Teresa Aranguren no es solo una de nuestras periodistas de guerra más prestigiosas. Es la memoria viva de los conflictos que han moldeado nuestro presente. Desde los Balcanes hasta Irak, pasando por su herida siempre abierta en Palestina, ha sido testigo de cómo se construyen las mentiras de Estado y cómo esa narrativa termina convirtiéndose en metralla. En esta entrevista, Aranguren desmantela el "reino de la mentira", analiza la pervivencia del pensamiento colonial en nuestras redacciones y nos advierte: si permitimos que la impunidad se normalice, lo que hoy llamamos civilización será solo un recuerdo.

 

Rubén Sánchez: Has pasado media vida entrando en ciudades de las que todos huían. ¿Qué buscas en el rostro de la gente para entender la verdad que se nos oculta?

Teresa Aranguren: Busco la realidad que la propaganda intenta borrar. Vivimos bajo un "reino de la mentira" donde el lenguaje militar ha sustituido a la ética. Recuerdo la primera guerra de Irak: en televisión veíamos "lucecitas verdes" sobre Bagdad, como si fuera una verbena. Pero abajo lo que había era carne desmembrada y cuerpos carbonizados. Mi obligación es romper ese cinismo. Términos como "daños colaterales" o "bombardeos quirúrgicos" son herramientas para que la sociedad no sienta el horror que se financia con sus impuestos. El periodismo debe devolverle el nombre a la víctima y la gravedad al crimen.

R.S.: Y si hablamos de víctimas, ¿por qué nos cuesta tanto empatizar con las de Oriente Medio frente a las europeas?

T.A.: Porque mantenemos un pensamiento colonial profundamente arraigado. En Occidente participamos de una visión supremacista. Nos creemos el centro de la civilización y el resto son solo "periferia". Tenemos muy claro que el nazismo fue el mal absoluto porque víctimas y verdugos eran europeos, sin embargo, somos incapaces de juzgar con la misma severidad los crímenes del colonialismo porque les ocurren a "otros". Esa "mala conciencia selectiva" es la que permite que miremos hacia otro lado ante un genocidio. Para el poder occidental hay vidas que valen y vidas que sobran.

R.S.: En tus análisis sueles ser muy gráfica al definir a ciertos líderes como "el puto amo". ¿Es la geopolítica actual un tablero de narcisistas peligrosos?

T.A.: Totalmente. El "Puto Amo" es ese líder, casi siempre hombre y occidental, que actúa con la arrogancia de la ignorancia. Es el perfil de dirigente que decide redibujar mapas o invadir países basándose en su propio narcisismo y en los intereses de los lobbies que lo sostienen. Actúan como si el mundo fuera su propiedad privada e ignoran las consecuencias humanas de sus decisiones. No es solo una cuestión de egos, es un sistema que premia la psicopatía política siempre que sirva al control de los recursos y a la hegemonía militar.

R.S.: Ante este posible nuevo orden mundial y ese narcisismo, ¿crees que ha muerto el Derecho Internacional en este siglo?

T.A.: No ha muerto, pero lo están dejando morir por inanición. El Derecho Internacional se ha convertido en una herramienta que solo se saca del cajón para señalar al enemigo. Es una hipocresía insoportable. Nos escandalizamos por las violaciones de derechos humanos en países que no nos gustan, pero protegemos y armamos a estados que cometen crímenes de guerra a plena luz del día porque son nuestros aliados. Cuando se permite que un Estado ignore sistemáticamente las resoluciones de la ONU sin ninguna consecuencia, lo que se está destruyendo es el propio concepto de justicia universal. Estamos volviendo a la ley de la selva.

R.S.: ¿Es la paz un mal negocio para las potencias actuales?

T.A.: La guerra es una industria inmensa y muy rentable. No hablo solo de la venta de armas, que por supuesto, sino del control estratégico de la energía y las rutas comerciales. Pero hay un factor de dominación psicológica: la guerra permite mantener a la población en un estado de miedo constante, lo que facilita el recorte de libertades. La paz requiere diplomacia, cesión y reconocimiento del otro como igual. La guerra, en cambio, solo requiere un enemigo deshumanizado. Y hoy la maquinaria de propaganda es experta en fabricar enemigos a medida.

R.S.: Hablemos de Irán y el escenario de guerra que se plantea. ¿Crees que estamos ante el inicio del fin del "triunfalismo" de figuras como Donald Trump?

T.A.: Creo que estamos viendo el inicio del fin de ese modelo. Lo que marca este declive es el hecho de que sus supuestos aliados, que a menudo actúan más como servidores, como los países europeos y la OTAN, le han dicho que no a implicarse en una guerra en el Estrecho de Ormuz contra Irán. Ese rechazo marca un punto de inflexión. Cuando el delirio belicista de un líder empieza a chocar con la realidad económica y los intereses de sus propios socios, su momento de triunfo empieza a desmoronarse. El "Puto Amo" solo lo es mientras los demás aceptan ser sus vasallos.

R.S.: Después de ver tanto horror, ¿qué es lo que te permite no caer en el cinismo y seguir creyendo en el ser humano?

T.A.: La dignidad de las víctimas. He visto más humanidad en un refugio bajo las bombas que en muchos despachos oficiales. Recuerdo a la gente en Palestina o en Irak ofreciéndote lo poco que tenían y manteniendo el cuidado mutuo en medio de la destrucción. Esa capacidad de resistencia, ese empeño en seguir siendo humanos cuando todo el entorno te empuja a la barbarie, es lo único que me reconcilia con nuestra especie. El "reino de la mentira" es poderoso, pero no es invencible mientras alguien siga contando la verdad de los que no tienen voz.

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