El fujimorismo vuelve al poder en Perú, y no lo hace como una simple alternancia democrática, sino como el retorno de una corriente política que durante décadas ha partido al país entre quienes la identifican con el orden y quienes la recuerdan como sinónimo de autoritarismo, corrupción y desprecio por los derechos humanos. La victoria de Keiko Fujimori por un margen estrechísimo (poco más de 40.000 votos) no cierra ninguna etapa; al contrario, reabre una de las heridas más profundas de la historia reciente peruana.

La heredera política de Alberto Fujimori llega al Palacio de Gobierno con una legitimidad electoral ajustada, pero sin un mandato social amplio. Medio país la ha votado y el otro medio la rechaza, una fotografía que resume con crudeza el nuevo escenario político peruano: un país dividido prácticamente en dos y obligado a convivir con el regreso de un apellido que nunca terminó de marcharse.

El clan que convirtió el orden en coartada

El fujimorismo ha construido buena parte de su éxito sobre una palabra: orden. Orden frente al caos, orden frente a la crisis, orden frente al miedo. Pero en la historia peruana ese concepto tiene un reverso oscuro, porque Alberto Fujimori llegó al poder como un outsider y terminó gobernando con una concentración de poder incompatible con una democracia plena.

El autogolpe de 1992, la persecución a opositores, la red de corrupción tejida junto a Vladimiro Montesinos y las graves violaciones de derechos humanos dejaron una marca imborrable. Para la derecha peruana y para buena parte de las élites económicas, el fujimorismo representó estabilidad y mano dura; para amplios sectores populares, indígenas, campesinos y víctimas del Estado, significó miedo, abuso y silencio.

Keiko Fujimori no hereda solo un apellido, sino una forma de entender el poder. Su victoria devuelve al centro del Estado a una tradición política que ha hecho de la seguridad un argumento para endurecer la democracia, de la estabilidad económica una excusa para blindar privilegios y de la lucha contra el caos una fórmula para justificar excesos.

El margen mínimo con el que Keiko Fujimori se impone a su adversario es políticamente revelador. No hay ola fujimorista, no hay mandato arrollador y no hay reconciliación nacional en torno a su figura. Hay una mitad del país que ha optado por ella y otra mitad que mira su llegada al poder con preocupación.

«¡Ni blanca ni manchada, Keiko nunca!», reza una pancarta cuando cientos de personas se congregaron en las calles de Lima para protestar contra la candidatura de Keiko Fujimori a la presidencia del Perú. EP.

Ese dato debería marcar el inicio de su mandato. Perú no ha dado un cheque en blanco al clan Fujimori, sino que ha expresado su agotamiento ante una crisis política permanente, ante instituciones debilitadas y ante una izquierda incapaz muchas veces de articular una alternativa sólida, reconocible y mayoritaria. El regreso de Keiko también habla de los fracasos de sus adversarios, pero sería un error interpretar su victoria como una absolución histórica del fujimorismo.

El miedo como programa político

El fujimorismo ha sabido moverse con habilidad en un país cansado de presidentes fugaces, Congresos bloqueados, escándalos de corrupción y una inseguridad creciente que erosiona la vida cotidiana. En ese escenario, Keiko ha vuelto a ofrecer una receta conocida: autoridad, firmeza y disciplina.

El problema es que en América Latina esos conceptos suelen llegar cargados de consecuencias cuando no van acompañados de derechos, justicia social e instituciones fuertes. La izquierda peruana tiene parte de responsabilidad en este desenlace por su fragmentación, sus errores de gestión y su incapacidad para conectar con sectores amplios, pero el triunfo de Keiko no puede leerse solo como castigo a sus rivales. También expresa la persistencia de una cultura política conservadora que acepta recortes democráticos si vienen envueltos en promesas de seguridad.

Ahí está el riesgo: que el país confunda estabilidad con obediencia, que la lucha contra la delincuencia se convierta en carta blanca y que la promesa de crecimiento económico vuelva a beneficiar principalmente a quienes siempre han tenido acceso al poder.

El Perú invisible vuelve a quedar en segundo plano

Uno de los grandes problemas del fujimorismo ha sido siempre su relación con el Perú profundo. El país andino, rural, indígena y empobrecido no suele ocupar el centro de su proyecto político salvo como territorio a controlar, pacificar o administrar desde Lima. El retorno de Keiko amenaza con reforzar esa fractura histórica.

Perú no está dividido solo entre derecha e izquierda. Está dividido entre capital y periferia, entre élites urbanas y comunidades olvidadas, entre quienes han disfrutado del crecimiento económico y quienes apenas han recibido sus migajas. El fujimorismo ha sido hábil en presentarse como defensor de los sectores populares, pero su proyecto económico y político ha estado tradicionalmente alineado con los grandes intereses empresariales, con una visión dura del orden público y con una concepción limitada de los derechos sociales.

Por eso su regreso inquieta a quienes ven en esta victoria no una solución a la crisis peruana, sino la restauración de un modelo que ya demostró sus límites: crecimiento sin igualdad, autoridad sin memoria y gobernabilidad sin justicia.

El apellido vuelve, la herida también

Keiko Fujimori llega al poder con una oportunidad y una carga. La oportunidad consiste en demostrar que puede gobernar sin reproducir los peores reflejos del clan; la carga es que nadie puede entender su victoria sin mirar hacia atrás. El fujimorismo nunca fue solo un partido, sino una forma de ejercer el poder, una cultura política y una red de lealtades construida sobre la idea de que el fin justifica los medios si el resultado se presenta como orden.

Ese es el debate que vuelve ahora a Perú. No se trata únicamente de si Keiko será capaz de gobernar un país dividido, sino de si Perú está dispuesto a normalizar de nuevo una tradición política que erosionó las instituciones, persiguió adversarios y dejó víctimas que todavía esperan pleno reconocimiento.

La presidenta electa podrá invocar la unidad nacional, hablar de reconciliación y prometer estabilidad, pero la reconciliación no se decreta desde un balcón ni se construye sobre el olvido. La victoria de Keiko Fujimori demuestra que el clan sigue teniendo fuerza, pero también confirma que Perú no ha resuelto su gran dilema democrático: cómo construir futuro sin blanquear uno de los pasados más oscuros de su historia reciente.

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