Estamos en un momento de ruptura. La caída de Viktor Orbán en Hungría ha dejado a la ultraderecha europea sin su faro ideológico y, lo que es más grave para algunos, sin su principal respaldo financiero. En este escenario de orfandad, formaciones como Vox se enfrentan a una tormenta interna que amenaza con fragmentar su estructura. Para entender este terremoto, nos sentamos con Miquel Ramos, analista y autor de investigaciones clave sobre el odio y las sociedades secretas en España. Ramos ha dedicado su vida a poner nombre y apellidos a quienes prefieren actuar en la sombra para condicionar nuestra democracia.
Pregunta: Has dedicado tu carrera a rastrear los hilos de la reacción conservadora. ¿Cómo cambia el mapa europeo la caída de Viktor Orbán?
Respuesta: Orbán no era solo un líder político, era el modelo a seguir. Representaba el éxito de la democracia iliberal, ese sistema donde se mantienen las formas pero se vacía el contenido democrático. Su caída supone el fin de un refugio seguro para las tesis más radicales. Hungría era el laboratorio donde se probaban las leyes contra los colectivos vulnerables y el control de la prensa que luego otros querían importar. Sin ese referente, la extrema derecha europea pierde su brújula y su validación institucional más potente. Ahora les toca explicar por qué su modelo ideal ha colapsado ante su propia gente.
P: Vox parece haber perdido a su referente y también a su banquero. ¿Estamos ante una crisis de supervivencia o ante una mutación del partido?
R: Estamos viendo una tormenta perfecta de factores internos y externos. La dependencia de Vox con el modelo húngaro era total, tanto en lo ideológico como en lo estratégico. Al desaparecer ese apoyo, las costuras del partido empiezan a saltar. La crisis de Vox no es solo por la pérdida de votos, sino por la falta de un horizonte claro. Cuando el líder en el que te espejas cae, tu discurso pierde fuerza. Es posible que veamos una mutación hacia algo más atomizado o radicalizado, pero el daño en su línea de flotación ya es evidente. La extrema derecha española está hoy más huérfana y dividida que nunca.
P: En tus investigaciones sobre El Yunque describes una estructura invisible. ¿Cómo puede una organización secreta condicionar la política de un país democrático?
R: El Yunque no opera como un partido clásico, sino como un pulpo con muchos tentáculos. Su estrategia es la infiltración en las instituciones, los medios de comunicación y el sistema judicial. No necesitan presentarse a las elecciones porque ya tienen a personas situadas en puestos clave que responden a su agenda ultracatólica y reaccionaria. Utilizan plataformas civiles, asociaciones de abogados y medios digitales para mover el marco del debate público. Su éxito reside precisamente en que nadie sabe quiénes son ni a quién rinden cuentas, lo que les permite erosionar la democracia desde dentro sin pasar por las urnas.
P: Hablas a menudo de la "industria del odio" que se nutre de la polarización. ¿Es el odio una herramienta electoral o el último fin?
R: Es ambas cosas. El odio es el motor más potente para movilizar a una parte del electorado que se siente desplazada o con miedo al futuro. Pero también es un fin porque busca deshumanizar al adversario para que cualquier medida contra él parezca legítima. La estrategia es clara: fabricar un enemigo interno, ya sean los inmigrantes, las feministas o los periodistas críticos, y culparlos de todos los males sociales. Una vez que consigues que la sociedad deje de ver al otro como un igual, el camino hacia el autoritarismo está despejado. La industria del odio genera beneficios políticos inmediatos pero destruye la convivencia a largo plazo.
P: Muchos periodistas y activistas denuncian un acoso judicial constante. ¿Es el ‘lawfare’ la nueva frontera de la censura?
R: Sin duda. Cuando no pueden silenciarte con argumentos, utilizan los tribunales para agotarte económica y psicológicamente. No buscan ganar el juicio, buscan que dejes de investigar o de publicar por miedo a las consecuencias. Es una herramienta de desgaste que utiliza recursos legales de forma abusiva para paralizar a quienes denuncian los abusos del poder. El problema es que esta estrategia cuenta a menudo con la complicidad de sectores de la judicatura que comparten esa agenda ideológica. El acoso judicial es hoy una de las mayores amenazas para la libertad de información y el activismo social en España.
P: Con este escenario de fragmentación y pérdida de referentes, ¿hacia dónde se dirige la extrema derecha ahora?
R: La extrema derecha es experta en el camuflaje. No van a desaparecer, simplemente van a cambiar de piel. Probablemente veamos un auge de movimientos más centrados en la batalla cultural y menos en la gestión política directa. Se centrarán en las redes sociales y en canales de comunicación alternativos para seguir inoculando su discurso de sospecha y odio. Su objetivo ahora es resistir y esperar a que una nueva crisis económica o social les permita presentarse de nuevo como los salvadores. No podemos bajar la guardia porque su red de poder en la sombra sigue intacta, independientemente de quién ocupe el liderazgo oficial en cada momento.
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