Tres semanas de guerra y varios giros de timón después, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, está en una encrucijada. Todo parecía ir sobre ruedas en Washington en los primeros días del conflicto, después de que sus ataques en coordinación con Israel eliminaran al líder supremo Alí Jameneí en el primer día de guerra. Una eliminación de un objetivo de máximo nivel que la Casa Blanca esperaba que les acercaría a sus objetivos, bajaría la moral iraní y allanaría el camino para un cambio de régimen. Nada más lejos de la realidad: lo único que ha cambiado en Irán es el nombre del líder supremo, sustituido por su propio hijo, no se aprecia en Teherán ni un atisbo de rendición, en tanto que contestan proporcionalmente a todos los ataques que se lanzan desde Estados Unidos y Tel Aviv, y la economía internacional se ha visto afectada con el fuerte incremento de los precios del barril de petróleo tras el cierre del estrecho de Ormuz. A estos problemas sobre el terreno, hay que sumar otros dos en clave interna: por un lado, Trump está recibiendo críticas por la manera de afrontar este conflicto incluso desde sus propias filas republicanas y en el movimiento MAGA, y por otro, existe un claro choque de intereses con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, que presiona al estadounidense para introducir soldados sobre el terreno iraní, mientras que los planes de Trump no priorizan esta posibilidad.

El momento actual es muy delicado. Desde la Casa Blanca, la retórica es triunfal y simplista: vamos ganando, estamos aplastando al rival, vamos a matar a todos los líderes iraníes que sea necesario. Pero sobre el terreno la realidad es diferente y Trump ya ha tanteado la idea de reducir parcialmente las hostilidades, replegar a los suyos y desescalar la militarización del conflicto. Palos de ciego o no, contradicciones o no, lo cierto es que el republicano está recibiendo críticas de todas partes, incluso de sus propios acólitos, por cómo está afrontando la guerra. Tanto es así que le están empezando a desdeñar sus propios seguidores del movimiento MAGA, hartos de que su líder todopoderoso haya dejado de cumplir la premisa del America first que tan bien le funcionó en otros tiempos. Esto se escenifica en el rechazo a la guerra de perfiles de autoridad en este sector, como la dimisión del jefe del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, Joseph Kent, o el analista político ultraconservador Tucker Carlson, con millones de seguidores y que le aupó en campaña, pero que ahora rechaza las prácticas belicistas del magnate. Valoran que no era necesario meterse en un conflicto de este calado con un país que no suponía amenaza alguna y que las cesiones a Benjamin Netanyahu y a Israel se están yendo de las manos.

Otra cuestión a tener en cuenta es el precio de la guerra. No solamente en vidas humano, que es el coste más importante de todos, sino económico. El conflicto en Irán le cuesta a Estados Unidos alrededor de 890 millones de euros al día, y si esa cantidad de dinero se sigue yendo por el sumidero, si hay que votar un suplemento de gasto para financiar la guerra, Trump tiene problemas incluso dentro de su propio partido. El 53% de los votantes no respalda esta guerra y menos que se alargue o vaya a más, y el 74% de los estadounidenses está en contra de que se envíen tropas terrestres, a vista de los numerosos precedentes de desastre y de daño a lo largo y ancho del globo que este país tiene a sus espaldas. La OTAN también le ha dado parcialmente la espalda al imperio: algunos países miembros, entre ellos España, han optado por desligarse de las acciones estadounidenses y por no hacer el seguidismo ciego que el miembro más poderoso de la Alianza espera de sus socios. Es un conflicto que no incumbe a ninguna de estas naciones y ante el que no están dispuestos a poner medios ni económicos ni militares. A este triple rechazo (MAGA, votantes, OTAN) se suma el problema de satisfacer las presiones de Netanyahu.

Las presiones de Netanyahu

A su vez, Trump también tiene que lidiar con los desencuentros con el primer ministro israelí, que apuesta por poner soldados sobre el tererno en Irán, mientras que la Casa Blanca ya se ha retractado de ello y está hablando de reducir las ofensivas contra Teherán. 'Botas sobre el terreno' es, para ser exactos, la expresión que usa el líder sionista para referirse a la invasión del territorio persa.

Tanto Washington como Tel Aviv quieren pasar a una siguiente fase del conflicto, pero su concepción de lo que es la siguiente fase es diferente y es ahí donde surgen las dudas. Netanyahu, por su parte, entre vídeos para demostrar que está vivo, se deshace de la idea de que haya sido Israel quien haya arrastrado a Estados Unidos al conflicto. "¿Alguien realmente cree que le puede decir al presidente Trump lo que hacer? Siempre toma sus decisiones en base a lo que piensa que es bueno para Estados Unidos y para las futuras generaciones", explicaba. No obstante, es Israel quien tiene intereses políticos y expansionistas en la región, en tanto que Irán es el mayor contrapeso a su política exterior. Debilitar a Teherán le da carta blanca al ente sionista para sus movimientos regionales, con el beneplácito y apoyo de Washington. Pese a este ya habitual binomio, la Casa Blanca tiene sus exigencias con Tel Aviv: que deje de atacar instalaciones energéticas en Teherán. Pese al titubeo de Trump y a que los países europeos han dado un paso atrás, la desescalada total sigue estando lejos.

Por su parte, el politólogo iraní Daniel Bashandeh ve complicado que el conflicto termine radicalmente, incluso contando con el hecho de que Trump no desplegaría soldados estadounidenses, sino que recurriría a tropas de los aliados en el Golfo o a las milicias kurdas. Para Bashandeh, EEUU e Israel pueden dar el mensaje de que controlan el espacio aéreo, pero no considera que puedan ir mucho más allá porque "una operación terrestre es muy arriesgada". "Pero no estoy nada seguro", valora el analista, que tiene en cuenta el hecho de que el coste electoral y político de que mueran soldados estadounidenses en una operación terrestre es elevadísimo para Donald Trump. No obstante, en la guerra no hay nada escrito, y si hay un líder precisamente impredecible, es el republicano.

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