Donald Trump volvió a la Casa Blanca prometiendo orden, disciplina y un equipo blindado frente al caos que marcó su primer mandato. Durante meses, pareció haberlo conseguido. La nueva Administración estaba formada por colaboradores de obediencia contrastada, perfiles alineados con su agenda y pocas voces dispuestas a discutirle en público. Pero la guerra contra Irán, el bloqueo del estrecho de Ormuz y las tensiones dentro del Pentágono han devuelto a Washington una imagen conocida: la de un presidente que gobierna rodeado de purgas, ceses fulminantes y sospechas internas.

La última pieza en caer ha sido John Phelan, secretario de la Armada, despedido tras meses de enfrentamientos con el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y con otros altos cargos del Pentágono por la reforma de la construcción naval y la reorganización de prioridades militares. Reuters informó de que Trump atribuyó su salida a discrepancias sobre la estrategia de construcción de buques, mientras The Guardian apuntó también a tensiones por el ritmo de aplicación de las directrices presidenciales y a una investigación ética en su entorno.

El cese llega en el peor momento posible para la imagen de estabilidad que Trump intentaba proyectar. Estados Unidos está inmerso en una guerra con Irán, el estrecho de Ormuz continúa convertido en un punto de fricción global y la Armada desempeña un papel central en la presión militar sobre Teherán. La Casa Blanca insiste en presentar la salida de Phelan como una decisión ordenada. Trump llegó a despedirlo en TruthSocial como “un viejo amigo” y “un empresario de gran éxito”. Pero en Washington, la lectura es otra: nadie está a salvo, ni siquiera los leales.

Un Pentágono en plena sacudida

Phelan no era un militar de carrera ni un experto clásico en defensa. Era un multimillonario coleccionista de arte, recaudador de fondos para Trump y figura cercana al presidente. Su nombramiento ya simbolizó una de las señas de identidad del trumpismo: premiar la lealtad política por encima de la experiencia institucional. Su salida, en cambio, confirma otra constante del mismo universo: la lealtad nunca garantiza permanencia.

El verdadero motor de la purga está en el Pentágono de Hegseth. El ex presentador de Fox News llegó al Departamento de Defensa con una misión ideológica: borrar lo que considera años de deriva woke en las Fuerzas Armadas y reconstruir el aparato militar bajo un discurso de nacionalismo, disciplina y beligerancia. Esa cruzada ha derivado en una cascada de ceses en puestos sensibles.

Antes de Phelan, Hegseth ya había apartado al jefe del Estado Mayor Conjunto, a la jefa de Operaciones Navales y a otros altos mandos. El 2 de abril llegó otro golpe: la salida del jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Randy George, confirmada por el Pentágono como una retirada “efectiva inmediatamente”, aunque medios estadounidenses informaron de que Hegseth había pedido su marcha.

El mensaje interno es transparente: Trump y Hegseth quieren mandos que ejecuten su visión sin fricción. En tiempos de guerra, ese criterio tiene una carga especial. Cambiar piezas en la cúpula militar puede servir para imponer disciplina política, pero también expone divisiones en una estructura que debería proyectar continuidad, solvencia y mando claro.

Irán, el frente que lo envenena todo

La guerra contra Irán se ha convertido en el gran acelerador de esas tensiones. El cierre del estrecho de Ormuz, los ataques navales, la amenaza sobre el comercio energético y la presión sobre los aliados europeos han puesto al Pentágono bajo una exigencia máxima. En ese contexto, cualquier desacuerdo interno deja de parecer una disputa burocrática y pasa a leerse como una grieta en plena campaña militar.

Trump ha endurecido su discurso hasta ordenar a los buques estadounidenses que disparen contra embarcaciones que coloquen minas en Ormuz, según el relato difundido desde su propia red social. La Casa Blanca quiere transmitir determinación. Pero, al mismo tiempo, la sucesión de salidas en Defensa proyecta una Administración que libra dos guerras: una contra Irán y otra dentro de sus propias estructuras de poder.

El frente iraní, además, se ha enquistado. No hay victoria rápida, la presión sobre los aliados crece y Europa se resiste a quedar arrastrada a una guerra directa. La tensión con la OTAN, las quejas de Washington por la falta de apoyo y el debate sobre bases, sobrevuelo y despliegues han alimentado una atmósfera de reproche permanente. En ese clima, el Pentágono no solo busca eficacia militar. También busca obediencia.

La sombra del primer mandato

La escena recuerda inevitablemente al primer Trump. Entre 2017 y 2021, el presidente convirtió la Casa Blanca en un escenario de rotación constante. Cayeron fiscales generales, secretarios de Estado, asesores de Seguridad Nacional, directores de comunicación y hasta el jefe del FBI. Dimitieron o fueron apartados 14 miembros de su Gobierno, cuatro jefes de Gabinete y varios portavoces.

Durante su regreso al poder, Trump intentó borrar esa imagen. Esta vez, parecía rodeado de una guardia pretoriana: perfiles más fieles, menos autónomos y mucho más alineados con su instinto político. Pero las últimas semanas han roto esa ilusión. La salida de Phelan se suma a las defenestraciones de Pam Bondi, Kristi Noem y Lori Chavez-DeRemer, tres bajas de alto perfil que han reactivado la sensación de fin de ciclo prematuro dentro del propio trumpismo. Al Jazeera recogió que Chavez-DeRemer fue la tercera mujer de alto rango en abandonar la Administración tras las salidas de Noem y Bondi.

Bondi cayó por la gestión de los papeles de Epstein. Noem, tras el escándalo del despliegue en Minnesota que terminó con agentes federales matando a dos ciudadanos estadounidenses. Chavez-DeRemer se marchó antes de que terminara de estallar una investigación sobre abusos de poder en el Departamento de Trabajo. Cada caso tiene su expediente. Pero todos encajan en el mismo patrón: cuando una crisis amenaza con contaminar al presidente, Trump corta por lo sano.

Hegseth, SignalGate y el próximo nombre

El otro nombre que sobrevuela todas las quinielas es el propio Hegseth. Su autoridad quedó dañada por el Signalgate, el escándalo que estalló cuando un periodista de The Atlantic acabó incluido por error en un chat privado donde altos cargos compartían planes de ataque contra los hutíes en Yemen. Aquella crisis se llevó por delante a Mike Waltz, consejero de Seguridad Nacional durante apenas 101 días, enviado después como embajador ante la ONU.

Desde entonces, Hegseth intenta sobrevivir hacia delante: más ceses, más control interno y más demostraciones de dureza. Pero en Washington ya se especula con su reemplazo. También suenan otros nombres, como Tulsi Gabbard, directora nacional de Inteligencia, debilitada tras afirmar en el Congreso que no creía que Irán estuviera cerca de obtener la bomba atómica, una posición que chocó con el relato de Trump.

La guerra contra Irán ha devuelto al presidente a su terreno más reconocible: el del mando personalista, la sospecha permanente y la lealtad como único salvoconducto. Phelan ha sido el último en comprobarlo. No necesariamente será el último. En el Pentágono de Trump, como en aquella Casa Blanca de su primer mandato, la estabilidad vuelve a parecer una excepción entre dos despidos.

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