Hablar hoy de los hutíes es hablar de uno de los actores más decisivos y, al mismo tiempo, más complejos del actual tablero de Oriente Medio. Su nombre aparece cada vez con más frecuencia ligado a ataques en el mar Rojo, misiles lanzados hacia Israel, bombardeos de Estados Unidos o a la larga guerra de Yemen. Pero detrás de esos titulares hay una historia mucho más profunda. Se trata de un movimiento que nació en las montañas del norte yemení, arraigado en una comunidad religiosa concreta, y que terminó convirtiéndose en una fuerza militar y política con influencia regional. Si los hutíes entran, como parece, en la Guerra de Irán apoyando a los persas, EEUU e Israel se encontrarán con un grave problema añadido al ya complejo escenario bélico.
Los hutíes, también conocidos como Ansar Alá - “Partidarios de Dios” -, son un movimiento insurgente y político surgido en Yemen en la década de los noventa. Aunque a menudo se les presenta únicamente como una milicia proiraní, su origen es bastante más local y está vinculado a las tensiones históricas del propio Yemen como la marginación del norte del país, la pugna religiosa entre corrientes del islam y la debilidad de un Estado incapaz de integrar sus distintas realidades tribales, sociales y territoriales.
Un movimiento nacido del malestar en el norte de Yemen
Para entender quiénes son los hutíes hay que mirar primero a Yemen, un país marcado durante siglos por divisiones internas. En el norte predominó históricamente la comunidad zaidí, una rama del islam chií con presencia casi exclusiva en Yemen. Durante siglos, los zaidíes tuvieron un papel central en el poder político, pero esa posición fue debilitándose con la transformación del país y, sobre todo, con la expansión de corrientes suníes más conservadoras, muchas de ellas impulsadas desde Arabia Saudí.
En ese contexto nació el movimiento hutí. Su germen fue una organización llamada Juventud Creyente, fundada en 1992 en la provincia de Saada, en el norte del país. En principio, se trataba de una iniciativa religiosa y cultural orientada a revitalizar la identidad zaidí entre los jóvenes. Organizaban campamentos, actividades educativas y espacios de formación. No era, al menos en su origen, una estructura armada.
Sin embargo, el deterioro de la situación política y el creciente descontento con el régimen del entonces presidente Ali Abdullah Saleh fue radicalizando al grupo. A la cabeza de ese proceso estuvo Hussein Badreddin al-Houthi, figura fundamental en la historia del movimiento y de cuyo apellido deriva el nombre con el que el grupo acabaría siendo conocido.
Su auge solo puede entenderse a partir de la combinación de varios factores como la marginación histórica del norte yemení, la crisis del Estado, la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán, el vacío dejado por la transición fallida tras la Primavera Árabe y la capacidad del movimiento para convertir un discurso identitario en una fuerza armada con vocación de poder. Por eso, reducirlos a la etiqueta de “rebeldes” resulta insuficiente. Son mucho más que eso. Son el reflejo de un Yemen fracturado, pero también una pieza decisiva del nuevo equilibrio regional.
De la reivindicación religiosa a la insurgencia armada
Hussein al-Houthi denunció abiertamente la corrupción del régimen yemení y su sometimiento, según su visión, a los intereses de Arabia Saudí y de Estados Unidos. La invasión de Irak en 2003, el clima regional y la creciente tensión interna en Yemen aceleraron el conflicto. Fue también en esos años cuando el grupo adoptó la consigna que le ha dado gran parte de su identidad pública: “Dios es grande, muerte a Estados Unidos, muerte a Israel, maldición a los judíos y victoria al islam”.
La confrontación con el poder central no tardó en desembocar en violencia abierta. En 2004, el Gobierno intentó detener a Hussein al-Houthi. La operación acabó con su muerte, pero lejos de desactivar el movimiento, encendió definitivamente la insurgencia. Desde entonces, los hutíes libraron varias guerras contra el Estado yemení en el norte del país, en una serie de enfrentamientos conocidos como las guerras de Saada.
Tras la muerte de Hussein, el liderazgo pasó a manos de su hermano, Abdul Malik al-Houthi, que continúa al frente del movimiento. Bajo su mando, los hutíes dejaron de ser un foco rebelde local para transformarse en una organización político-militar mucho más disciplinada, con capacidad para combinar discurso ideológico, alianzas tribales y resistencia armada.
La Primavera Árabe y el salto hacia el poder
El gran punto de inflexión llegó con la crisis política que atravesó Yemen a partir de 2011, en el marco de la llamada Primavera Árabe. Los hutíes participaron en las protestas contra Saleh y trataron de ganar espacio en el nuevo escenario político que se abrió tras su salida del poder.
Formaron parte del proceso de diálogo nacional impulsado para reorganizar el país, pero pronto chocaron con el modelo de transición planteado. Rechazaron, especialmente, el proyecto de dividir Yemen en varias regiones federales, porque entendían que esa fórmula debilitaba su influencia y fragmentaba las zonas bajo su control.
En medio del caos político, la debilidad institucional y el desgaste del Gobierno de transición, los hutíes aprovecharon para ampliar su poder territorial. En 2014 tomaron Saná, la capital yemení, y poco después consolidaron su dominio sobre buena parte del norte del país. En 2015 ocuparon el palacio presidencial y forzaron la caída del Gobierno reconocido internacionalmente. Fue ese movimiento el que internacionalizó por completo el conflicto.
La conquista de Saná por parte de los hutíes desencadenó la intervención militar de una coalición liderada por Arabia Saudí, que acudió en apoyo del Gobierno yemení reconocido internacionalmente. Comenzaba así una guerra devastadora que se prolonga hasta hoy y que ha convertido a Yemen en uno de los peores escenarios humanitarios del planeta. Desde entonces, los hutíes combaten no solo contra las fuerzas del Gobierno yemení, sino también contra una compleja red de enemigos y rivales como son la coalición saudí, milicias locales, grupos yihadistas y, en determinados momentos, fuerzas vinculadas al expresidente Saleh, que primero fue su aliado y después acabó enfrentado a ellos.
