Alemania no se ha desplomado. No es el retrato de una ruina institucional. Tampoco un país sin Estado. Pero el primer año de Friedrich Merz como canciller deja una sensación cuanto menos inquietante: la de una potencia que sigue en pie, pero que ha perdido el lustre del pasado. El democristiano ascendió a la cúspide del poder teutón entre promesas de orden, recuperación del músculo económico de antaño, control migratorio y una reinstauración de la autoridad frente a la erosión que le atribuyen al legado del socialdemócrata Olaf Scholz. 365 días después, el balance es mucho más áspero: una coalición desgastada, una economía sin velocidad, una ultraderecha más fuerte y un encontronazo con Donald Trump que ha situado al país ante el espejo de su decadencia estratégica.
Merz gobierna a tientas entre la espada flamígera de Washington y la no menos incandescente pared de la AfD. Los márgenes de la geopolítica y las cuestiones intestinas aprietan su aniversario. Fuera, Trump está dispuesto a castigar a sus títeres – así concibe el magnate las relaciones diplomáticas – que no se ciñan a su guion imperialista. Dentro, un resurgimiento cuasi neonazi que no deja de crecer pese al endurecimiento migratorio del Ejecutivo. La dicotomía es cruel para el canciller, que cuanto más firmeza trata de proyectar, más se beneficia la extrema derecha y cuanto más trata de fomentar su autonomía con respecto a la Casa Blanca, ésta le da un tirón de orejas para devolver al carril del servilismo otanista.
Merz quiso hacer de la seguridad, el control y la autoridad del Estado una bandera de su Gobierno. Su frase sobre el cambio en “la imagen de muchas ciudades alemanas” no fue baladí. Fue un diagnóstico político calculado y dirigido a un electorado nostálgico que reduce toda la problemática alemana a las tensiones en los barrios y la pérdida del control institucional. Un terreno minado, especialmente para una derecha cristiana encorsetada históricamente en la corrección. La altisonancia populista es terreno ignoto. Cada referencia al orden urbano conecta - explícita o implícitamente – con la inmigración. O bien con la transformación demográfica. En cualquier caso, caladeros que la extrema derecha lleva años explotando.
Es ahí donde aparece la primera gran grieta en su primera efeméride. Merz endureció la política migratoria con tijeretazos a las solicitudes de asilo y un incremento exacerbado de deportaciones, sazonados además con más recortes en ayudas a colectivos de refugiados. Recetas políticas enfocadas a la demostración de que Alemania vuelve a decidir quién entra, quién se queda y, sobre todo, quién debe marcharse. Pero la AfD no se ha detenido durante ese tiempo y así lo prueban unos sondeos que sitúan a los ultras en torno al 27%. Cifras que por sí solas pueden no transmitir el problema real de Alemania, pero que observadas desde la distancia dejan a la CDU/CSU en una segunda posición y la sideral distancia de 5 puntos en las mediciones. Datos que se mezclan con niveles de rechazo a Merz que superan incluso el 80%.
La realidad demoscópica del país destroza una de las promesas troncales del ahora canciller, que garantizó mermar a la mitad el apoyo popular a la AfD. Pero ha sucedido todo lo contrario. La extrema derecha alemana ha consolidado su base, normalizado su presencia en la vida política y su primera posición en las encuestas de intención de voto. Una base que amasan, además, con la amenaza de convertir las elecciones regionales en un plebiscito contra la gran coalición. Una prueba de estrés para todo el sistema teutón.
La coalición de democristianos y socialdemócratas provoca el hartazgo del pueblo alemán. Lo que desgasta la figura del canciller no es sólo la complejidad de tejer un discurso monolítico con la SPD, sino la impresión de que el Gobierno se mueve fuera del compás. La dureza que buscan los conservadores choca con el pavor de los socialistas a verse arrastrados hacia el espectro diestro. Los verdes, por su parte, denuncian estigmatización. Mientras tanto, la AfD capitaliza cada movimiento en falso y la ciudadanía percibe que el Ejecutivo no da respuesta a ninguno de los problemas con los que convive.
El resultado del cóctel es un país que vive incómodo consigo mismo. En ese escenario, Merz ha descubierto que el endurecimiento de su agenda migratoria no es la clave de bóveda para desactivar a la izquierda, sino que en ocasiones puede legitimarla. La economía, otrora punto fuerte de Berlín, tampoco ayuda a amortiguar el impacto de una política dubitativa. El sector automóvil ha perdido competitividad y la inflación castiga con dureza a los alemanes. Los intentos de compensar tales lagunas con un perfil exterior más marcado tampoco le han salido bien. Ha duplicado los contactos con los principales líderes europeos, reivindicando la responsabilidad comunitaria, la autonomía estratégica y el rearme, con Alemania como columna vertebral de una Europa independizada de Estados Unidos en términos de seguridad. Pero ahí se ha topado frente al filo de una espada flamígera.
Trump amenaza, Berlín (y la OTAN) acata
Merz trató de emanciparse de Washington esta pasada semana retratando las vergüenzas de la Administración Trump en la guerra contra Irán. El deseo imperialista del republicano Merz lo describe como una “humillación” constante de Teherán. Fruto de ese desliz, Estados Unidos aplicó su castigo a Alemania con la retirada de 5.000 de las tropas desplegadas en su territorio. El Pentágono confirmó que el repliegue se ejecutará en los próximos seis o doce meses, aunque el presidente norteamericano ya ha avisado de que será mucho mayor que esa primera cifra aportada por el Departamento de Defensa.
El impacto militar puede ser manejable. El impacto simbólico, no. Alemania alberga la mayor presencia de tropas estadounidenses en Europa, con decenas de miles de efectivos y una red de bases, centros logísticos y estructuras operativas que no son decorativas. Forman parte del corazón de la arquitectura de seguridad occidental desde la Guerra Fría. Que Trump utilice esa presencia como palanca de castigo político rompe una ficción cómoda: la de una alianza atlántica blindada frente a los cambios de humor del inquilino la Casa Blanca.
Boris Pistorius, ministro de Defensa alemán, trató de resignificar la amenaza, convirtiéndola en un argumento europeo. Al igual que la OTAN, que desplegó una vez más su genuflexión ante Trump al catalogar la medida como un mero “recorte”, el alemán dulcificó el castigo yankee. La moraleja que deben extraer de ello, a su juicio, es que el Viejo Continente debe asumir más responsabilidad sobre su propia seguridad. Una reflexión que se cocina a fuego lento en los fogones de Bruselas desde hace años, pero cortar el cordón umbilical con la Casa Blanca atemoriza a según qué estados miembros. Aunque esa intervención de Pistorius no es son una manera de pedir disculpas para evitar el éxodo militar de Estados Unidos.
Merz ha abrazado esa lógica de rearme con un programa de inversión en Defensa sin precedentes y una apertura de conversaciones con Francia en materia nuclear. El nuevo marco fiscal permite más gasto militar y más deuda, pero también estrecha el margen para otras políticas. Ahí se abre otra contradicción: el canciller necesita reforzar la seguridad exterior justo cuando su legitimidad interior se resiente por el deterioro de servicios, vivienda, salarios y protección social.
La espada de Trump obliga a Alemania a crecer como potencia estratégica. La pared de la AfD impide hacerlo con tranquilidad. Cada euro destinado a Defensa puede ser presentado por la extrema derecha como abandono de los alemanes de a pie; cada cesión al gasto social puede ser presentada por Washington como falta de compromiso; cada matiz sobre Ucrania, Irán o Gaza puede convertirse en munición para un bloque u otro. Sobre ese desfiladero transita el canciller.
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