Perú vuelve a mirar de reojo a sus urnas. La candidata del partido ultraderechista Fuerza Popular, Keiko Fujimori, se consolida como favorita en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales celebradas este domingo, aunque el país sigue pendiente de un recuento que puede prolongar durante días la batalla electoral frente al candidato izquierdista de Juntos por el Perú, Roberto Sánchez.

Con el 52,2% del escrutinio completado, según los últimos datos de la Oficina Nacional de Procesos Electorales, Fujimori obtiene el 52,7% de los votos y aventaja a Sánchez, que queda por detrás en el recuento oficial provisional. La diferencia, aunque favorable a la líder fujimorista, no ha cerrado todavía el desenlace de unos comicios marcados por la polarización, la desconfianza política y el recuerdo de anteriores procesos electorales resueltos por márgenes mínimos.

La prudencia domina el clima político peruano. Ni Fujimori puede proclamarse aún vencedora ni Sánchez queda definitivamente fuera de la carrera mientras sigan pendientes actas por procesar, votos del exterior y posibles incidencias que deban ser revisadas por los organismos electorales. En un país acostumbrado a desenlaces traumáticos, cada nuevo avance del escrutinio puede alterar el relato de la noche electoral.

Un país pendiente de cada acta

La jornada de votación se desarrolló entre las 7.00 y las 17.00 horas, entre las 14.00 y las 00.00 horas en la España peninsular. En total, las autoridades electorales instalaron 92.766 mesas de votación en todo el país. De ellas, 2.260 correspondieron a Lima Metropolitana y a la provincia constitucional del Callao, zonas especialmente vigiladas después de los graves problemas logísticos registrados en la primera vuelta por el reparto de material electoral.

La segunda vuelta ha enfrentado dos proyectos antagónicos. Fujimori ha basado su campaña en un discurso de orden, seguridad y mano dura contra la criminalidad, además de la defensa de políticas económicas favorables a la inversión privada. Sánchez, por su parte, ha intentado movilizar al electorado popular, rural y progresista con promesas de mayor intervención del Estado, reformas sociales y una agenda de cambio institucional.

El resultado provisional vuelve a evidenciar la fractura territorial y política de Perú. El fujimorismo mantiene una fuerte implantación en sectores urbanos y conservadores, mientras la izquierda busca resistir con el voto del interior del país y de las zonas históricamente más castigadas por la desigualdad. Esa división, más que una simple diferencia electoral, refleja dos formas enfrentadas de entender el futuro del país.

Las autoridades electorales han tratado de cortar de raíz cualquier narrativa de fraude. El jefe del Jurado Nacional de Elecciones, Roberto Burneo, aseguró en rueda de prensa que “no ha habido fraude” y que “todo ha sido debidamente llevado”. También negó “tajantemente cualquier narrativa de fraude o que busque desmerecer la legitimidad del proceso electoral”, al tiempo que apeló a la responsabilidad de las instituciones, los partidos y la ciudadanía.

El llamamiento no es menor. Perú arrastra años de inestabilidad, con presidentes destituidos, Congresos enfrentados al Ejecutivo, protestas sociales y una creciente pérdida de confianza en sus instituciones. En ese contexto, una elección ajustada puede convertirse fácilmente en una nueva fuente de tensión política si los candidatos o sus entornos cuestionan el resultado antes de que concluya el recuento oficial.

Más de 27 millones de peruanos fueron convocados a las urnas. También pudieron votar 1.210.813 ciudadanos residentes en el extranjero, para lo cual numerosas embajadas y consulados permanecieron abiertos durante la jornada. Ese voto exterior puede tener relevancia en un escenario de márgenes estrechos, especialmente si el escrutinio final se aproxima más de lo previsto.

Para Keiko Fujimori, esta elección representa una nueva oportunidad de llegar a la Presidencia tras varios intentos fallidos. Su eventual victoria supondría el regreso del fujimorismo al poder tres décadas después del Gobierno de Alberto Fujimori, una etapa marcada por el autoritarismo, las violaciones de derechos humanos y la corrupción. Para sus seguidores, la candidata encarna una promesa de estabilidad y orden; para sus detractores, representa el retorno de una derecha dura asociada a uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente del país.

Sánchez, mientras tanto, confía en que el avance del recuento reduzca la ventaja de su rival. Su candidatura ha pedido esperar a que se computen todas las actas antes de reconocer cualquier resultado definitivo. La izquierda peruana sabe que sus opciones dependen de los votos aún no procesados y de la capacidad de mantener cohesionada a su base electoral en las próximas horas.

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