Israel empieza a pagar el precio político de su deriva bélica. Durante décadas, el Estado israelí contó con una red de protección diplomática casi inquebrantable: el respaldo de Estados Unidos, la comprensión de buena parte de Europa, la normalización progresiva con países del Golfo y una tolerancia internacional que le permitió actuar con una impunidad difícilmente imaginable para cualquier otro país.

Ese tiempo empieza a resquebrajarse.

El genocidio en Gaza, la ofensiva permanente contra Líbano, la escalada con Irán y el desprecio del Gobierno de Benjamin Netanyahu hacia cualquier límite impuesto por el derecho internacional han colocado a Israel en una posición de creciente aislamiento. Lo que antes eran críticas retóricas empiezan a convertirse en distancia política. Y lo que durante años fue complicidad diplomática comienza a transformarse en incomodidad abierta.

La ruptura anunciada este jueves por Israel de sus contactos con la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, simboliza ese deterioro. Tel Aviv ha optado por cortar puentes con la principal representante exterior de la Unión Europea en lugar de escuchar las críticas por su actuación contra el pueblo palestino. No es un incidente aislado. Es la expresión de un Gobierno que ya no solo ignora las advertencias internacionales, sino que responde a ellas con arrogancia.

Netanyahu contra todos

Benjamin Netanyahu ha convertido la guerra en sistema de gobierno. Gaza, Líbano, Irán, Cisjordania: cada frente sirve para alimentar la misma narrativa. Israel estaría solo, rodeado de enemigos y obligado a actuar sin pedir permiso a nadie. Esa idea de fortaleza sitiada es la coartada perfecta para justificar una política que ha arrasado Gaza, ha multiplicado la tensión regional y ha dejado miles de civiles palestinos enterrados bajo los escombros.

La lógica es brutal, pero eficaz: cuanto más se estrecha el cerco internacional, más se presenta Netanyahu ante su población como el único dirigente capaz de resistir la presión exterior. La condena internacional, lejos de debilitar automáticamente al primer ministro, le sirve para reforzar su discurso nacionalista.

Pero la realidad es que Israel está erosionando a una velocidad inédita los apoyos que durante años le garantizaron impunidad. La Unión Europea, pese a sus divisiones internas y a su tradicional tibieza, empieza a elevar el tono. Washington, su socio histórico, ya no oculta las diferencias con un Gobierno israelí que actúa como si el cheque político y militar estadounidense fuera infinito. Y los países árabes que habían abierto la puerta a la normalización observan ahora cómo esa apuesta se vuelve políticamente tóxica ante sus propias sociedades.

La impunidad empieza a tener coste

Durante años, Netanyahu y la extrema derecha israelí creyeron que podían obtenerlo todo: ocupar, bombardear, bloquear Gaza, expandir asentamientos, negar un Estado palestino y, al mismo tiempo, normalizar relaciones con el mundo árabe y mantener intacto el respaldo occidental. Y lo creyeron porque nadie les dijo que no era posible. Esa arquitectura se está agrietando ahora.

La ofensiva sobre Gaza ha mostrado al mundo una realidad que ya no puede ocultarse bajo el lenguaje de la seguridad. Hospitales destruidos, barrios enteros reducidos a polvo, hambre como instrumento de presión y una población civil sometida a un castigo colectivo insoportable. Israel insiste en presentar cada operación como una respuesta defensiva, pero el resultado sobre el terreno ha convertido ese argumento en una excusa cada vez menos creíble.

A esa devastación se suma la expansión del conflicto. Los ataques contra Líbano y la escalada con Irán han situado a la región al borde de una guerra de consecuencias imprevisibles. Netanyahu no parece buscar una salida política, sino prolongar un estado de excepción permanente que le permita sobrevivir en el poder.

Y ahí está una de las claves fundamentales: la guerra es también el salvavidas personal de Netanyahu.

El primer ministro israelí lleva años acorralado por causas de corrupción y por una profunda contestación interna. Antes del 7 de octubre, su Gobierno ya estaba marcado por el rechazo social a su intento de reforma judicial y por una crisis institucional sin precedentes. Después, la guerra le permitió recolocarse como líder indispensable en tiempos de amenaza existencial.

Una sociedad que avala la deriva

Lo más preocupante no es solo Netanyahu. Lo más preocupante es que una parte muy significativa de la sociedad israelí parece haber asumido esta deriva como normal, necesaria o incluso deseable.

Pese al aislamiento internacional, pese a la devastación de Gaza y pese al deterioro de la imagen de Israel en el mundo, Netanyahu sigue siendo un dirigente competitivo y aparece bien situado para volver a disputar el poder. Esa realidad revela un problema más profundo que el de un solo líder. Habla de una sociedad desplazada hacia posiciones cada vez más militaristas, endurecida por el miedo y dispuesta a validar políticas que fuera de Israel provocan indignación creciente.

Israel quiso presentarse como una potencia imprescindible, moderna y plenamente integrada en el orden internacional. Netanyahu está convirtiendo esa imagen en otra muy distinta: la de un Estado cada vez más aislado, gobernado por una coalición ultraderechista que confunde seguridad con castigo colectivo y supervivencia nacional con impunidad.

El problema para Israel es que la paciencia del mundo empieza a agotarse. Y el problema para Netanyahu es que su huida hacia adelante puede darle oxígeno en casa, pero está dejando a su país cada vez más solo fuera.

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