Donald Trump volvió a mover ficha en Oriente Próximo. Lo hizo a su manera, con una mezcla de amenaza, exhibición personal y volantazo de última hora. El presidente de Estados Unidos anunció una pausa de cinco días en los ataques contra infraestructuras energéticas iraníes y habló de “conversaciones muy buenas y productivas” con Teherán. El problema es que Irán negó que esas conversaciones existan. Aun así, el mensaje surtió efecto durante unas horas: cayó el petróleo, subieron las bolsas y se templó el nervio de unos inversores que llevaban días castigando la deuda estadounidense.

Ahí está el punto. Trump no ha presentado una salida sólida para la guerra. Ha intentado comprar tiempo. Tiempo para enfriar el precio del crudo, tiempo para contener el deterioro del mercado de bonos y tiempo para frenar el coste político de una escalada que empezaba a entrarle por la puerta de casa. La tregua no nace de una posición de fuerza limpia. Llega cuando la Casa Blanca ve cómo se encarece su financiación, cómo la gasolina se acerca a los 4 dólares por galón y cómo el frente exterior amenaza con mezclarse con una fragilidad fiscal que ya no se puede maquillar con consignas.

La secuencia de las últimas horas lo explica bastante bien. El lunes 23 de marzo, Trump anunció que aplazaba durante cinco días el ataque sobre la red eléctrica y otras instalaciones energéticas iraníes. El presidente lo vendió como resultado de contactos diplomáticos en marcha. Wall Street respiró: el Dow Jones cerró con una subida de 631 puntos, el S&P 500 ganó un 1,1% y el Nasdaq avanzó un 1,4%. El barril de Brent cayó por debajo de los 100 dólares y los rendimientos de la deuda del Tesoro cedieron desde los máximos recientes.

Pero el alivio duró poco. Este martes 24 de marzo, Teherán volvió a negar cualquier negociación con Washington y reanudó los ataques con misiles sobre Israel. El petróleo repuntó otra vez, el rebote de los mercados perdió fuerza y regresó la sensación de que la Casa Blanca estaba operando más sobre las pantallas que sobre el terreno. 

La deuda le marca el paso a la Casa Blanca

Trump conoce ese lenguaje. Ya sabe que una guerra en Oriente Próximo no se libra solo con bombarderos, portaaviones o mensajes en Truth Social. También se pelea en el mercado de deuda. Y ahí Estados Unidos llega muy cargado. La deuda pública del país ha superado ya los 39 billones de dólares. En el ejercicio fiscal 2025, el déficit fue de 1,775 billones, en torno al 6% del PIB, y la propia Oficina Presupuestaria del Congreso prevé que en 2026 vuelva a crecer hasta 1,853 billones, un 5,8% del PIB. Reducir ese agujero era uno de los objetivos políticos declarados por Trump. La guerra, la subida del petróleo y la presión sobre los tipos van justo en dirección contraria.

No es una amenaza abstracta. Cuando los inversores venden deuda pública, suben las rentabilidades exigidas al Tesoro. Eso encarece la financiación del Estado, complica cualquier estrategia de ajuste presupuestario y contamina el resto de la economía. La semana pasada, el castigo fue visible: el bono alemán a diez años tocó el 3%, su nivel más alto desde 2011, y en Estados Unidos la venta de deuda empujó al alza las rentabilidades largas. El lunes, antes del repliegue parcial tras el mensaje de Trump, el bono a 30 años rondaba el 4,9%-5%, el diez años se movía en la zona del 4,34%-4,37% y el dos años seguía cerca del 4%. No es un detalle técnico. Es la señal de que el mercado teme una inflación más dura y tipos altos durante más tiempo si la guerra se come la oferta energética global.

La gasolina traduce esa tensión a la calle. El precio medio en Estados Unidos se ha disparado más de un 30% desde el inicio de la guerra y ya roza los 4 dólares por galón, un umbral especialmente sensible en la política norteamericana. Reuters situó el promedio en 3,88 dólares el 19 de marzo. Otros seguimientos lo elevaban ya a 3,96 el 23 de marzo. Para una Casa Blanca que prometió disciplina económica y que ya carga con el coste inflacionario de su propia agenda arancelaria, ver cómo el combustible muerde otra vez el bolsillo de los consumidores es un problema inmediato.

Por eso la llamada tregua tiene menos de pacificación que de auxilio. Trump necesita rebajar la temperatura del crudo, relajar los bonos y cortar una hemorragia política que amenaza con dejarle sin relato. No llega a esta maniobra con crédito moral: la escalada regional, el cierre del estrecho de Ormuz y el golpe sobre los mercados son también resultado de su apuesta por la presión máxima. Y tampoco llega con margen fiscal suficiente para sostener mucho tiempo una crisis de esta magnitud sin pagar un precio alto.

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