La tregua de dos semanas anunciada entre Estados Unidos e Irán no se limita a una pausa en los bombardeos. Teherán ha aprovechado ese margen para poner sobre la mesa un plan de diez puntos con el que intenta convertir el alto el fuego en una negociación de mucho más alcance. No habla solo de detener ataques. Habla de sanciones, de retirada militar estadounidense, de activos bloqueados, del control del estrecho de Ormuz y del reconocimiento de su programa nuclear. Donald Trump ha admitido que recibió esa propuesta y que la considera una base viable para negociar, aunque no ha confirmado una aceptación cerrada y completa de todo el paquete.

El documento iraní parte de una idea central: la guerra no puede cerrarse con una pausa táctica ni con un simple intercambio de garantías militares. Teherán busca una salida más amplia, con efectos sobre todo el equilibrio regional. Por eso el primer bloque de exigencias se centra en el final total de las hostilidades, no solo contra Irán, sino también en otros escenarios donde actúan fuerzas alineadas con la República Islámica, como Irak, Líbano y Yemen. La intención es clara: impedir que Washington o Israel congelen un frente mientras mantienen la presión en otros.

A esa exigencia se suma otra todavía más directa: el cese permanente e irrevocable de cualquier ataque contra territorio iraní. Teherán quiere dejar fuera de la ecuación la posibilidad de que la tregua se use como simple pausa operativa antes de otra ofensiva. En ese punto no busca una desescalada provisional, sino una garantía duradera. También por eso insiste en que cualquier acuerdo futuro quede respaldado por mecanismos internacionales que hagan más difícil una ruptura unilateral.

Uno de los puntos más sensibles del plan afecta a la presencia militar de Estados Unidos en Oriente Próximo. Irán reclama la retirada de las fuerzas de combate estadounidenses desplegadas en la región y plantea ese movimiento como parte del final integral del conflicto. Esa demanda no se limita a una cuestión simbólica. Toca una de las bases del orden regional construido por Washington durante décadas y choca de lleno con la red de alianzas militares que EEUU mantiene con varios países de la zona.

Ormuz, la llave de la negociación

El estrecho de Ormuz ocupa un lugar central en el decálogo iraní. Teherán exige el reconocimiento de su control sobre ese paso estratégico y plantea un protocolo de tránsito seguro negociado bajo su supervisión. No es una pieza secundaria. Por ese corredor marítimo pasa una parte decisiva del petróleo mundial y cualquier alteración de su tráfico tiene impacto inmediato sobre el mercado energético y sobre la estabilidad de toda la región. Trump, de hecho, ligó expresamente la suspensión de los ataques a la apertura “completa, inmediata y segura” del estrecho.

Ese punto resume bien la lógica del momento. Irán no quiere limitarse a reabrir Ormuz como gesto técnico de distensión. Quiere convertir ese gesto en reconocimiento político de su posición en la zona. Y Washington, presionado por el riesgo de una nueva sacudida sobre el petróleo y sobre el tráfico marítimo, ha aceptado al menos discutir ese marco. La tregua militar y la seguridad energética han quedado, así, atadas en el mismo paquete.

El bloque económico es otro de los pilares del plan. Irán exige el levantamiento total de las sanciones, tanto las directas como las secundarias, y reclama además la liberación de los fondos, activos y propiedades iraníes congeladas en el extranjero. Es una de las reclamaciones más antiguas de Teherán, pero en este caso aparece formulada como parte inseparable de la tregua. No se plantea como una fase posterior ni como una concesión gradual. Se presenta como condición política para consolidar cualquier acuerdo.

A eso añade una demanda aún más ambiciosa: compensaciones por los daños económicos y materiales causados durante el conflicto. Ese punto eleva el listón de la negociación y refuerza la idea de que Irán no acude a la mesa solo para evitar más castigo, sino para salir de esta crisis con rédito político, financiero y estratégico. El régimen necesita vender hacia dentro que la presión recibida no ha terminado en una cesión, sino en una imposición de condiciones a Estados Unidos.

El punto más delicado: el programa nuclear

La cuestión nuclear sigue siendo uno de los nudos más difíciles. Irán incluye entre sus exigencias la aceptación de su programa de enriquecimiento de uranio como parte del acuerdo. Ahí se concentra una de las tensiones de fondo de toda la negociación. Para Teherán, ese reconocimiento equivale a blindar una parte central de su soberanía estratégica. Para Washington y sus aliados, en cambio, supone asumir una línea roja que durante años había servido de base para sanciones, inspecciones y presión diplomática.

El plan incorpora además la revisión o anulación de anteriores resoluciones internacionales y reclama una nueva resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que respalde el futuro acuerdo de forma vinculante. Esa exigencia responde a una desconfianza muy concreta. Irán no quiere un pacto dependiente solo de la voluntad política de la Casa Blanca. Quiere un marco más difícil de revertir y con respaldo formal internacional.

Todo eso dibuja un decálogo de máximos. No es un borrador técnico ni una simple propuesta de desescalada. Es un intento de aprovechar la tregua de dos semanas para forzar una negociación mucho más amplia, con efectos sobre la seguridad regional, el equilibrio militar, el mercado energético y el contencioso nuclear. Trump ha optado por no cerrar la puerta y ganar tiempo antes de que expirara su ultimátum. Irán, por su parte, intenta presentar este momento como una posición de fuerza.

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