El G7 de Évian-les-Bains arranca con Donald Trump en el centro de la escena internacional. No porque Europa lo haya querido. Tampoco porque sus socios confíen plenamente en su estrategia. La razón es más simple y más incómoda: el presidente estadounidense llega a Francia con un acuerdo preliminar con Irán que puede reabrir el estrecho de Ormuz, aliviar los mercados energéticos y recolocar a Washington como árbitro de una crisis que amenazaba con incendiar Oriente Próximo.
El pacto con Teherán ha cambiado el clima político de la cumbre. Lo que hasta hace apenas unos días era una reunión marcada por Ucrania, la presión sobre Rusia, la economía global y la desconfianza hacia China se ha convertido también en un examen al nuevo equilibrio de poder occidental. Trump llega reforzado. Europa llega con cautela. Y el resto de líderes del G7 se sienta a la mesa con una pregunta de fondo: qué hacer cuando el principal aliado actúa por libre, asume riesgos extremos y, al menos de momento, obtiene resultados.
Trump llega con la medalla de Ormuz
La reapertura del estrecho de Ormuz es el gran trofeo diplomático que Trump exhibe ante sus socios. Esta vía marítima, clave para el comercio mundial de petróleo, se había convertido en el símbolo de la crisis. Su cierre disparó las alarmas en los mercados y elevó la presión sobre gobiernos, bancos centrales y empresas energéticas. Su reapertura, aunque todavía pendiente de aplicación efectiva, permite al presidente estadounidense presentarse como el dirigente que ha desbloqueado una de las rutas más sensibles del planeta.
El relato que vende la Casa Blanca es claro: mano dura, negociación y victoria. Primero, presión militar. Después, bloqueo. Finalmente, acuerdo. Es una narrativa perfectamente diseñada para Trump, que ha convertido la política exterior en una prolongación de su estilo interno: golpes de efecto, teatralidad, desprecio por los procedimientos tradicionales y una reivindicación permanente de su propia figura.
Pero el problema para Europa no es solo el acuerdo. Es el método. Los gobiernos europeos pueden celebrar la bajada de la tensión, el alivio sobre el petróleo y la posibilidad de evitar una guerra regional mayor. Pero también saben que han vuelto a quedar en una posición secundaria. Washington decide. Europa reacciona. Trump marca el ritmo. Bruselas intenta gestionar las consecuencias.
Europa, entre el alivio y la irrelevancia
El G7 llega así a una cumbre incómoda para las capitales europeas. Francia, Alemania, Italia y la Unión Europea necesitan que el acuerdo con Irán funcione, porque una crisis energética prolongada habría golpeado de lleno a sus economías. Menos tensión en Ormuz significa menos presión inflacionista, menos incertidumbre industrial y más margen político para gobiernos ya desgastados por años de guerra en Ucrania, crisis migratorias y auge de las extremas derechas.
Sin embargo, el alivio económico no oculta la sensación de dependencia estratégica. Europa lleva años hablando de autonomía, de soberanía geopolítica y de capacidad de defensa propia. Pero cada gran crisis vuelve a colocarla ante la misma evidencia: sigue dependiendo de Estados Unidos para la seguridad, del petróleo que atraviesa rutas vulnerables y de decisiones tomadas lejos de Bruselas.
La paradoja es evidente. Europa desconfía de Trump, pero necesita que Trump acierte. Critica su unilateralismo, pero respira si su unilateralismo abarata el petróleo. Teme su desprecio por las alianzas tradicionales, pero sigue sentándose a la mesa del G7 con la esperanza de que Washington no rompa del todo el marco occidental construido tras la Segunda Guerra Mundial.
Ucrania teme perder el foco
En medio de este giro diplomático, Ucrania corre el riesgo de quedar desplazada. La guerra sigue. Rusia mantiene la presión. Kiev necesita armas, dinero, garantías de seguridad y atención política. Pero el acuerdo con Irán amenaza con absorber buena parte del protagonismo de la cumbre.
Para Volodímir Zelenski, el G7 debía ser una oportunidad para recordar a sus aliados que la guerra en Europa no puede normalizarse. Sin embargo, la agenda internacional se mueve ahora al ritmo de Oriente Próximo, del petróleo y de la relación entre Washington y Teherán. Ucrania sigue siendo una prioridad formal. Pero ya no monopoliza la conversación.
Ese desplazamiento preocupa especialmente a los europeos del Este. Para ellos, cualquier fatiga occidental respecto a Ucrania es una victoria indirecta para Vladímir Putin. Si Trump llega al G7 con una victoria diplomática en Irán y decide presentarse como pacificador global, la pregunta será inevitable: qué precio estará dispuesto a pagar para intentar algo parecido con Rusia.
Un nuevo orden con viejas fracturas
La cumbre de Francia no solo medirá la solidez del acuerdo con Irán. Medirá también la cohesión real del bloque occidental. El G7 nació como foro de las grandes democracias industrializadas, pero hoy funciona más bien como una mesa de gestión de crisis permanentes: guerras, energía, inflación, China, inteligencia artificial, seguridad alimentaria y deterioro democrático.
Trump llega a esa mesa con una ventaja política evidente. Puede presumir de haber movido una pieza decisiva en Oriente Próximo. Puede presentarse como garante de la estabilidad energética. Puede decir que ha logrado lo que otros no consiguieron. Y puede utilizar esa posición para exigir más concesiones a sus socios: en comercio, en gasto militar, en Ucrania o en la relación con China.
Europa, en cambio, llega con menos margen. Necesita preservar la unidad occidental, pero no quiere aparecer subordinada a Trump. Necesita apoyar a Ucrania, pero teme que Washington cambie de prioridades. Necesita estabilidad energética, pero sabe que esa estabilidad depende de un acuerdo frágil con Irán. Y necesita defender el multilateralismo, aunque el protagonista del momento sea precisamente el líder que más ha erosionado sus reglas.
El G7 de Évian-les-Bains será, por tanto, mucho más que una foto de familia. Será una prueba de resistencia para un Occidente fracturado, obligado a celebrar una posible paz en Oriente Próximo mientras intenta no olvidar la guerra en Europa. Será también el escaparate de un cambio de época: uno en el que Trump vuelve a ocupar el centro, Europa intenta no desaparecer del tablero y el mundo observa cómo el viejo orden internacional se recompone a golpe de crisis.
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