Pese a años de bombardeos, bloqueos y ofensivas, los hutíes no solo han resistido, sino que han consolidado su control sobre amplias zonas del país, incluida la capital. Eso les ha permitido construir una suerte de administración paralela, con instituciones, sistemas de seguridad, tribunales y mecanismos de control social en los territorios que dominan.
¿Qué ideología tienen?
Los hutíes combinan varios elementos en su identidad política. Por un lado, mantienen un fuerte componente religioso ligado al zaidismo, la rama del islam chií a la que pertenecen la mayoría de sus bases tradicionales. Por otro, han construido un discurso nacionalista, antiimperialista y antioccidental, centrado en la denuncia de la influencia de Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí en la región. Ese discurso les ha permitido presentarse como una fuerza de resistencia frente a la injerencia extranjera y a la corrupción de las élites yemeníes. También les ha ayudado a ampliar apoyos más allá de su núcleo original, incorporando a sectores descontentos que no necesariamente comparten su identidad religiosa.
No obstante, su ideología también tiene un marcado tono autoritario y sectario en algunos aspectos. Su lema, su propaganda y parte de sus prácticas han sido ampliamente criticados por organizaciones internacionales, especialmente por el trato a la oposición, las restricciones a las libertades y las denuncias de violaciones de derechos humanos en las zonas bajo su control.
La relación con Irán, un apoyo real, pero también autonomía
Uno de los debates más recurrentes sobre los hutíes gira en torno a su relación con Irán. Sus adversarios los presentan como una simple extensión de Teherán en la península arábiga. Sin embargo, la realidad parece más compleja.
Es evidente que existe una afinidad política e ideológica con el llamado “eje de resistencia” que lidera Irán en la región, en el que también se integran Hezbolá y otras milicias aliadas. También hay abundantes indicios de apoyo iraní en forma de entrenamiento, asesoramiento y transferencia de tecnología militar, especialmente en materia de drones y misiles.
Pero al mismo tiempo, numerosos análisis sostienen que los hutíes no actúan como un mero apéndice de Irán. Tienen agenda propia, raíces locales profundas y una capacidad de decisión autónoma que responde, más que nada, a la lógica interna del conflicto yemení y a sus propias ambiciones de poder. En otras palabras: Irán los apoya, pero no los explica por completo.
Quizá el cambio más llamativo de los últimos años es que los hutíes han dejado de ser percibidos únicamente como una milicia yemení. Han demostrado una creciente capacidad militar, con uso de misiles balísticos, drones de largo alcance, minas navales y ataques contra infraestructuras estratégicas.
Durante la guerra de Yemen han lanzado ataques contra territorio saudí y emiratí, golpeando aeropuertos, instalaciones energéticas y objetivos militares. Eso ya los situó en una dimensión regional. Pero el salto definitivo llegó con la guerra entre Israel y Hamás iniciada en octubre de 2023.
A partir de entonces, los hutíes comenzaron a lanzar misiles hacia Israel y a atacar barcos en el mar Rojo y el golfo de Adén, alegando que actuaban en solidaridad con los palestinos y contra las rutas vinculadas a Israel. Esas operaciones alteraron el tráfico marítimo internacional en una de las rutas comerciales más estratégicas del planeta, la del estrecho de Bab el-Mandeb, clave para el transporte global de mercancías. Con ello, Yemen dejó de ser para muchos un conflicto periférico y los hutíes se colocaron de lleno en el centro de la geopolítica mundial.
Por qué Estados Unidos los ataca
La implicación de Estados Unidos y del Reino Unido en ataques contra posiciones hutíes responde precisamente a esa dimensión internacional del conflicto. Washington considera que los ataques del grupo contra barcos comerciales amenazan la libertad de navegación y ponen en riesgo el comercio global, además de desestabilizar aún más una región ya explosiva. ahora, su posible entrada en la guerra en defensa de Irán, crea un escenario mucho más grave y bélico.
Los hutíes, por su parte, presentan esos ataques como parte de una ofensiva política y moral contra Israel y sus aliados. Ese discurso les ha permitido reforzar su imagen ante parte del mundo árabe como un actor dispuesto a confrontar directamente con potencias occidentales, aunque esa narrativa convive con la dura realidad de la guerra yemení y con las acusaciones de abusos internos.
En la actualidad, los hutíes controlan el noroeste de Yemen y la capital, Saná, es decir, la zona donde vive una parte muy significativa de la población del país. En esos territorios ejercen un poder efectivo, no solo militar, sino también administrativo y policial.
Han construido estructuras propias de gobierno, recaudación, justicia y propaganda. Sus partidarios sostienen que han aportado cierto orden en regiones abandonadas durante años por el Estado. Sus detractores denuncian, en cambio, que ese control se ejerce mediante represión, detenciones arbitrarias, adoctrinamiento y restricciones severas sobre la población, especialmente sobre las mujeres y los disidentes. Por otra parte, diversos organismos internacionales y organizaciones de Derechos Humanos han informado de denuncias por reclutamiento de menores, toma de rehenes, desvío de ayuda humanitaria o persecución de opositores.
Hoy, entender a los hutíes es entender una parte esencial del presente de Oriente Medio. Su evolución demuestra cómo un movimiento surgido en una provincia montañosa y pobre pudo convertirse en un actor con capacidad para desafiar al Estado yemení, resistir a Arabia Saudí, alterar las rutas marítimas del mar Rojo y entrar en confrontación indirecta con Estados Unidos e Israel.
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