La ocupación israelí ha alcanzado sus máximos en los últimos 44 años. En otras palabras, el ejército israelí no controlaba tanto territorio ajeno desde 1982, cuando ejecutó la devolución del Sinaí a Egipto y sus tropas pusieron fin al cerco de Beirut tras abandonar la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Líbano hacia Túnez. En el contexto actual, en el que se entremezcla el genocidio palestino, el poder militar por el poder militar y el apoyo o la neutralidad internacional sobre lo que allí ocurre, el ente sionista ha expandido su control unos 1.000 kilómetros cuadrados en menos de tres años.

La expansión territorial no se limita únicamente a los Territorios Palestinos ocupados. En Líbano, las tropas israelíes acaban de llegar a las puertas de la ciudad de Nabatiye y avanzan derruyendo todo lo que encuentran a su paso, en tanto que los registros oficiales estiman que han destruido unas 36.000 viviendas en apenas tres años, y en Siria, el ente sionista controla 235 kilómetros cuadrados más allá de los Altos del Golán.  

En Gaza, donde las políticas expansionistas israelíes van acompañadas de un genocidio, el ente sionista vulnera abiertamente el acuerdo de alto el fuego y empequeñece constantemente la Franja: los textos legales establecen que debería controlar un 53% del territorio, pero ha modificado unilateralmente la línea divisoria para seguir ganando terreno y ahora supera el 60%, en un aumento que no se quedará ahí, puesto que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha ordenado elevarlo al 70%, en una cifra que podrá incluso seguir aumentando. "Hemos cambiado nuestro concepto de seguridad. Iniciamos, atacamos y hemos creado tres zonas de seguridad profunda dentro de territorio enemigo, argumentaba el líder de Tel Aviv en marzo.

Creación y ampliación constante de asentamientos en territorio ajeno

El ansia expansionista va acompañada de la creación constante de asentamientos, de pogromos contra la población palestina y de desplazamientos forzosos. Dentro de Israel, conviven dos visiones favorables: por un lado, los partidarios de aumentar la militarización, y por otro, los nacionalistas religiosos que anhelan el Gran Israel bíblico, que incluye Israel, Palestina e incluso a buena parte de los países vecinos. Paralelamente, la mayoría social es indiferente o favorable a los bombardeos, las ocupaciones y los desplazamientos desde el 7 de octubre de 2023, que supuso un fuerte punto de ruptura y que el Gobierno israelí utiliza constantemente como herramienta legitimadora del genocidio.

La política exterior agresiva de Tel Aviv durante los últimos años contrasta, además, con la dinámica que venía imponiéndose en el último medio siglo. Israel se venía deshaciendo de algunos territorios que ocupaba y estaba más abierta a acuerdos con sus adversarios: en 1982, cuando comenzó esta desescalada, se retiró por completo del Sinaí tras haberlo tomado quince años atrás en la Guerra de los Seis Días de 1967, en el marco de la paz con Egipto. Una década más tarde, sin que ello supusiera retirarse de Cisjordania, permitió un autogobierno limitado con los Acuerdos de Oslo con los palestinos, y llegó a negociar con Damasco la devolución de los Altos del Golán, y en la década de los 2000, el entonces primer ministro, Ehud Barak, retiró unilateralmente todos los soldados y colonos de Gaza en el conocido como Plan de Desconexión que muchos en el actual Gobierno, el más derechista de la historia del país, lamentan. Todos estos procesos, no obstante, no han significado que la opresión haya cesado en ningún momento: Gaza no dejó entonces de estar bajo ocupación militar, al mantener Israel en las dos décadas siguientes el control sobre sus espacios aéreo, marítimo y electromagnético, sumados a un cerco y a ofensivas puntuales que alcanzaron nuevos horizontes de violencia en octubre de 2023.

1000 kilómetros cuadrados más en tres años

El cambio de paradigma y estrategia se produjo en un abrir y cerrar de ojos. Hay que remontarse al 9 de octubre de 2023, apenas dos días después del ataque de Hamás, para encontrar el primer aviso de Netanyahu. "Vamos a cambiar Oriente Próximo. Este es solo el principio", fueron sus palabras textuales. En las dos semanas siguientes, el entonces ministro de Exteriores, Eli Cohen, adelantó que Gaza "habrá decrecido cuando acabe la guerra", y su sucesor inmediato, Gideon Saar, alegó que "quien empieza una guerra contra Israel debe perder territorio", a pesar de que tal conflicto llevaba abierto durante décadas, al igual que la ocupación. Uno de los rasgos más habituales de esta clase de movimientos israelíes es que comienzan con comunicados alegando que se trata de operaciones temporales o puntuales ante presuntas amenazas, pero meses más tarde los políticos sionistas se jactan de la conquista y se niegan a devolver los territorios ocupados.

El pasado viernes, de hecho, Netanyahu aseguraba que sus tropas seguirán controlando indefinidamente la zona que comprende desde el Líbano hasta el río Litani, con una única concesión a futuro para la retirada, y sin siquiera prometerlo: el desmantelamiento de Hezbolá. Esa zona es, para Israel, lo que denominan como "zona de amortiguación". Casi 600 kilómetros cuadrados con siete bases militares en los que bombardean y provocan desplazamientos forzosos incluso más allá de esas fronteras. En la práctica, casi 2.000 kilómetros cuadrados, una quinta parte del país, son ya inaccesibles a los residentes.

En Siria, Israel ocupaba desde 1967 los Altos del Golán, donde la población colona se ha duplicado, pero en diciembre de 2024, cuando cayó el Gobierno de Bashar Al-Assad, aprovechó la tensión para bombardear elementos militares sirios y expandir su dominio territorial. Inicialmente lo presentaron como una pequeña operación en presunta defensa de un casco azul, pero se tradujo en la toma del lado sirio del Monte Hermón y toda la zona desmilitarizada de Siria. No existen mapas oficiales sobre estos datos, pero las imágenes por satélite revelan nuevas posiciones y asentamientos cerca de la frontera con Jordania, que se traducen en 235 kilómetros cuadrados más en manos israelíes, en unas posiciones de las que Israel Katz, ministro de defensa israelí, dejó claro que no se moverían "ni un milímetro".

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