La Unión Europea y Australia han cerrado este martes 24 de marzo de 2026 un acuerdo de libre comercio que pone fin a ocho años de negociaciones, dos de ellos marcados por el bloqueo que saltó por los aires en 2023 a cuenta de la carne, el azúcar y las denominaciones de origen. El pacto, presentado por Bruselas y Canberra como un acuerdo “ambicioso y equilibrado”, reactiva una relación comercial que ya movía decenas de miles de millones de euros y que ahora gana un nuevo peso político en plena sacudida del tablero internacional.
La Comisión Europea sostiene que el acuerdo eliminará más del 99% de los aranceles que pagaban los productos europeos al entrar en Australia. En dinero contante y sonante, Bruselas calcula un recorte de unos 1.000 millones de euros al año en tasas para sus empresas. La previsión oficial apunta además a un aumento de hasta el 33% de las exportaciones europeas a Australia en la próxima década. En 2025, la UE exportó bienes por valor de 37.000 millones de euros al mercado australiano y servicios por otros 28.000 millones, una base ya relevante sobre la que ahora quiere ganar terreno.
El desbloqueo no ha llegado por generación espontánea. Las negociaciones quedaron encalladas hace casi tres años, cuando Australia consideró insuficiente el acceso ofrecido por la UE para su vacuno, su ovino y su azúcar, mientras Bruselas apretaba para blindar cientos de indicaciones geográficas europeas. Ese choque no desapareció del todo, pero ambas partes han acabado cediendo donde les interesaba. Australia obtiene nuevas cuotas o cuotas ampliadas para productos sensibles como la carne de vacuno, la de ovino, la mantequilla o el azúcar. La UE, por su parte, garantiza protección para un amplio listado de nombres europeos y mejora la entrada de vino, maquinaria, coches eléctricos, chocolate, bebidas espirituosas y alimentos procesados.
El detalle importa. El acuerdo recoge la supresión inmediata de aranceles para exportaciones europeas como el vino, el chocolate o varios alimentos transformados, mientras que en el caso de algunos quesos la liberalización se aplicará de forma gradual. Australia también elevará el umbral del impuesto de lujo para vehículos eléctricos europeos importados hasta los 120.000 dólares australianos, una medida que deja fuera de ese gravamen a buena parte de esos coches. Del lado europeo, se abrirá más mercado para materias primas y minerales australianos, incluido el litio, además de hidrógeno y otros insumos estratégicos que la UE quiere asegurarse en un momento de competencia global por las cadenas de suministro.
Europa busca diversificar para reducir la depedencia de EEUU y China
Ese punto explica buena parte de la foto política. Bruselas no solo ha firmado un tratado comercial. También ha querido amarrar una relación más estrecha con un socio al que ve útil en dos frentes: reducir dependencias frente a China y amortiguar la incertidumbre que generan los bandazos comerciales de Estados Unidos. La propia Comisión vinculó este martes el acuerdo al refuerzo de un comercio “abierto y basado en reglas”, y lo presentó junto a una nueva asociación de seguridad y defensa con Canberra. La visita de Ursula von der Leyen a Australia se ha usado, de hecho, para enviar ese mensaje: Europa quiere diversificar mercados, asegurar materias primas críticas y tejer alianzas fuera de su vecindad inmediata.
En Australia, el Gobierno de Anthony Albanese ha vendido el pacto como una conquista de escala mayor. La oficina del primer ministro subrayó que el acuerdo rebaja barreras al comercio y la inversión con la segunda economía del mundo y abre de forma más clara un mercado de unos 450 millones de consumidores. Algunas estimaciones difundidas en el país hablan de un impacto anual de 10.000 millones de dólares australianos y de una mejora del PIB cercana a los 8.000 millones. Son cifras que ayudan a explicar el entusiasmo oficial. Pero no tapan del todo la letra pequeña.
Porque el acuerdo nace ya con contestación. En Australia, organizaciones del sector azucarero lo han tachado de fracaso al considerar que el acceso concedido por la UE se queda muy por debajo de lo esperado. También habrá resistencias entre productores afectados por el régimen de nombres protegidos. Uno de los asuntos más delicados ha sido el uso de términos como “prosecco”, “feta” o “gruyere”. El compromiso final deja margen a algunos productores australianos, siempre con condiciones, y en otros casos fija periodos transitorios antes de impedir su exportación bajo esos nombres. Ese equilibrio permitió cerrar el texto, pero no borra el conflicto. Solo lo administra.
El acuerdo deberá pasar ahora por los trámites internos necesarios antes de su firma definitiva y entrada en vigor. Ese recorrido suele ser largo y, en Europa, nunca está completamente blindado cuando se mezclan agricultura, competencia exterior y soberanía económica. Aun así, el movimiento de este martes tiene una lectura clara. Bruselas y Canberra han decidido que el coste de seguir bloqueadas era ya mayor que el de ceder. Y en el clima actual, con la geopolítica metida de lleno en el comercio, esa decisión pesa bastante más que hace tres años.