más despreciados por el presidente, con la crisis de la Alianza Atlántica aún abierta.

La disidencia dentro de las filas conservadoras va al alza. La decisión de aplazar la resolución sobre poderes de guerra llegó una vez que los republicanos perdieran el control del pleno en la votación anterior, en la que varios de sus miembros, como se ha expresado en líneas anteriores, votaron en contra de su propio partido y otros se ausentaron.Cabe recordar que la guerra de Irán está en mínimos históricos de aprobación, con más de un 65% de los estadounidenses emitiendo su rechazo frontal al conflicto, superando las cifras que cosechaba la guerra de Vietnam. Este sentir, a su vez, puede haber calado en algunos de los dirigentes del partido.

Los precedentes tampoco ayudan: en 2022, la mayoría de los republicanos del Capitolio que respaldaron su impeachment – juicio político – o bien dieron un paso a un lado o, en su defecto, cosecharon derrotas en sus primarias. Aquellas primeras 'purgas' ya inocularon la idea de que desafiar a Trump era el preámbulo de un certificado de defunción política, algo que parece haberse materializado por completo en la actualidad. La acumulación de frentes abiertos, tanto internos como geopolíticos, es el pan de cada día en la Casa Blanca.

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